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domingo, octubre 25, 2026
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Nabucodonosor: ¿Por qué insistimos en aprender a través del dolor?

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Hace unos días vino a mi memoria Nabucodonosor, aquel poderoso rey de Babilonia que, después de alcanzar la grandeza, tuvo que pasar por profundas humillaciones para reconocer que había alguien por encima de él: Dios.

Y seguí pensando.

¿Por qué tuvo que sufrir tanto para entenderlo? ¿Por qué, ante las advertencias y las oportunidades de cambio, no pudo escuchar antes de caer?

Pero, sobre todo, surgió en mi mente una pregunta que va mucho más allá de aquel rey:

Si tenemos miles de años de historia, enseñanzas, experiencias y ejemplos de las consecuencias de nuestros errores, ¿por qué los seguimos repitiendo? ¿Por qué, en lugar de construir una vida pacífica, terminamos causando tanto dolor?

Un rey capaz de construir un imperio, pero incapaz de controlar su arrogancia

Nabucodonosor II fue uno de los gobernantes más poderosos de la antigua Babilonia.

Bajo su reinado se construyeron grandes edificios, se consolidó un imperio y Babilonia alcanzó un esplendor extraordinario.

Sin embargo, también fue un conquistador. Su poder estuvo acompañado de guerras, destrucción, subyugación de pueblos y desplazamientos humanos.

Están sus luces y sus sombras.

Un hombre capaz de organizar grandes obras, gestionar enormes recursos y transformar una ciudad, pero que, según el relato bíblico, llegó a considerar que toda esa grandeza era únicamente resultado de su poder.

En el capítulo 4 del libro de Daniel encontramos una historia que, independientemente de nuestra interpretación religiosa, contiene una enseñanza profundamente humana.

Nabucodonosor fue advertido. Daniel le aconsejó que abandonara sus injusticias, practicara la justicia y mostrara misericordia hacia los oprimidos.

Es decir, tuvo la oportunidad de cambiar antes de sufrir.

Pero él no escuchó.

Según la historia, terminó perdiendo temporalmente la cabeza y viviendo apartado de la sociedad. Sólo después de pasar por esa experiencia recuperó el entendimiento y reconoció la grandeza de Dios.

Y luego me pregunto: ¿realmente era necesario llegar a ese extremo?

La humanidad parece conocer el camino, pero insiste en tomar el contrario

No necesitamos retroceder más de dos mil quinientos años para encontrar ejemplos.

Hemos vivido guerras devastadoras y seguimos teniendo conflictos armados.

Conocemos las consecuencias de la corrupción y seguimos tolerando prácticas que debilitan nuestras instituciones.

Sabemos que destruir la naturaleza compromete la vida de las generaciones futuras y, aún así, seguimos contaminando ríos, mares y suelos.

Conocemos el valor de la familia, pero a menudo permitimos que el orgullo nos aleje de quienes amamos.

Sabemos que la vida es frágil, pero actuamos como si tuviéramos el mañana garantizado.

Y lo más contradictorio es que no podemos alegar desconocimiento.

Tenemos historia, conocimientos científicos, textos sagrados, leyes, principios éticos y experiencias acumuladas por generaciones.

¿Qué más necesitamos para comprender que la paz no se puede construir sobre el sufrimiento de otros?

Quizás el problema no sea la falta de conocimiento.

Quizás sea nuestra resistencia a transformar ese conocimiento en decisiones.

¿Será que nos hemos acostumbrado al dolor?

A veces tengo la impresión de que hemos normalizado tanto el sufrimiento que llegamos a considerarlo imprescindible para el aprendizaje.

Decimos que alguien necesita tocar fondo para cambiar.

Que una sociedad necesita una crisis para despertar.

Que una persona sólo valora lo que tiene cuando lo pierde.

Pero ¿por qué debería ser así?

¿No podríamos aprender de la gratitud en lugar de la pérdida?

¿No podríamos corregir nuestros errores cuando alguien nos advierte, sin esperar que las consecuencias sean irreparables?

¿No podríamos reconocer nuestras limitaciones sin necesitar primero la humillación?

No estoy diciendo que todo sufrimiento pueda evitarse. Hay enfermedades, accidentes, tragedias e injusticias que nadie elige.

Tampoco creo que quienes sufren necesariamente estén pagando por algún error.

Lo que cuestiono es ese sufrimiento que podemos prevenir y que, sin embargo, seguimos generando a través de decisiones tomadas desde el egoísmo, la indiferencia, la ambición o la soberbia.

Porque una cosa es afrontar las inevitables dificultades de la existencia y otra muy distinta crear nuestras propias desgracias.

El poder sin conciencia puede convertirse en una forma de ceguera

Hay otro aspecto de Nabucodonosor que me inquieta particularmente.

Su historia no habla sólo de religión. También habla del ejercicio del poder.

Cómo una persona puede convencerse de que sus logros le dan el derecho de prevalecer sobre los demás.

Y esto no sólo ocurre con los grandes gobernantes.

Sucede en empresas, instituciones, comunidades e incluso dentro de nuestros hogares.

Cuando dejamos de escuchar.

Cuando confundimos autoridad con superioridad.

Cuando creemos que reconocer un error nos debilita.

Cuando usamos nuestra posición para imponer en lugar de servir.

Cuando olvidamos que nuestras decisiones tienen consecuencias en otras personas.

El poder, por sí solo, no nos hace mejores ni peores. Pero puede amplificar lo que llevamos dentro.

Por eso creo que la verdadera grandeza de un ser humano no debe medirse sólo por lo que construye, acumula o conquista, sino por el bien que es capaz de generar sin destruir la dignidad de los demás.

De poco sirve construir una ciudad extraordinaria si para ello hemos perdido nuestra humanidad.

Dios no debería ser nuestro último recurso

Hay algo profundamente conmovedor en imaginar a Nabucodonosor levantando los ojos al cielo después de haberlo perdido casi todo.

La Biblia relata que cuando recuperó el entendimiento, alabó y glorificó a Dios.

Y es hermoso reconocer que una persona puede cambiar, incluso después de cometer grandes errores.

Pero hay una lección que me parece aún más importante.

Daniel le había mostrado otro camino: practicar la justicia y tener misericordia de los pobres.

Es decir, el cambio no necesariamente comenzó con el sufrimiento, sino con una decisión ética.

Por eso me pregunto si, a veces, hemos reducido nuestra relación con Dios a buscarlo sólo cuando sentimos miedo, cuando enfermamos, cuando perdemos algo o cuando ya no encontramos respuestas.

¿Y qué le pasa a Dios cuando todo va bien?

¿Dónde están sus enseñanzas cuando tenemos salud, trabajo, oportunidades, recursos y capacidad de ayudar?

Creo que reconocer a Dios debería manifestarse también en la forma en que tratamos a los demás.

En la justicia de nuestras decisiones.

En compasión por los que sufren.

En responsabilidad con la naturaleza.

En nuestra disposición a perdonar y pedir perdón.

En la humildad de reconocer que no somos dueños absolutos de nada.

Porque la fe no sólo debe expresarse en nuestra capacidad de soportar el dolor, sino también en nuestra voluntad de evitarlo cuando esté en nuestras manos hacerlo.

¿Y si el verdadero progreso fuera aprender a vivir en paz?

Estamos orgullosos de nuestros avances tecnológicos.

Hablamos de inteligencia artificial, exploración espacial, automatización, ciudades inteligentes e innovación.

Y eso está bien. El conocimiento nos permite transformar realidades y encontrar soluciones extraordinarias.

Pero sigo preguntándome:

¿De qué sirve tanta inteligencia si no somos capaces de convivir?

¿De qué sirve desarrollar herramientas que hagan la vida más fácil si seguimos creando sociedades donde tantos seres humanos carecen de lo esencial?

¿Qué sentido tiene hablar de sostenibilidad mientras nuestras decisiones siguen comprometiendo el futuro?

Quizás necesitemos ampliar nuestra definición de progreso.

Porque el progreso no puede significar sólo producir más, ganar más o conquistar más.

También debería significar sufrir menos por causas evitables.

Tener instituciones más justas.

Construir más relaciones humanas.

Proteger a los vulnerables.

Aprender a dialogar sin destruirnos.

Y entender que el bienestar individual pierde significado cuando se construye a expensas del bienestar colectivo.

La lección que no debemos seguir posponiendo

Nabucodonosor finalmente reconoció sus límites.

Según el relato bíblico, recuperó su comprensión, su dignidad y su posición.

Pero hay una diferencia fundamental entre su historia y la nuestra.

Ya sabemos el resultado.

Sabemos lo que sucede cuando el orgullo reemplaza a la humildad.

Cuando la ambición desplaza a la justicia.

Cuando la indiferencia acaba prevaleciendo sobre la solidaridad.

Y cuando el poder pierde su vocación de servicio.

Es por eso que no deberíamos necesitar nuestras propias tragedias para comprender las enseñanzas de quienes nos precedieron.

La historia no tiene por qué repetirse como condena.

Puede convertirse en una oportunidad para elegir de manera diferente.

Y eso requiere más que reflexión: requiere voluntad.

Voluntad de escuchar.

Para cambiar.

Para reconocer errores.

Renunciar a aquello que daña a los demás.

Y, sobre todo, entender que no necesitamos ganar todas las batallas para vivir una vida valiosa.

A veces la victoria más importante es dejar de luchar contra lo que podría darnos la paz.

Una reflexión para nuestro tiempo

Hoy, al recordar a Nabucodonosor, no quiero quedarme sólo con la imagen del rey poderoso que terminó humillado y luego alabado a Dios.

Prefiero quedarme con el aviso que recibió antes de caer.

Porque ahí encuentro una oportunidad para todos nosotros.

La oportunidad de hacer el bien antes de una tragedia nos recuerda su importancia.

Valorar la vida antes de sentir que la perdemos.

Amar antes de lamentar una ausencia.

Cuidar nuestro planeta antes de que el daño sea irreversible.

Practicar la justicia antes de que nos alcance la injusticia.

Y reconocer a Dios no sólo cuando necesitamos consuelo, sino también cuando tenemos la posibilidad de convertirnos en instrumentos de paz.

Quizás la mayor enseñanza de Nabucodonosor no sea que el sufrimiento puede llevarnos a la humildad, sino que la humildad puede ahorrarnos mucho sufrimiento.

Y si es así, tengo una última pregunta:

¿Cuántas generaciones más tendrán que sufrir las consecuencias de los mismos errores antes de que comprendamos finalmente que no vinimos a este mundo para destruirnos unos a otros, sino para aprender a vivir juntos?

No tengo todas las respuestas.

Pero hay una convicción: la verdadera sabiduría no consiste sólo en levantarse después de cada caída. Consiste también en aprender a reconocer los caminos que no debemos volver a recorrer.

Porque, al final, quizás el mayor homenaje que podemos ofrecer a Dios no sea demostrar cuánto dolor somos capaces de soportar, sino cuánto amor, justicia y paz somos capaces de sembrar en vida.

No deberíamos tener que perder la paz para descubrir su valor.

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