El sectarismo político aparece cuando una persona, partido o grupo, por ignorancia, antepone la defensa de su propia corriente política al interés general, llegando incluso a justificar los errores, abusos o contradicciones propias que condenaría si fueran cometidos por el adversario. Sus consecuencias son profundas: la sociedad deja de estar dividida por ideas y comienza a hacerlo entre “los nuestros” y “los otros”. El adversario político deja de ser un competidor legítimo y se convierte en enemigo.
La desaparición de ideologías políticas que durante décadas sirvieron de referente para la identificación de creencias y posiciones dio paso, en gran medida, al predominio del clientelismo político. Esto se convierte en una especie de opio político, capaz de producir somnolencia y euforia, pero también dependencia y graves efectos adversos. Cuando el clientelismo se combina con la ignorancia política, impide el desarrollo del pensamiento ideológico y limita la capacidad del ciudadano para comprender la realidad sociopolítica en la que vive.
Por tanto, el sectario pierde la capacidad de reconocer los éxitos del oponente y los errores de su propio grupo. La lealtad reemplaza el juicio; La propaganda sustituye al análisis y la desinformación acaba ocupando el espacio que debería corresponder al conocimiento.
Los sectarios favorecen la difusión de rumores, verdades a medias y propaganda, porque muchas veces lo importante no es conocer la realidad de su líder o de su organización, sino demostrar que “los demás” están equivocados. El desconocimiento de la realidad política, económica y social convierte al ciudadano en terreno fértil para la manipulación. Y cuando la ignorancia se convierte en fanatismo, el diálogo empieza a llenarse de ruido.
Si cada posición política es considerada moralmente superior, la posibilidad de negociar, acordar y construir consensos desaparece. La política deja de ser un instrumento para resolver problemas colectivos y se convierte en un enfrentamiento permanente entre bandos.
Fanatismo político
El activista puede terminar defendiendo decisiones que contradicen sus propios principios simplemente porque fueron tomadas por aquellos que considera “suyos”. Así nace el fanatismo político: una conducta en la que la lealtad al grupo acaba prevaleciendo sobre la razón y la conciencia.
Esta confrontación no se limita necesariamente a la política. Puede extenderse a familias, amigos, comunidades y espacios laborales, convirtiendo las diferencias políticas en conflictos personales y sociales.
Impunidad y corrupción por clientelismo político
Uno de los mayores peligros aparece cuando los ciudadanos justifican las irregularidades administrativas de sus dirigentes porque creen que denunciarlas favorecería al adversario. Olvidemos que la democracia necesita oposición, crítica y alternancia.
Cuando el sectarismo convierte al adversario en enemigo, cosas que normalmente serían inaceptables comienzan a ser toleradas, mientras el propio grupo permanezca en el poder. Así, el ciudadano deja de ser fiscal del poder y acaba convirtiéndose en su cómplice.
En resumen, el sectarismo político no comienza cuando se tienen ideas firmes; Comienza cuando pierdes la capacidad de cuestionar tus propias ideas. Tener una posición política es parte de la democracia. Convertirla en verdad absoluta y al adversario en enemigo es lo que la debilita.
Porque cuando la ignorancia se convierte en obediencia, el clientelismo en dependencia y la lealtad política en complicidad, el ciudadano deja de pensar por sí mismo y empieza a pensar por sí mismo. Y una sociedad que renuncia a pensar acaba entregando su libertad a quienes piensan por ella.


