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martes, agosto 18, 2026
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Palo si bogas…

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Bogar es un verbo casi en desuso. Significa remar en una embarcación habitualmente marítima, en cuyas galeras esclavos o prisioneros de guerra o criminales realizaban la ardua tarea de propulsar grandes y pesados ​​navíos cuando la brisa no llenaba sus velas.

Los capitanes encargados de coordinar la velocidad utilizaban palos para golpear a los remeros encadenados si iban demasiado lento o rápido, para acelerarlos o mantenerlos en ritmo.

Si descansaban, para castigar su agotamiento, al que llamaban pereza. Los golpearon indiscriminadamente y cuando se desmayaron los arrojaron por la borda. Así surgió el dicho “quédate si eres bueno y quédate si no eres bueno”. Algo parecido ocurre entre una parte de los llamados líderes de opinión y el Gobierno.

Ante algunas urgencias, como la Ley 30-26 para recaudar más impuestos, simplificar la tributación, estimular a las Mipymes y mitigar los efectos de la guerra en Irán, si el Poder Ejecutivo demuestra un liderazgo decidido para su expedita aprobación y promulgación, lo denotan alegando exceso presidencial.

Si, en lugar de alinear previamente un consenso claro, distinto de la fallida reforma tributaria anterior, promueve una discusión pública prolongada, sería nuevamente acusado de vacilar o ceder a las presiones de la prensa y las redes sociales, fácilmente manipulables por una oposición carente de votos o de una mayoría legítima en el Congreso.

Los críticos de siempre critican si es popular y si no lo es también, pero sólo al presidente Abinader (que no es candidato para 2028) sin prestar atención a la irresponsabilidad de los remeros-legisladores (especialmente los de la oposición) que no revisan lo aprobado, más atentos a lo suyo que al rumbo del barco del Estado.

Así, por ejemplo, ni siquiera se dan cuenta de que el artículo 55 de la ley que aprobaron apresuradamente dice que modifica una ley de 1950 y otra de 1961, derogada y reemplazada por la reciente ley 82-25 sobre propiedad familiar.

El error original puede haber sido de parte de los redactores, pero la obligación constitucional de supervisar y revisar recae en el Congreso. Con llama más alta no se cuece más rápido sino que se quema.

La decisiva presteza presidencial para cumplir con sus deberes demuestra el aprovechamiento de experiencias pasadas; La absurda recurrencia del Congreso nos obliga a pensar con calma en 2028 y sus consecuencias.

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