Ese día me encontraba pescando con mi hermano mayor en el río Cabón, cerca del lugar que llamaban El Paso, porque había una viga que servía de comunicación entre la zona de Manatí y Rancho Arriba.
Del otro lado del río, antes de llegar al pequeño campo de Rancho Arriba, estaba el cacao del difunto Popué, lúgubre y oscuro tanto de día como de noche, de donde se dice que salía un jacho encendido en una vela.
Estábamos en total silencio, porque las criaturas del río se asustan con el bullicio humano, cuando de repente vimos llegar a ese hombre. Era el mes de febrero del año 73, lo recuerdo como lo recuerdo ahora porque en esa época la radio informó sobre una incursión guerrillera que había llegado desde el sur, la cual luego se supo estaba dirigida por el coronel Francisco Alberto Caampaño Deñó, héroe nacional de la guerra del 65.
Y por aquellos días pasaba Fellito el piscinero, con su radio Telefunken de doble banda, colgada en el hombro derecho, y gritaba frente a la casa del intendente: ¡Ya está la cosa hecha! ¡Viva la revolución! Posteriormente Fellito fue hecho prisionero.
¡Ah! Me olvidé. ¿Sabes que fue Fellito quien trajo la noticia de la muerte de Trujillo a La Ceiba? Se encontraba en Santo Domingo comprando quinielas y boletos para vender el fin de semana, cuando se enteró del escalofriante asunto. No pudo resistir y al llegar a La Ceiba arrojó la bomba en el cruce, provocando tal prepotencia que la gente dejó desiertas las dos vías principales. Al poco tiempo, dos policías se llevaron a Fellito, azotándolo como al Cristo de Bayaguana para que dijera dónde se había enterado de esa noticia.
Y, volviendo a aquel hombre, también recuerdo que era el día 15, porque el día 14 había sido el velatorio de los Marquitos, en la comunidad de Los Justos, y fue allí cuando Pantelón, el cibaeño que vendía kerosén en un camión de color claro, trajo un bloque de hielo, que causó sensación entre los campesinos, y se atrevió a darle una bebida fría al tonto de Catalino. Dicen que el mudo dijo: ¡Espera madre mía! El frío abandonó su mente y cayó tendido en el pasto. El viejo Cabita tuvo que reanimarlo oliendo ajo y hojas de anamu.
El hombre era flaco, de piel pálida, cabello liso y gris y en su mano izquierda tenía un ramo de margaritas blancas y amarillas. En su mano derecha llevaba un cuchillo de cuero. Vestía pantalones caqui, como mi padre, calzas, un sombrero amarillo de ala ancha, una daga enganchada en el lado izquierdo y un revólver con mango blanco colgado en el lado derecho.
Dijo buenos días entre dientes y se perdió en medio del bosquecillo de guama, más arriba del río, y al rato volvió a pasar. Estaba llorando.
Al llegar a casa le pregunté a mi abuela quién era ese hombre y me dijo que era el guardia del campamento de Cruz Verde y que todos los años llevaba flores a la cruz de su amada, quien se había ahogado en la orilla del río, junto con su hermana pequeña, muchos años atrás, en los inicios del Generalísimo Chapita.
No me convienes, pero en estos últimos días, en una de mis pequeñas escapadas al pasado, donde encuentro paz y descanso, me topé con esta noticia, publicada en el Diario Listín, el viernes 6 de febrero de 1935:
DOS NIÑAS MUEREN ENTERRADAS EN LAS AGUAS DEL RÍO CABÓN, AL CRUZAR EN CANOA
LA VICTORIA. 8 de febrero.-Ayer a las ocho de la mañana el señor Juan Alcalá, quien acudió por orden del Pedano Mayor de la Seccional de Tosa, se presentó ante el Juez Mayor de esta comunidad para informar que el domingo 3 del corriente, alrededor de la una del día, las menores Ovidia y Serapia Hernández, de 10 y 15 años respectivamente, salieron de sus hogares paternos con idea de visitar a sus tíos, los señores Braulio Alcántara. y Dionisio Hernández, del mismo lugar, para lo cual obtuvieron permiso de sus padres, señor Manuel Hernández y señora Juana Abraham de Hernández, y según sus padres, parece que las niñas desistieron de realizar la visita y luego tomaron una canoa para cruzar el río Cabon, la cual parece haberse volcado y al no poder defenderse, las dos niñas quedaron sepultadas bajo las aguas del Cabon, río que se encuentra a poca distancia de la casa.
Las niñas iban acompañadas de un perrito, que ladraba desesperado, y corrieron a casa de los padres como contándoles lo sucedido, y caminaron hacia el río. Entonces los padres la siguieron y cuando llegaron al río encontraron la canoa volcada. Desde ese mismo momento se procedió a la búsqueda de los desafortunados, los que aparecieron luego de grandes luchas ayer, a las 7 de la mañana.
Desde el momento de la denuncia, el Juez Mayor, señor Rafael Tejada M., y las demás autoridades acudieron al lugar, estando allí el Mayor Pedáneo con un grupo de hombres de la zona. El Juez Mayor, después de examinar los cadáveres y cumplir con los requisitos de ley, ordenó el entierro de aquellas dos vírgenes que habían partido a destiempo, debido a un destino trágico y fatal.
Las dos cruces de Sarapia y Ovida estuvieron en el cerro de El Paso hasta la crecida de 1979, cuando los ríos Cabón y Ozama se encontraron y medio mundo quedó inundado, desde La Victoria hasta los confines de Monte Plata.


