Hay una verdad incómoda que recorre gobiernos, empresas, iglesias e incluso hogares: quienes tienen el poder rara vez lo abandonan sin resistencia y mucho menos aceptan que se les pregunte por qué lo ejercen como lo hacen.
La pregunta es incómoda porque está desnuda. Y lo que se despoja ya no se controla de la misma manera.
George Bernard Shaw Lo resumió con precisión: «El poder no corrompe a los hombres; los tontos, en cambio, si llegan a una posición de poder, corrompen el poder». El problema nunca ha sido el poder en sí.
Es lo que hacemos o dejamos de hacer cuando alguien lo ejerce sin rendir cuentas.
Lo vemos todos los días. Un funcionario que responde con evasivas cuando un periodista le pide cuentas. Una empresa que califica cualquier crítica de sus consumidores como un «ataque».
Un líder que convierte el cuestionamiento legítimo en una ofensa personal, en lugar de una oportunidad para explicar, corregir o mejorar.
Aquí en República Dominicana tenemos un ejemplo que lo ilustra claramente. Durante el proceso de elección presidencial, el periodista Nuria Piera denunció que agentes de seguridad allanaron residencias y oficinas de algunas de sus fuentes, luego de que ella revelara en su programa el financiamiento de un senador dominicano para una campaña presidencial extranjera.
Él Prensa Internacional Instituto tuvo que solicitar al Estado dominicano proteger el derecho a la información de los ciudadanos. Así reacciona el poder cuando se le pregunta: no siempre con respuesta, a veces con presión hacia quien se atrevió a hablar.
Y los números acompañan esta realidad. La República Dominicana ocupa hoy el puesto 44 entre 180 países en el índice de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras, con un descenso en su indicador político respecto al año anterior.
Vale reconocer que también existen espacios de apertura formal, comparecencias semanales ante los medios, marco legal que no registra nuevas amenazas según la Sociedad Interamericana de Prensa. La pregunta que vale la pena plantearnos es si esta apertura se traduce en respuestas reales o sigue siendo un gesto.
Esto no es exclusivo de la política. Lo vivimos en las organizaciones, en las familias, en las relaciones.
Quien tiene el poder de la última palabra, un jefe, un padre, un socio, tiende a interpretar el cuestionamiento como un desafío a su autoridad, más que como una invitación al diálogo. Y ahí reside el verdadero riesgo: cuando dejamos de preguntar por miedo a la reacción, alimentamos el silencio que permite que se perpetúen los abusos de poder.
Las generaciones más jóvenes, Los Millennials, la Generación Z y la Generación Alfa ya están surgiendoestán cambiando esta ecuación. Cuestionan con una naturalidad que incomoda a las estructuras tradicionales, porque crecieron entendiendo que la transparencia no es un favor, es un derecho.
como el dijo Malala Yousafzai: «cuando todos guardan silencio, incluso una sola voz se vuelve poderosa».
¿Y qué hacemos con esto?
Propongo algo simple pero exigente: normalicemos la pregunta como herramienta de construcción. Ese poder de cuestionamiento, en cualquier espacio, deja de ser un acto de valentía excepcional y se convierte en un hábito cotidiano de ciudadanía consciente.
Que las instituciones comprendan que responder con apertura fortalece su legitimidad.
El poder que se sostiene sólo porque nadie se atreve a cuestionarlo no es poder legítimo: es control disfrazado de autoridad. Y las sociedades que prosperan son, precisamente, aquellas que se atreven a preguntar más allá del titular.


