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domingo, septiembre 20, 2026
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Vivir la brevedad y la prisa

Deberías Leer

Antonio Taveras Guzmán

Hay ocasiones que se pueden explicar con una palabra. Creo que una de las palabras que mejor define la nuestra es brevedad. Y con ello, las prisas.

Vivimos rápido. Leemos rápidamente. Damos nuestra opinión rápidamente. Rápidamente nos indignamos. Nos emocionamos con la misma velocidad con la que olvidamos lo que ayer nos parecía imprescindible. Incluso amamos frágil y rápidamente. No perdemos el tiempo en abrazos cálidos: un emoji parece solucionarlo.

Una noticia desplaza a otra antes de que hayamos comprendido la primera. Una controversia desaparece porque otra, más estridente —y a veces planificada o inventada— ocupa su lugar.

Comemos rápido. Comer pan ya no nos recuerda al trigo. No lo probamos. Como no tenemos tiempo para nuestros hijos, les damos una pantalla temprano para reemplazarnos. Vivimos aislados en enormes edificios. Nuestros hijos hacen “mejores amigos” a través de una pantalla, a veces en otros continentes, mientras nosotros ignoramos al vecino en el ascensor.

En los barrios se vive la pobreza sin comprenderla ni desafiarla. Las zapatillas Jordan pueden convertirse en un símbolo de dignidad y estatus para un joven, sin importar cómo se obtengan.

La humanidad está viviendo un cambio de era. No es la primera vez. El problema no es el cambio, sino lo que hacemos con él.

Hace unos días, leyendo La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, encontré una referencia al pintor Georges Seurat. Para conseguir la aparente sencillez de sus grandes obras, Seurat realizó innumerables estudios y bocetos. Su trabajo fue lento, testarudo, muy reflexivo, casi obsesivo.

Seguí pensando en esa palabra: lento como sinónimo de lentitud y reflexión.

¿Cuánto espacio queda hoy para la lentitud? ¿Ir despacio, razonar y comprender?

No creo que podamos juzgar a las nuevas generaciones con los parámetros de otros tiempos. Cada generación construye sus lenguajes, sus códigos y sus formas de percibir la vida. Lo preocupante no es que los jóvenes vean el mundo de otra manera. Es sólo que todos estamos perdiendo la costumbre de parar.

Cuando era adolescente leí a Freud, Sartre, Marx, Nietzsche y José Ingenieros. Autores diferentes y contradictorios, pero tenían algo en común: obligaban a parar, pensar, discutir e incluso cerrar el libro unos minutos para reflexionar.

Freud, en El malestar de la cultura, describió la tensión entre nuestros deseos individuales y las restricciones necesarias para vivir en sociedad.

Casi un siglo después, el malestar continúa, pero quizás haya cambiado de rostro.

Ahora vivimos nuestra individualidad en un mundo virtual donde una mano invisible (más terrible que la de Adam Smith) aprende nuestros gustos, preferencias, deseos, emociones y debilidades y los manipula. Nos invita y empuja a consumir, comprar, tirar, mirar rápido y responder sin pensar. Todo en fracciones no mayores a 30 segundos. Todo debe ser descartado en 30 segundos.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. Un joven con un teléfono puede acceder en segundos a conocimientos que durante siglos estuvieron fuera del alcance de millones. Parecería una extraordinaria democratización de la información.

Pero información no significa conocimiento.

Podemos saber lo que está pasando en los cinco continentes sin haber reflexionado profundamente sobre ninguna de esas realidades.

Sentimos mucho y reflexionamos poco.

Nos indignamos antes de darnos cuenta. Condenamos antes de comprobar. Compartimos antes de leer.

Y hay una diferencia fundamental con otras épocas: nuestra atención se ha convertido en un negocio.

Los algoritmos aprenden qué nos gusta, qué nos disgusta y cuánto tiempo permanecemos mirando una imagen. No necesariamente nos muestran qué es lo más importante, sino qué es capaz de retenernos. Así es como regalamos pequeñas porciones de nuestro tiempo sin saber, en muchos casos, que alguien más gestiona nuestra vida.

A esta realidad se suma ahora la inteligencia artificial.

Es un logro extraordinario. Puede ayudarnos a comprender problemas complejos y ampliar nuestro conocimiento. Pero encierra una paradoja: puede ayudarnos a pensar y reflexionar o acostumbrarnos a no pensar.

Si lo utilizamos para confrontar nuestras ideas y plantearnos nuevas preguntas, multiplicaremos nuestras capacidades. Pero si le delegamos la lectura, el análisis, la duda y, finalmente, el juicio, podemos acabar atrofiando aquello que pretendíamos potenciar: nuestro cerebro, nuestras capacidades.

Quizás una de las pérdidas más silenciosas de nuestro tiempo sea la capacidad de asombro, porque para asombrarse hay que detenerse.

Contempla una pintura. Escuche una pieza musical completa. Leer un poema dos veces. Chatea sin mirar el teléfono. Abrazo amigos. Incluso aburrirse y disfrutar del ocio, del silencio.

Del ocio nacieron preguntas, fantasías, libros, amores y descubrimientos.

No me propongo volver con nostalgia al pasado. Cada época tuvo sus miserias y sus grandezas. Propongo algo más sencillo y, paradójicamente, cada vez más difícil: recuperar el derecho a detenerse, a pensar y reflexionar. En esta locura frenética de las prisas olvidamos que “yo existo porque el otro existe”, y existe fuera de las pantallas.

La tecnología debe servirnos sin apoderarse de nuestra conciencia. La inteligencia artificial puede ampliar nuestra inteligencia sin reemplazar nuestra responsabilidad de pensar.

Freud habló del malestar en la cultura. Vargas Llosa, desde la civilización del espectáculo. Quizás corresponda a nuestra generación reflexionar sobre una nueva etapa: la civilización de la atención cuestionada.

Una sociedad donde todo el mundo quiere unos segundos de nuestros ojos, nuestros oídos, nuestras emociones y, finalmente, nuestros pensamientos, con un fin concreto: monetizar nuestra atención.

Frente a ella, detenerse puede parecer un acto insignificante.

Quizás esté empezando a convertirse en un acto de libertad y liberación.

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