Por: Julio Disla
La humanidad se encuentra una vez más al borde de un abismo histórico. No es una metáfora ni una exageración retórica: es la consecuencia lógica de una política imperial que ha hecho de la guerra preventiva, la traición diplomática y la intimidación nuclear los pilares de su dominación global. Un nuevo bombardeo contra Irán no sería simplemente otro acto militar; Sería la confirmación definitiva de que Estados Unidos ha renunciado a toda pretensión de legitimidad moral y jurídica en el sistema internacional. Sería, en esencia, la demostración de que tu palabra no vale más que el instante que tardas en violarla.
Irán no es el Iraq de 2003 ni la Libia de 2011. Irán es una civilización antigua que sobrevivió a imperios, invasiones y traiciones. Es heredera histórica de Persia, la nación que bajo el liderazgo de Ciro el Grande conquistó Babilonia en el año 539 a.C., no para exterminar a su pueblo, sino para liberarlo, abolir la esclavitud y proclamar la tolerancia religiosa en el llamado Cilindro de Ciro, considerado por muchos historiadores como la primera declaración de derechos humanos de la historia. Más de dos milenios antes de que existiera Estados Unidos, Persia ya había formulado principios de convivencia que hoy Washington viola sistemáticamente bajo la retórica hipócrita de “democracia” y “seguridad”.
Quienes diseñan la guerra desde los centros de poder occidentales cometen un error fatal: creen que el tiempo histórico no existe, que la gente olvida, que las civilizaciones se rinden. Pero Irán aprendió de cada agresión, de cada sanción, de cada amenaza. Aprendió que la negociación con Estados Unidos es una trampa estratégica, una pausa táctica antes del ataque. Lo ocurrido en Omán, donde el diálogo se utilizó como pretexto para la agresión, no fue un incidente aislado, sino más bien la confirmación de una doctrina imperial basada en la perfidia diplomática.
Hoy, nuevamente, mientras se simula el diálogo indirecto, la maquinaria militar norteamericana se posiciona, despliega y amenaza. Israel, ahora el principal brazo armado del expansionismo occidental en Medio Oriente, está presionando abiertamente por una guerra total. No basta con la devastación sistemática de Palestina, ni con las operaciones militares en Siria, Líbano, Irak o Yemen. Su objetivo estratégico es eliminar cualquier potencia regional que no se someta al orden imperial.
Pero esta vez la historia no se repetirá del mismo modo.
Irán no es un objetivo indefenso. Es un actor regional con capacidad militar, con aliados estratégicos y con la determinación histórica de resistir. Un ataque directo no sería el fin del conflicto, sino su comienzo. Las consecuencias serían inmediatas y devastadoras. Las bases militares estadounidenses en la región dejarían de ser símbolos de poder y se convertirían en objetivos militares. Israel, que durante décadas ha operado bajo el supuesto de su invulnerabilidad estratégica, enfrentaría por primera vez la posibilidad real de su destrucción material.
El cierre del Estrecho de Ormuz y del Estrecho de Bab el-Mandeb no sería una amenaza simbólica, sino un acto de guerra económica total. Una parte sustancial del petróleo mundial transita por estas rutas. Su interrupción paralizaría el sistema energético global. El precio del barril se dispararía a niveles históricos, provocando el colapso económico de decenas de países, el colapso de los mercados financieros y una crisis sistémica sin precedentes.
La guerra dejaría de ser regional y pasaría a ser global.
Entonces Estados Unidos enfrentaría su propia contradicción histórica. Acostumbrado a destruir países sin consecuencias directas en su territorio continental, se enfrentaría por primera vez a una guerra donde sus fuerzas, sus bases y su economía serían vulnerables. La ilusión de una guerra sin costes desaparecería. El imperio descubriría que la violencia que exportó durante décadas puede regresar multiplicada.
Y es precisamente en ese punto donde emerge el mayor peligro para la humanidad: la tentación nuclear.
Cuando las potencias imperiales enfrentan la posibilidad de una derrota, su historia muestra que recurren a la destrucción absoluta en lugar de aceptar la pérdida de su hegemonía. Hiroshima y Nagasaki no fueron accidentes ni excepciones; Fueron precedentes. Eran una prueba de que el poder imperial está dispuesto a destruir poblaciones enteras para preservar su dominio estratégico.
Hoy, bajo el liderazgo de figuras como Donald Trump y con el apoyo de la estructura militar-industrial que gobierna Estados Unidos más allá de cualquier presidente, esa amenaza vuelve a ser real.
El imperialismo no teme la destrucción del mundo. Lo considera un coste aceptable si preserva su supremacía.
Ésta es la lógica del capitalismo en su fase más extrema: la subordinación de la vida humana al beneficio económico. El uno por ciento que controla el poder financiero global no lucha por la seguridad o la democracia. Luchar por el control del petróleo, las rutas comerciales, los recursos estratégicos y el orden económico mundial.
Una guerra contra Irán no sería una guerra por la paz. Sería una guerra por el dominio.
Pero también sería el principio del fin de la era imperial.
Porque cada agresión acelera la formación de un mundo multipolar. Cada amenaza empuja a nuevas alianzas. Cada acto de violencia destruye la legitimidad del imperio ante los pueblos del mundo. La arrogancia imperial contiene en sí misma las semillas de su propia ruina.
La humanidad hoy enfrenta un dilema histórico: aceptar el chantaje nuclear del imperialismo o resistir la lógica de la destrucción.
La historia ha demostrado que ningún imperio es eterno.
Roma cayó. El colonialismo europeo cayó. Cayó el Tercer Reich.
También caerá el imperio yanqui que hoy amenaza con arrastrar al mundo al abismo.
La cuestión no es si la historia lo juzgará.
La pregunta es cuántas vidas costará su caída.



