La convivencia en condominios ha dejado de ser un tema doméstico y se ha convertido en un tema de la agenda pública. Lo que alguna vez pareció una diferencia menor entre vecinos, hoy expresa un problema más profundo; Nuestras ciudades crecieron en auge, pero no siempre crecieron en una cultura de convivencia, planificación, responsabilidad compartida y respeto a las reglas.
Desde hace un tiempo venimos advirtiendo que el desarrollo inmobiliario no se puede medir únicamente por la cantidad de torres, departamentos, estacionamientos techados, piscinas, gimnasios o áreas sociales que se construyen. Una cosa es construir edificios y otra muy distinta construir comunidades capaces de vivir en orden.
El mercado ha vendido metros cuadrados, acabados modernos y una ubicación privilegiada, pero a menudo ha dejado en un segundo plano una pregunta esencial: ¿están las personas preparadas para vivir juntas bajo un régimen de derechos y deberes compartidos?
El condominio es, en cierto modo, una ciudad pequeña. Tiene reglas, espacios comunes, servicios colectivos, decisiones económicas, conflictos internos, responsabilidades legales y una administración que debe actuar con transparencia. Allí se comparten ascensores, cisternas, plantas eléctricas, seguridad, basura, estacionamientos, pasillos, áreas sociales y hasta riesgos comunes.
Cuando esta convivencia no se organiza, aparecen los problemas que vemos hoy con frecuencia; Uso inadecuado del parking, ruidos molestos, mascotas descontroladas, goteras desatendidas, ocupación de zonas comunes, administraciones cuestionadas, normativas ignoradas y vecinos que creen que vivir en copropiedad significa hacer lo que quieran dentro y fuera de su piso.
El problema no es vivir en condominios. El problema es vivir en condominios sin educación, sin reglas claras, sin mediación, sin cultura de cumplimiento y sin visión preventiva. Porque cuando se permite que los conflictos crezcan, terminan afectando la paz familiar, la seguridad, la inversión de los propietarios y la calidad de vida de todos.
Por eso esta cuestión ya no puede verse como una simple diferencia privada entre residentes. La convivencia en condominio es parte de la convivencia urbana. Y la convivencia urbana debe ser parte de la agenda municipal, inmobiliaria, jurídica y ciudadana.
Ayuntamientos, empresas constructoras, administradores, propietarios, inquilinos e instituciones vinculadas a la ordenación territorial tienen que mirar más en serio este fenómeno. No basta con aprobar proyectos, vender apartamentos y entregar llaves. Hay que pensar en la vida que pasará después del parto.
Una ciudad ordenada no se construye sólo con cemento. También se construye con normas, educación ciudadana, autoridad responsable y mecanismos eficaces para resolver los conflictos antes de que se conviertan en crisis.
Por eso hemos insistido en la necesidad de orientar, acompañar y certificar la convivencia en los espacios residenciales. No se trata de crear más cargas, sino de proteger las inversiones familiares, evitar conflictos, fortalecer la administración y promover comunidades más saludables.
También se prevé la convivencia. También es educado. También está organizado. Y cuando no se hace, el desorden acaba ocupando el lugar que debería haber ocupado la autoridad. Que este tema esté entrando en la agenda pública es una buena señal. Ahora necesitamos convertir la preocupación en soluciones.



