Theodor W. Adorno, en 1969, meses antes de morir y en medio de las protestas estudiantiles precipitadas en Alemania tras el mayo francés de 1968, cuando un periodista comienza su entrevista afirmando que «hace dos semanas, el mundo todavía parecía estar en orden…», rápidamente responde: «Para mí no».
Adorno dejó así claro que las cosas habían ido mal durante años -no semanas- en los que, bajo una apariencia de falsa normalidad, se ocultaba la realidad de un capitalismo tardío caracterizado por la comercialización, la alienación del hombre y las consecuencias del totalitarismo.
Adorno no era Emil Cioran, quien, acusado de reaccionario y de estar “en contra de todo lo que ha sucedido desde 1920”, sarcásticamente arrogante, respondió: “¡No, desde Adán!”. No. Cioran, en su profundo escepticismo cosmológico, al contrario de Adorno, no está enojado con la modernidad y el capitalismo, sino con el ser humano, causante de todos los males de la civilización y de la historia, siendo un desastre continuo desde su aparición en la Tierra. Por lo tanto, si Cioran todavía estuviera vivo, celebraría con gusto la terrible noticia de hoy anunciando que la inteligencia artificial provocaría la extinción de la humanidad antes de que finalice esta década.
El espíritu de nuestros tiempos es que vivimos “en el fin de los tiempos” (Slavoj Zizek), en la era, según el título del libro del dúo Naomi Klein/Astra Taylor, del “fascismo del fin de los tiempos”, liderado por una alianza de fundamentalistas religiosos, élites tecnológicas y ultranacionalistas que prevén, celebran y aceleran un colapso causado por el hombre, mientras planean refugiarse en búnkeres privados.
¡Pero ten cuidado! Según el filósofo belga Mark Coeckelberg, son los propios tecnócratas de las empresas de IA quienes la posicionan «como un fenómeno apocalíptico para legitimarse ante la sociedad y ser los ‘profetas indispensables para resolver el futuro de la humanidad'», hasta el punto de que hoy podríamos proclamar, como León Bloy, que «cuando quiero conocer las últimas novedades leo el Apocalipsis».
Este sentimiento escatológico es históricamente renaciente e intermitente. Rodeado de los escombros dejados por la Primera Guerra Mundial, Paul Valéry, con lucidez profética, dijo: “Nosotros, las civilizaciones, ahora sabemos que somos mortales”. Y no había presenciado el horrendo exterminio de millones de personas en el holocausto nazi, las guerras fría y caliente durante y después de la Segunda Guerra Mundial, las hambrunas, las ejecuciones sumarias y los genocidios perpetrados por regímenes totalitarios, y el terror nuclear después de Hiroshima/Nagasaki, apenas suspendido por la perversa doctrina de la “destrucción mutua asegurada”.
Lo triste de este catastrófico “espíritu de la época” es que es más fácil imaginar el fin del mundo que proponer cambios políticos, sociales y económicos racionales que hagan nuestro planeta más habitable, la vida humana más digna y nuestras sociedades más justas y prósperas.
Esto explica por qué hay quienes proponen escapar del Apocalipsis, trasladar a la humanidad a colonias espaciales y convertir la Tierra en un parque temático para que las élites vacacionen. Otros, ante los reales o supuestos “riesgos existenciales” que afrontamos, sólo atinan a afirmar como Heidegger que “sólo un dios puede salvarnos”. Nuestro lema, sin embargo, debería ser el de la frase atribuida a San Agustín: “¡Haz lo posible, Dios hará lo imposible!”


