Por Miguel Aristy R.
agradezco Eduardo Jorge Prats traer a discusión la obra Lecturas Históricas Dominicanas de Frank Moya Pons. La reseña propone que el libro enseña a “pensar históricamente” a partir de cuatro virtudes: imparcialidad, objetividad, ecuanimidad y generosidad. Quiero discutir precisamente estas cuatro virtudes, porque creo que contienen tres trampas que impiden, precisamente, pensar históricamente.
Primer error garrafal: no hay pensamiento imparcial. Toda la filosofía del siglo XX, desde Kuhn hasta Foucault, ha demostrado que no existe un lugar neutral desde el cual pensar. Todo pensamiento se ubica en un cuerpo, en una clase, en una institución, en un lenguaje. Quien escribe desde la Academia Dominicana de la Historia no escribe desde ningún lado; Escribe desde un ámbito específico del conocimiento nacional, con sus intereses y sus silencios.
Pedir imparcialidad no es un ideal epistemológico, es una operación ideológica. Es pedirle al pensador que oculte el lugar desde el que domina el objeto. Lo honesto no es declararse imparcial, sino declarar la propia parcialidad: decir desde dónde se piensa. La objetividad no se consigue ocultando la subjetividad, sino haciéndola explícita.
Segundo error garrafal: el pensamiento no es lejano. La fórmula clásica supone un sujeto aquí y un objeto histórico allá, lejano, que hay que observar con frialdad. Esa distancia cartesiana no existe. Como enseñó Gadamer, entendemos la historia no porque nos distanciamos de ella, sino porque somos parte de ella. El historiador de 2026 que lee la Constitución de 1844 la lee con las inquietudes de 2026. No hay fusión sin confusión. Además, como bien intuyes, pensar no es contemplar a distancia; es someterse. Cuando nombramos el pasado con categorías como “modos de producción”, “nación”, “raza” o “progreso”, no estamos describiendo el objeto, lo estamos constituyendo y dominando. El pensamiento recorta el pasado, lo clasifica y lo hace obedecer a su lógica presente. No hay distancia, hay dominio.
Tercer error garrafal: El pensamiento no es ni ecuánime ni generoso. Aquí se confunde una virtud moral con una virtud intelectual. La ecuanimidad y la generosidad son excelentes para la convivencia académica, pero el pensamiento crítico rara vez lo es. No se escribió ninguna historia importante siendo generoso con el poder. Bartolomé de las Casas No fue justo con la tarea. Marx no fue generoso con el capital. Pensar críticamente implica tomar partido, incomodar, ser parcial a favor de una verdad que duele.
Cuando se pide a la crítica que sea «generosa para no ser destructiva», lo que se pide básicamente es que no destruya el consenso de la propia academia. La generosidad se convierte entonces en un eufemismo de autocensura. Aprender a pensar históricamente, por tanto, no es aprender a ser imparcial, distante y generoso. Es aprender lo contrario: reconocer que todo pensamiento es parcial, que todo pensamiento domina su objeto y que la tarea del historiador no es ser generoso con el pasado, sino ser honesto con el presente desde el que lo interroga.


