En artículos anteriores he planteado algunas amenazas, contradicciones y paradojas que enfrentamos como país. Pero no basta con diagnosticar los problemas. La pregunta es qué debemos hacer ahora para que la República Dominicana del 2050 sea una sociedad más próspera, con mayores oportunidades y bienestar para todos, capaz de funcionar en un mundo que cambia rápidamente.
No propongo soluciones mágicas. Me refiero a decisiones que están a nuestro alcance y que hemos postergado durante mucho tiempo sin atrevernos a tomarlas. Algunos requieren recursos, otros requieren reformas institucionales y muchos requieren enfrentar los intereses de élites pequeñas pero poderosas que se benefician de que las cosas sigan como están.
Lo primero es transformar la educación. Más recursos, escuelas o equipamiento no son suficientes. Tenemos que cambiar lo que enseñamos, cómo enseñamos y por qué enseñamos.
Debemos mejorar la formación docente y los métodos de enseñanza para que nuestros niños aprendan a leer, comprender, razonar, investigar y resolver problemas, incorporando la ciencia y las nuevas tecnologías.
Pero la educación no puede limitarse a preparar a las personas para el trabajo. Viviremos en un mundo más diverso, con una nueva economía, nuevas instituciones y nuevas formas de relaciones sociales y culturales. Tendremos que aprender a convivir, respetar y conciliar nuestras diferencias, relacionarnos más responsablemente con el medio ambiente y gestionar mejor nuestro tiempo en una sociedad donde viviremos más años.
La formación técnica y universitaria debe estar vinculada a las necesidades productivas. El Estado, las universidades, los centros técnicos y las empresas deben coordinar programas, establecer metas y evaluar resultados. La educación, la ciencia y la innovación deben ser políticas sostenidas, no lemas de campaña.
En segundo lugar, tenemos que transformar nuestro modelo de desarrollo productivo.
No podemos seguir con un modelo que da signos de agotamiento, con poco valor añadido, limitada innovación tecnológica y poca capacidad para generar empleo de calidad. La dependencia de las remesas, que sostienen la economía diaria de miles de familias dominicanas, es también expresión de sus debilidades estructurales.
Hay que diversificar el turismo y vincularlo con la producción nacional y las economías locales; Desarrollar una industria más competitiva, con tecnología e innovación, en nichos donde tenemos ventajas reales.
También debemos modernizar la agricultura y promover los agronegocios para aumentar la productividad y el valor de lo que producimos.
He planteado la necesidad de desarrollar ciudades agrícolas. No se trata necesariamente de construir nuevas ciudades, sino más bien de organizar centros agroindustriales y comunidades rurales donde la producción esté vinculada a los servicios de salud, educación, vivienda, conectividad e infraestructura. Vivir en el campo no significa renunciar a las oportunidades y comodidades de los centros urbanos.
No podemos hacer todo al mismo tiempo. Hay que identificar sectores estratégicos y concentrar esfuerzos y recursos. No se trata sólo de producir más: una mayor productividad debe traducirse en mejores salarios y una distribución más justa de los beneficios del crecimiento.
El mundo no va a esperar mientras discutimos nuestros chismes políticos y gran parte del debate público se reduce a candidatos que compiten por más Me gusta en las redes sociales. La política no puede quedarse atrapada en las próximas elecciones mientras se decide el futuro de varias generaciones.
Una transformación productiva necesita financiación.
Necesitamos financiación a largo plazo para invertir e innovar, especialmente en las pequeñas y medianas empresas, junto con infraestructura, energía fiable y normas claras.
Debemos estudiar instrumentos que canalicen recursos hacia inversiones productivas, bajo criterios de rentabilidad, transparencia y protección del ahorro de los trabajadores.
El Estado debe promover la competencia, impedir privilegios y acompañar la innovación, sin sustituir la iniciativa privada.
También necesitamos una reforma fiscal justa, que no castigue a los más rezagados ni preserve los privilegios de los más ricos; que convierta los impuestos en servicios públicos de calidad y combata los ecosistemas de corrupción e impunidad.
El desarrollo también tiene que llegar a los territorios.
No podemos concentrar inversiones, empleos y servicios en unos pocos espacios mientras comunidades enteras permanezcan al margen de las oportunidades.
Con esta visión concebimos Santo Domingo 2050: no sólo como ordenamiento territorial, sino como un modelo de gestión territorial vinculado a un nuevo modelo de desarrollo productivo.
Buscaba ordenar el crecimiento urbano, aprovechar las capacidades económicas de cada zona y articular vivienda, movilidad, industria, logística, protección ambiental y empleo. Su ejecución requiere coordinación entre el gobierno central, los ayuntamientos y los sectores productivos.
Necesitamos planes territoriales vinculados a las inversiones públicas y privadas, con prioridades y continuidad, en lugar de crecer únicamente por presiones del mercado o decisiones aisladas.
Esta planificación debe proteger las fuentes de agua, los bosques y los suelos productivos, y preparar nuestras ciudades contra los fenómenos climáticos.
También tenemos que prepararnos para los cambios demográficos.
El envejecimiento de la población exige preparar ya los sistemas de salud, pensiones y cuidados.
Hace años presentamos una propuesta legislativa sobre cuidados. Debemos desarrollar progresivamente estos servicios y fortalecer la atención primaria de salud para una sociedad que vivirá más tiempo.
La prosperidad debe expresarse en salarios dignos, salud, educación, agua, vivienda, transporte y seguridad. Que una mujer no encuentre menos oportunidades por ser mujer. En el que el lugar donde nace un niño no determina de antemano hasta dónde puede llegar.
Ninguna de estas transformaciones será posible sin instituciones capaces de llevarlas a cabo.
Necesitamos un Estado que planifique, ejecute, evalúe y rinda cuentas; administración profesional, transparencia y presupuestos vinculados a resultados. Un Estado donde los derechos no dependen de conocer a alguien.
Tenemos que pasar de un Estado que gestiona las necesidades a uno que crea capacidades. De un Estado que distribuye a un Estado que transforma.
Para avanzar necesitamos un gran consenso nacional que establezca prioridades, responsables, recursos y metas verificables, con seguimiento público y continuidad más allá de los gobiernos. No necesitamos acuerdos que archivar, sino compromisos que se cumplan.
El año 2050 puede parecer lejano, pero los niños que hoy ingresan a la escuela tendrán entonces 25 o 27 años. Estarán trabajando, criando familias y construyendo sus proyectos de vida en un mundo muy diferente al nuestro.
Vivirán con las consecuencias de nuestras decisiones: la preparación que les ofrecemos, las instituciones que dejamos atrás y las oportunidades que somos capaces de crear.
La República Dominicana tiene recursos, talento y capacidad. Necesitamos decidir qué transformar primero, con qué instrumentos, quién asumirá responsabilidades y cómo sostener esas decisiones más allá de los cambios de gobierno.
Diagnósticos no nos faltan. Lo que nos falta es la decisión política para emprender las transformaciones, asumir sus costos y sostenerlas en el tiempo.
El mundo no nos va a esperar. Y las generaciones que vendrán después tendrán todo el derecho a preguntarnos qué hicimos cuando aún teníamos tiempo.


