Por Miguel Lima/
Durante más de seis décadas, más de medio millón de cubanos han sido detenidos o encarcelados por motivos políticos. El encarcelamiento político en Cuba ha creado una profunda crisis humanitaria, devastando a miles de familias y dejando cicatrices duraderas a lo largo de generaciones. A pesar de esta dura historia, los esfuerzos por promulgar una Ley de Amnistía para liberar a decenas de miles de personas encarceladas injustamente por ejercer sus derechos enfrentan una tenaz resistencia por parte del régimen actual. Irónicamente, este mismo régimen debe su existencia a una Ley de Amnistía: la legislación de mayo de 1955 que liberó a Fidel Castro, Raúl Castro y otros después del violento asalto al Cuartel Moncada. A diferencia de los paramilitares revolucionarios de 1953, los prisioneros políticos de hoy están encarcelados por protestas pacíficas, no por actos de violencia o terrorismo.
Actualmente, Cuba es el segundo país con más presos políticos de América Latina, después de Venezuela, con 1.117 personas encarceladas, entre ellas 120 mujeres y 30 menores. Decenas de miles más están encarcelados por cargos arbitrarios como desobediencia criminal precriminal, que se aplica a personas que perciben como delitos potenciales sin haber cometido ningún delito. Se desconoce cuántas de estas personas fueron detenidas específicamente por sus creencias políticas.
Las familias de los presos políticos cubanos denuncian condiciones horribles: negación de atención médica, aislamiento, violencia sexual, golpizas, desnutrición y tortura. El líder prodemocracia José Daniel Ferrer, detenido arbitrariamente desde julio de 2021, sufre golpizas, aislamiento y 20 meses sin visitas familiares por negarse al exilio y optar por quedarse en Cuba para luchar por la libertad.
La detención del periodista José Gabriel Barrenechea Chávezacusado de liderar las protestas en Encrucijada, Villa Clara, durante el apagón cubano, destaca la represión del régimen. Barrenechea, que enfrenta cargos de sedición por disentir, inició una huelga de hambre para protestar por su detención arbitraria.
La campaña de Latinoamérica21 y otros medios de comunicación por la liberación de Barrenechea subraya un llamado global para liberar a todos los cubanos detenidos injustamente por ejercer derechos humanos fundamentales, incluida la libertad de expresión, asociación y protesta pacífica.
Aprovechando este impulso, en un momento en que Cuba tiene más personas detenidas arbitrariamente que en décadas anteriores, la iniciativa de la Ley de Amnistía encabezada por el Consejo para la Transición Democrática en Cuba (CTDC), una coalición de organizaciones dentro y fuera de la isla, ofrece una posible solución. Apoyada por líderes prodemocracia encarcelados y familias de presos políticos, la iniciativa ofrece un camino legal hacia la justicia.
Anunciada el 24 de febrero de 2022, la iniciativa de la Ley de Amnistía enfrentó retrasos debido a obstáculos legales impuestos por el régimen cubano. La CTDC planea ahora relanzarlo el Día de los Derechos Humanos, renovando su llamado a la liberación de los presos políticos. En un país donde las leyes y prácticas violan los estándares internacionales de derechos humanos, la Ley de Amnistía propuesta ofrece una solución transformadora. Extinguiría la responsabilidad penal, eliminaría las condenas y eliminaría los antecedentes penales, liberando potencialmente a decenas de miles de personas encarceladas por delitos con motivación política o cargos precriminales arbitrarios. La propuesta de la CTDC, que requiere la aprobación de la Asamblea Nacional, es esencial para despenalizar la disidencia, afirmar el derecho de la oposición a existir y restaurar los derechos soberanos del pueblo cubano.
Cambiar la ley dentro del sistema totalitario cubano es una batalla cuesta arriba. Según la Constitución de 2019, se requieren 10.000 firmas para que un proyecto de ley sea considerado, pero estas firmas no son vinculantes. Una legislación menos conocida, la Ley 131, exige que los firmantes obtengan certificados de votante del Consejo Nacional Electoral en La Habana. Para la mayoría de los ciudadanos fuera de la capital, los costos de viaje superan con creces el salario mensual promedio, privándolos de sus derechos. Estas barreras legales, sumadas a la persecución y vigilancia de la oposición cubana, hacen que la movilización en medio de apagones y escasez severa sea desalentadora. Sin embargo, la difícil situación de los presos políticos y sus familias sigue siendo una fuerza poderosa que impulsa a muchos cubanos a levantarse en busca de justicia.
Históricamente, cualquier legislación impulsada por los ciudadanos ha requerido cierta voluntad política por parte de quienes están en el poder para su aprobación. En Cuba esa voluntad está completamente ausente. Cuando el Proyecto Varela de Oswaldo Payá reunió 25.000 firmas para reformas democráticas, el régimen respondió con encarcelamientos masivos y los asesinatos de Payá y Harold Cepero.
A pesar de los desafíos, aprovechar los marcos legales puede ser eficaz en contextos autoritarios. La oposición venezolana expuso un fraude electoral en los comicios del 28 de julio, demostrando la victoria mayoritaria de Edmundo González a través de registros electorales, reconocidos por la UE y EE.UU. Este éxito, logrado bajo una severa represión, demuestra el poder del activismo organizado y la movilización ciudadana.
Desde la represión del régimen cubano en julio de 2021, que dejó miles de personas detenidas, la solidaridad internacional con los presos ha crecido. La resolución del Parlamento Europeo del 19 de septiembre, exigiendo la liberación de José Daniel Ferrer y de todos los presos políticos, fue aprobada con un fuerte apoyo, destacando el apoyo mundial. Los activistas cubanos a favor de la democracia deberían aprovechar este impulso e instar a la UE a vincular sus acuerdos de cooperación con las condiciones de derechos humanos. Estados Unidos, con sus políticas de máxima presión, y Canadá, a través de plataformas como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, están bien posicionados para ayudar en estos esfuerzos.
América Latina, marcada por dictaduras, ha tardado en apoyar el movimiento democrático de Cuba, pero esto está cambiando a medida que las crisis en Venezuela y Nicaragua exponen el legado totalitario de Castro, adoptado por los autócratas en Caracas y Managua. En medio de reveses democráticos y retórica antiestadounidense, la sociedad civil, los foros regionales y los partidos políticos están aumentando los llamados a la liberación de los prisioneros políticos cubanos. Las transiciones de la región resaltan los riesgos de que los autócratas exploten las leyes de amnistía, ofreciendo valiosas lecciones para la oposición cubana.
Las últimas dos décadas en Cuba muestran que una presión sostenida es clave para liberar a los presos políticos. Entre 2010 y 2011, 75 presos de Black Spring, condenados a entre 6 y 28 años de prisión, fueron puestos en libertad condicional y enviados al exilio. Su libertad fue el resultado de la presión interna y la condena internacional, incluidas las manifestaciones de las Damas de Blanco, que llevaron a negociaciones con Raúl Castro y la Iglesia Católica.
Una ley de amnistía en Cuba no es simplemente un objetivo político o legal: es una obligación moral para quienes encarnan coraje y resistencia contra la represión. La continua negativa del régimen a prestar atención a la voluntad popular y su obstinada insistencia en encarcelar injustamente a miles de personas exigen una respuesta decisiva: el encarcelamiento político es bárbaro e inaceptable. Las naciones democráticas deben ubicarse en el lado correcto de la historia y condicionar las relaciones con Cuba a la liberación inmediata e incondicional de todos los prisioneros políticos, no mediante el exilio o el arresto domiciliario, sino como ciudadanos libres con derecho a permanecer y luchar pacíficamente. por la democracia.


