Nuestro país tiene motivos suficientes para dejar de posponer una decisión de salud pública que lleva años esperando: la aprobación e implementación del Etiquetado Frontal de Advertencias Nutricionales (EFAN).
La semana pasada, información sobre el accidentes cerebrovasculares (ACV) Una vez más pusieron sobre la mesa una horrible realidad. La prensa informó que diariamente se producen alrededor de 60 episodios. Una cifra alarmante que nos obliga a preguntarnos cuánto estamos haciendo para prevenir enfermedades que comprometen la vida de nuestra población.
Se estima que una proporción importante de estos episodios se pueden prevenir controlando factores de riesgo como la hipertensión, la diabetes, la obesidad y los trastornos del colesterol. Algunas de ellas están relacionadas con hábitos alimentarios y un entorno que facilita el consumo excesivo de sodio, azúcares y grasas saturadas.
Estamos ante un tema que no es exclusivamente médico. Es un problema de salud pública que requiere educación, prevención y decisiones institucionales. Por eso insistimos en la EFAN.
De nada sirve recomendar una dieta saludable si no es fácil para el consumidor identificar cuando un producto contiene cantidades excesivas de componentes que pueden perjudicar su salud.
El información nutricional Lo que aparece detrás del embalaje suele ser difícil de interpretar. El consumidor no siempre tiene el tiempo o el conocimiento para descifrar porcentajes, porciones y términos técnicos mientras compra.
El etiquetado frontal permite avisar, de forma clara y visible, cuando un alimento o bebida contiene exceso de azúcar, sodio o grasas saturadas. No prohíbe hacer compras ni impone una dieta. Ofrece información para que la libertad de elección esté realmente informada.
En otras entregas hemos defendido que el derecho a la información no puede limitarse a conocer el precio o la marca de un producto. Implica también conocer características que pueden tener consecuencias para nuestra salud.
El alimentación No es una decisión aislada de las condiciones del mercado. La publicidad, los precios, la disponibilidad y la presentación de los productos influyen en las elecciones de los consumidores, especialmente de los niños y adolescentes.
No podemos seguir transfiriendo toda la responsabilidad a las familias posponiendo una herramienta que contribuiría a mejorar sus decisiones.
Mientras tanto, el Congreso Está pendiente una decisión que fortalecería el derecho de la población a recibir información comprensible. Cada aplazamiento prolonga una situación en la que los consumidores deben interpretar etiquetas complejas, mientras que la promoción comercial se vuelve mucho más visible.
Tampoco es justo esperar a que las enfermedades relacionadas con una nutrición inadecuada sigan aumentando para reconocer que prevenir cuesta menos, en términos humanos y económicos, que abordar sus consecuencias.
La EFAN no solucionará estos problemas por sí sola. Se necesita educación alimentaria, atención primaria, regulación de la publicidad dirigida a menores y políticas que promuevan el acceso a una alimentación adecuada. Pero constituye una herramienta importante dentro de una estrategia integral de prevención.
Tenemos que decidir si continuaremos reaccionando a las consecuencias o si tomaremos la prevención como una prioridad.
El derecho a la salud comienza antes de llegar a un hospital. También frente a una góndola, cuando una persona tiene que decidir cómo alimentar a su familia.
Él el consumidor no puede Continúe siendo el último en enterarse de lo que puede afectar su salud. La advertencia nutricional no es una amenaza para el mercado, es una garantía para las personas.


