
A lo largo de la historia de los conflictos en Oriente Medio, un error estratégico se ha repetido una y otra vez: las grandes potencias logran la victoria en el campo de batalla, sólo para brindar a sus adversarios derrotados la oportunidad, en la mesa de negociaciones, de transformar su derrota militar en un triunfo político. El presidente Donald Trump enfrenta precisamente este peligro. Después de ocho meses de guerra, la República Islámica del Irán, a pesar de haber sufrido devastadoras pérdidas militares y económicas, sigue buscando la supervivencia política mediante el chantaje nuclear, amenazas a la seguridad energética mundial y la prolongación deliberada de las negociaciones. Washington no debe permitir que un régimen que ha pagado un alto precio por su imprudente aventurerismo recupere, mediante un acuerdo negociado apresuradamente, la misma posición que ocupaba antes de la guerra.


