*Por Rosanna Herasme
Bajo la apariencia de dispositivos modernos, coloridos y casi inofensivos, se esconde una dura realidad: una industria que ha decidido empaquetar la adicción con sabor a infancia.
Es imposible caminar por nuestras plazas, parques o incluso fuera de nuestros centros educativos sin percibir esos olores dulces, afrutados y artificiales que flotan en el aire.
Para el transeúnte desprevenido es sólo un aroma agradable; Para nuestras autoridades y familias debería ser una alarma estridente. Lo que hoy se vende en vitrinas iluminadas y redes sociales como una alternativa «moderna», se ha convertido en el mayor desastre social que ha enfrentado la juventud dominicana en la última década: el vapeo.
El impacto del vapeo no se limita a una estadística de salud; Es un golpe directo a la estructura familiar y con ello, la ruptura de nuestra sociedad.
El hogar, que debería ser el refugio para la formación de valores, está siendo invadido por una peligrosa normalización. El doctor Antonio Zaglul, padre de la psiquiatría dominicana, solía decir que “la familia es el termómetro de la salud de un pueblo”. Hoy, ese termómetro marca fiebre alta.
Cuando un adolescente empieza a consumir, no sólo inhala aerosol; inhala una dependencia que altera su carácter y su control de impulsos.
Esto genera una erosión dentro de la familia: se pierde la comunicación, surgen mentiras para ocultar el hábito y se instala una ansiedad que el joven no sabe cómo manejar. Estamos viendo una generación que, antes de aprender a gestionar sus emociones, está aprendiendo a silenciarlas con una nube de nicotina.
Veneno oculto
El mercado ha sido inteligente, dándole a estos productos colores neón y sabores de caramelo; Han despojado al veneno de su apariencia de peligro. Esta comercialización, quizás inconsciente, ha hecho que los jóvenes no sientan que fuman, sino que juegan.
Sin embargo, el daño social es inmenso. La presión de grupo ha convertido el vapeo en el billete de entrada a los círculos sociales, desplazando al deporte y al estudio por una cultura de la inhalación.
Como sociedad, no podemos dejar toda la carga sobre los hombros de los padres. Es responsabilidad del Estado adoptar las medidas y políticas públicas pertinentes para erradicar este flagelo.
La Constitución dominicana es clara al establecer que el objeto principal del Estado es la protección efectiva de los derechos de la persona y la preservación de su dignidad humana.
¿Hay dignidad en un joven atado a un dispositivo electrónico antes de cumplir 18 años? ¿Se protege la vida cuando permitimos que se vendan productos con metales pesados sin ninguna regulación? Reconocemos que nuestras autoridades tienen el corazón en el lugar correcto, pero el momento exige pasar de la preocupación a la prohibición de lo que nos perjudica de manera integral.
Realidad
— Defensa de la vida
Proteger a los jóvenes del vapeo es una defensa de la vida, es devolver el control a los padres y garantizar que el futuro de República Dominicana no se esfume en nubes de humo. La dignidad de nuestro pueblo no tiene precio y sus vidas no pueden ser el costo de una moda pasajera.



