Así es como él llamó Rita SegatoPensadora feminista argentina, al proceso por el cual la exposición constante a actos crueles, inhumanos y degradantes termina por socializarnos para aceptarlos, normalizarlos, adaptarnos a ellos e incluso reproducirlos. Una forma sutil, constante y cada vez más presente en nuestra sociedad, en la que aprendemos que la crueldad puede ser una broma, una moda, un estilo, una forma de relacionarnos o incluso una forma de ejercer nuestra supuesta libertad.
Dañar al otro deja entonces de ser visto como un acto que debe ser cuestionado y se convierte en un “derecho”, una expresión de libertad o algo que simplemente “hay que aguantar”. Así, la responsabilidad pasa a quien recibe el daño; Si te duele es porque eres demasiado sensible; Si se ve afectado debe aprender a fortalecerse y así, poco a poco, construimos una idea profundamente perversa de resiliencia que nos hace acostumbrarnos al dolor y al malestar.
En estos tiempos, la crueldad se aprende en las noticias, podcasts, memes, videos en redes sociales, notas de voz, correos electrónicos y en la cada vez más extinta interacción cara a cara. Ahora nos impactan menos las mujeres víctimas de feminicidios que se cuentan cada semana como un número de lotería, los memes construidos a partir del cuerpo o la apariencia de otra persona, los linchamientos digitales justificados en nombre de la libertad de expresión. Hemos normalizado imágenes cada vez más violentas, expresiones agresivas, humillantes y vulgares a las que parece importarles poco el daño que causan,
Mientras todo esto sucede, nuestra percepción del daño se hace menor. Decir “eso me dolió” se asocia con la debilidad y la búsqueda de respeto, ternura y buenos modales en “una expresión amapola” que busca ridiculizar lo que nunca debemos perder, el sentido humano. Así que para sobrevivir y encajar aprendemos a endurecernos, a defendernos y cuidar al otro, a construir muros para evitar que nos haga daño, y la soledad se convierte en nuestra gran aliada.
Y así también dejamos de pensar en los que sufren, dejamos de intervenir cuando alguien necesita protección, porque hemos empezado a internalizar que el sufrimiento es una parte normal de la vida y que, para estar bien, debemos aprender a soportarlo o buscar estar seguros por nosotros mismos. Nos escondemos de quienes fueron nuestros vecinos, amigos, compañeros de trabajo o de estudios para no exponernos al riesgo de dolor o ridículo y poco a poco se rompe el sentido de comunidad, protección, empatía y cuidado mutuo.
¿Pero qué hacemos al respecto?
Quizás necesitemos recuperar la ternura como pedagogía. Una forma de educar y relacionarnos que nos recuerda que el dolor no debe convertirse en una condición para pertenecer, crecer o demostrar fortaleza. También debemos aprender a reparar los daños, esto nos ayuda a no normalizar el dolor y el sufrimiento de ninguna de las partes, ni de quienes reciben el daño, ni de quienes lo causan. La reparación comienza cuando somos capaces de reconocer el dolor causado y estamos en condiciones de solucionarlo. Si una acción humilló, lastimó o degradó a otra persona, debemos poder nombrarla: fue abuso, una agresión, una forma de violencia. Nombrar el daño importa porque nos permite dejar de justificarlo para que la magia del arrepentimiento llegue, no como culpa, sino como la capacidad de mirar lo que hicimos, reconocer sus consecuencias y decidir hacerlo de otra manera.
Para lograrlo necesitamos cambiar nuestra relación con el dolor de otras personas. No es que “la gente sea demasiado sensible”, sino que vivimos en una sociedad que se ha vuelto demasiado tolerante con el sufrimiento. Quizás necesitemos recuperar nuestra capacidad de conmovernos, de detenernos, de volver a sentir el dolor del otro.
Por tanto, para contrarrestar una cultura de crueldad necesitamos instalar pequeñas prácticas de cuidado diario. Tener plantas o animales y asumir la responsabilidad de cuidarlos para que estén bien, preguntarle a alguien que vemos triste si necesita algo y quedarnos a escuchar, cuidar los espacios que compartimos, parar un chiste cuando vemos que está causando daño. coser una prenda en lugar de tirarla, arreglar una silla, remendar un juguete, restaurar un mueble, reutilizar algo antes de sustituirlo por uno nuevo.
Quizás contrarrestar esta tendencia empiece por volver a darle valor al bienestar y recordarnos a nosotros mismos, incluso a nosotros mismos, que no somos desechables; que sentimos, cometimos errores, podemos cambiar, reparar y empezar de nuevo. Que siempre podemos elegir preocuparnos en lugar de herir, reparar en lugar de justificar, poner límites en lugar de aguantar y tender la mano en lugar de ser indiferentes. Elige la ternura es una decisión y eso te hace fuerte.


