República Dominicana, hasta hace algún tiempo, contaba con uno de los sistemas de partidos más estables de la región, en términos de movilización y fuerza electoral. Como señalan Benito Sánchez, Figueiras Prim, Lozano y Valladares: «La fórmula para la supervivencia del sistema de partidos dominicano ha sido la combinación de fragilidad institucional y fortaleza electoral».
Esta movilización es muy notable en los territorios con mayor pobreza; Existe una tendencia a una menor participación electoral en los distritos de mayor nivel económico y, por el contrario, los distritos con mayor pobreza reportan mayores niveles de participación. Esto tiene su razón de ser en la enorme capacidad de movilización a través de las redes clientelares y las diversas transacciones que a través de ellas se establecen.
«El clientelismo no es un vicio cultural: es la expresión de profundas desigualdades sociales que condicionan la vida política de amplios sectores de la población.»
—Cristina Escobar
En este punto vale la pena detenerse. Que los sectores más pobres voten más que los más ricos parece contradecir la lógica convencional. La explicación reside precisamente en el clientelismo. En los barrios populares, la jornada electoral tiene una dimensión material directa (pago por votar, raciones de alimentos, compra de recetas), mientras que en los sectores medios votar es un acto más abstracto y, paradójicamente, más prescindible. Una alta participación popular no es señal de una democracia vibrante; Es la marca de una democracia que compra su propia legitimidad.
Según el Barómetro de las Américas (LAPOP, 2021), solo alrededor del 33-36% de los dominicanos expresan algún nivel de confianza en los partidos políticos. En las tres elecciones presidenciales más recientes se observa una tendencia decreciente en la participación ciudadana: 69.6% en 2016, 55.3% en 2020 y 54.37% en 2024. Si comparamos los procesos de 2016 y 2024 (fuera del contexto de la pandemia), vemos con qué rapidez ha ido creciendo la “apatía” del ciudadano dominicano hacia los procesos electorales.
Los datos más recientes confirman que detrás de esta creciente abstención hay algo más profundo que la simple apatía. El estudio sobre la abstención electoral en los comicios de 2024, realizado por el IIDH/CAPEL a solicitud de la Junta Central Electoral, identifica entre los factores que alejan a los ciudadanos de las urnas: la desconfianza política, el clientelismo y la falta de propuestas atractivas, además de algunas dificultades materiales en el ejercicio del voto.
Por tanto, el problema trasciende la abstención. Cuando los ciudadanos dejan de confiar en los políticos y los partidos y empiezan a sentir que participar no cambia las cosas, lo que se debilita es la representación y, con ella, la democracia misma.
Este desencanto abre espacio para quienes ofrecen soluciones autoritarias o presentan la concentración de poder “y la mano dura” como una alternativa a una democracia que consideran incapaz de responder a sus necesidades. Por suerte, el mismo estudio de la JCE establece que el pueblo dominicano sigue creyendo en la democracia, un 95%, y rechaza en gran medida los regímenes autoritarios. ¿Pero qué democracia? ¿La democracia del favor? La gente quiere socialdemocracia y derechos. Una democracia que garantice derechos y bienestar a la gran mayoría, no una democracia de élites y personas manipuladas.
Financiamiento y vulnerabilidad
La conversión de partidos en máquinas electorales de arrastre clientelista viola y debilita la democracia y aumenta su vulnerabilidad al dinero opaco.
Cuando la capacidad de competir depende del volumen de recursos disponibles, y no de las propuestas y causas para avanzar, la frontera ética se desplaza. El clientelismo se ha convertido en un medio ideal para la penetración de recursos ilícitos, ya sea provenientes de la corrupción administrativa o del crimen organizado, con el propósito de buscar refugio e impunidad o facilitar actividades ilícitas por parte de quienes están en el poder.
La tendencia (en casi todos los partidos importantes) ha sido aceptar a cualquiera que quiera ingresar orgánicamente si tiene los recursos para ganar escaños electorales. Se impone la búsqueda del voto por encima de cualquier elemento ético.
Sin transparencia, trazabilidad y supervisión efectiva, el dinero reduce los costos de entrada, coloniza las decisiones y aumenta el riesgo de corrupción y captura (Scarrow, 2015; O’Donnell, 1996). Esto representa uno de los mayores peligros que amenazan nuestra frágil democracia. La discusión sobre el financiamiento político no es un tecnicismo, es una discusión eminentemente política y de poder, pero sobre todo sobre la supervivencia de la democracia.
Fuente de actualización: Junta Central Electoral (JCE), presentación del estudio IIDH/CAPEL sobre abstención electoral en República Dominicana, elecciones 2024 (septiembre 2026).


