En nuestra “sociedad del espectáculo” (Guy Debord), llena de “simulacros” (Jean Baudrillard), donde el entretenimiento banal se erige como valor supremo (Mario Vargas Llosa) de un mundo digital “hiperconectado”en el que todo es contenido para consumo y monetización en las redes (Byung-Chul Han), se siente el impacto de esta espectacularidad “molecular” (Deleuze/Guattari) en la justicia.
Esto ya no es una simple manipulación de la opinión pública que impacta los procesos y la imparcialidad de los jueces. No. Esto es mucho peor: el Estado, sus funcionarios y los procedimientos judiciales adoptan, como se señaló hace tiempo Karl Krauslas formas y el lenguaje de los medios -y ahora de las redes-, siempre pendientes de titulares, encuestas y memes.
Sufrimos populismo penal y lawfare puro y duro, gracias a la alianza infernal Ministerio Publico-Justicia-Policía-Prensa-Redes sociales, configurándose los procesos en espectáculos que comenzaron con el anuncio de las investigaciones, bautizados -en flagrante desacato al fallo de la Corte Constitucional- con nombres despectivos, con filtraciones al público de las investigaciones y audiencias judiciales donde los imputados son paseados, detenidos y esposados en la madrugada, hasta el juicio final de algunos imputados previamente condenados en los «juicios paralelos» de los medios y redes.
Estamos ante la justicia del espectáculo y el espectáculo de la justicia. No hay respeto por los acusados porque, como señala Han, en la “sociedad de la transparencia” no hay respeto por nadie. Lo que gobierna es el “vergonzoso”: avergonzar, humillar y ridiculizar públicamente a acusados cuya única suerte es no haber sido asesinados en “intercambios de disparos” ilícitos que el Ministerio Público no tiene tiempo de investigar y procesar porque “está muy ocupado con casos de corrupción” (Diario Libre).
La justicia busca así legitimarse a través del consenso popular. Pero los fiscales y jueces, nos recuerda Inés Aizpun, no están en su posición “de ganar un concurso de popularidad ni de llenarse de likes”. Los jueces, dice. Luigi Ferrajoli“Deben poder absolver cuando todos piden condena y condenar cuando todos piden absolución”. «Ningún consenso popular – insiste – puede sustituir las pruebas faltantes o desacreditar las pruebas adquiridas de una hipótesis acusatoria».
Sin embargo, los magistrados y fiscales encargados de los megajuicios ceden fácilmente a la vanagloria de la tentación de “la adulación o el aplauso y la autocelebración”, vicio que lleva a “someter la actividad judicial a las expectativas de la opinión pública y de los medios de comunicación”, obstaculizando así “la obtención de la verdad”.
Ferrajoli advierte que jueces y fiscales no deben erigirse en “guardianes de la moral y de la virtud pública” y deben rechazar siempre la “autosuficiencia moralista”. “La ira, la irritación, el desprecio, pero sobre todo la arrogancia, la presunción, la vanidad, la vanagloria, la complacencia en el ejercicio del poder punitivo deben ser ajenos a la actividad judicial, que exige de los magistrados serenidad, equilibrio, sensatez y plena conciencia de los propios límites”.
Recuerda a Lord Acton: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. El de los jueces, como todo poder, nos dice Ferrajoli, no es, ni podrá ser jamás, “bueno”, es decir, “depósito de lo verdadero y lo justo”. El juez nunca debe amar su poder, sino verlo “como un límite terrible y desagradable a su trabajo desapasionado” en favor de garantizar derechos.


