Cada 1 de octubre República Dominicana conmemora el Día Nacional del Envejecimiento, junto con el Día Internacional de las Personas Mayores.
Ese día felicitamos, reconocemos trayectorias, pensamos en nuestros padres y abuelos, hablamos de respeto, dignidad y gratitud.
Todo eso está bien.
Pero quizás haya llegado el momento de plantearnos una pregunta más profunda:
¿Cómo quiere República Dominicana que envejezcan sus ciudadanos?
Porque una cosa es celebrar a nuestros mayores.
Y otra muy distinta es construir un país donde envejecer sea posible con dignidad.
Y cuando hablo de dignidad no me refiero sólo a recibir una pensión o tener acceso a un hospital.
Estoy hablando de algo mucho más amplio.
Me refiero a poder envejecer sin miedo a quedarme solo.
Sin tener que elegir entre comprar medicinas o alimentos.
Sin llegar a ser una carga económica para nuestros hijos.
Sin quedar atrapado en una casa porque la ciudad dejó de ser transitable.
Sin utilizar una aplicación, hacer un trámite bancario o solicitar un servicio público se convierte en una carrera de obstáculos.
Sin que nadie decida después de los 60 que nuestra experiencia dejó de tener valor.
Y, sobre todo, sin que necesitar cuidados suponga perder nuestra autonomía, nuestra voz o nuestra dignidad.
Envejecer no empieza a los 65 años
Este puede ser uno de nuestros mayores errores como sociedad.
Tratamos el envejecimiento como si comenzara repentinamente cuando una persona cumple 60 o 65 años.
Pero la vejez que tendremos mañana empieza a construirse mucho antes.
Se construye con la salud que cuidamos –o descuidamos– a los 40.
Con los ahorros que logramos –o no logramos– a los 50.
Con el hogar en el que vivimos.
Con nuestra historia laboral.
Con nuestras redes familiares.
Con nuestra capacidad de seguir aprendiendo.
Con nuestras oportunidades para mantenernos activos.
Y también con las decisiones que hoy toma el Estado.
Por eso una verdadera política de envejecimiento no debería comenzar cuando una persona ya necesita asistencia.
Debería ayudarnos a prepararnos para llegar a esa etapa.
El Estado que se preocupa no debería aparecer cuando yo sea viejo.
Debería ayudarme a prepararme para envejecer.
Ahí, para mí, está el cambio de paradigma.
República Dominicana no empieza de cero
Y también debemos decir esto.
El país tiene un ecosistema.
Contamos con el Consejo Nacional para las Personas Mayores, CONAPE, como ente rector de las políticas dirigidas a las personas adultas mayores.
Tenemos la Ley 352-98.
Contamos con servicios geriátricos, atención psicológica, asistencia social, asesoramiento jurídico, residencias de día, centros permanentes, atención domiciliaria y programas de protección.
Tenemos el sistema de pensiones.
Contamos con SeNaSa.
Contamos con el Servicio Nacional de Salud.
Tenemos Supérate a ti mismo.
Contamos con programas de inclusión laboral.
Tenemos iniciativas de vivienda.
Contamos con organizaciones sociales, iglesias, fundaciones, hogares y comunidades que también forman parte de esa red.
Y también existe una Política Nacional de Cuidados, RD Cuida, que busca articular servicios, cuidadores, instituciones y comunidades en torno a las personas que requieren apoyo.
Es decir:
El problema no es que no exista nada.
El verdadero problema es que muchas veces las piezas existen, pero el ciudadano tiene que descubrir cómo juntarlas.
Y ahí radica una de nuestras grandes lagunas.
Porque una persona envejece por completo.
No envejeces sólo por tu salud.
Edad de sus ingresos.
Desde tu casa.
De su movilidad.
Desde su autonomía.
Desde tu seguridad.
De sus relaciones.
De sus capacidades digitales.
De sus posibilidades de seguir trabajando.
De sus oportunidades de participar.
Y de la posibilidad, en algún momento, de necesitar cuidados.
Por eso el envejecimiento no puede ser responsabilidad exclusiva de una sola institución.
Debe involucrar:
CONAPE, salud, seguridad social, municipios, vivienda, transporte, educación, sector privado, comunidad, familia y ciudadanía.
Eso es un ecosistema.
Pero un ecosistema sólo funciona cuando sus partes se conectan.
Hoy el ciudadano todavía tiene que navegar por el Estado
Imaginemos una persona que llega a los 60 años.
Quiere saber si puede jubilarse.
Necesita actualizar su seguro médico.
Comienza a tener dificultades de movilidad.
Quiere seguir trabajando.
Quizás necesites adaptar tu hogar.
Quizás también cuides a un familiar anciano.
Y empiezas a preguntarte qué apoyos existen.
Luego aparecen diferentes puertas:
CONAPE.
AFP.
SIPEN.
ROTURA
CNSS.
SeNaSa.
redes sociales.
Sobrevalorado.
Ayuntamiento.
MIVADO.
Y probablemente varios más.
El ciudadano tiene que aprender cómo funciona el sistema.
Cuando debería ser el sistema el que aprenda a acompañar al ciudadano.
Ese es, para mí, uno de los grandes desafíos del Estado que Se Importa.
La década olvidada: de los 50 a los 59 años
Y aquí encontramos quizás la mayor oportunidad.
¿Qué pasa entre los 50 y los 59 años?
Todavía trabajamos.
Todavía producimos.
Seguimos cuidando a los niños.
Muchas veces también empezamos a cuidar de los padres.
Comienzan a aparecer enfermedades crónicas.
Estamos empezando a preocuparnos por la jubilación.
Algunos de nosotros descubrimos que no hemos contribuido lo suficiente.
Otros entendemos que nuestro hogar no está preparado para cuando tengamos menos movilidad.
Y muchos de nosotros empezamos a preguntarnos:
¿Qué va a pasar conmigo dentro de 10, 20 o 30 años?
Sin embargo, esta etapa todavía aparece poco en nuestras políticas de envejecimiento.
Y debería ser exactamente lo contrario.
Porque ahí es donde todavía tenemos la capacidad de prevenir.
Capacidad de ahorrar.
Capacidad de corregir.
Capacidad de adaptación.
Capacidad de aprender.
Capacidad de planificar.
Me imagino un «Llegar al viejo DR»
No como otra institución.
No como cualquier otra aplicación.
No como otro programa que compite con lo que ya existe.
Me lo imagino como una ruta nacional de preparación y apoyo a la longevidad.
Una arquitectura capaz de conectar lo que ya tiene República Dominicana.
Y llenar los vacíos.
Una ruta sencilla que nos dice:
De 50 a 59:
Prepararse.
Prevención de la salud.
Educación financiera.
Revisión provisional.
Reconversión laboral.
Alfabetización digital.
Adaptación progresiva de la vivienda.
De 60 a 69:
Mantente activo.
Empleo.
Emprendimiento.
Tutoría.
voluntariado
Cultura.
Deportes.
Participación comunitaria.
Del 70 al 79:
Prevén dependencia.
Revisión funcional.
Movilidad segura.
Adaptación del hogar.
Seguimiento médico.
Redes familiares y comunitarias.
De 80 en adelante:
Recibe soporte sin perder autonomía.
Atención domiciliaria.
Cuidadores.
teleasistencia
Viviendas de día.
Atención especializada.
Y, sólo cuando sea necesario, atención residencial.
Porque envejecer no debería significar automáticamente institucionalizarse.
Los cuidados también tienen que llegar al hogar
Uno de los cambios más importantes que se empieza a observar es precisamente este.
La atención no puede concentrarse sólo en los centros.
Tiene que llegar a casa.
A la comunidad.
Al barrio.
Porque muchas personas mayores quieren seguir viviendo donde han construido su historia.
Por eso son fundamentales los programas de atención domiciliaria, la formación de cuidadores, las residencias de día y los modelos comunitarios.
Pero también necesitamos algo más:
prevenir la dependencia.
Porque cuidar bien también significa evitar que alguien necesite cuidados intensivos prematuramente.
Y la ciudad también envejece con nosotros
Hay algo que casi nunca incluimos cuando hablamos de envejecimiento:
la ciudad.
¿Puede una persona de 80 años caminar por nuestras aceras?
¿Puedes cruzar una avenida con seguridad?
¿Puedes subirte al transporte público?
¿Se puede llegar fácilmente a una farmacia?
¿Tienes un parque cerca?
¿Tiene iluminación?
¿Tienes espacios donde puedas conocer a otras personas?
¿Puedes realizar un recado sin depender de alguien?
Porque podemos tener una política nacional excelente y seguir viviendo en una ciudad que expulsa a nuestros mayores de la vida cotidiana.
Por eso los ayuntamientos también tienen que ser parte central del Estado que Cuida.
Y hay otro enorme desafío: la pensión
Aquí tenemos que hablar claro.
No todas las personas llegan a los 60 años con un historial laboral formal continuo.
Muchos dominicanos han trabajado informalmente durante años.
Otros han entrado y salido del sistema.
Otros empezaron a cotizar tarde.
Por eso no se puede analizar el envejecimiento por separado del mercado laboral.
Si una persona llega a los 65 años sin ingresos suficientes, el problema no empezó a los 65 años.
Comenzó décadas antes.
Y aquí aparece de nuevo nuestra pregunta:
¿Esperamos hasta que una persona sea vulnerable para ayudarla?
¿O empezamos veinte años antes para evitar que llegue a esa situación?
Ése es el Estado solidario que debemos construir.
También debemos cambiar la forma en que vemos la vejez.
El envejecimiento no es sólo una demanda de servicios públicos.
También hay enormes oportunidades sociales y económicas.
La llamada economía plateada.
Personas mayores que trabajan.
Empiezan.
Ellos enseñan.
Ellos acompañan.
Mentoriano.
Ellos viajan.
Ellos consumen.
Ellos aprenden.
Crear.
Y participan.
Necesitamos viviendas adaptadas.
Tecnologías simples.
Servicios financieros adecuados.
Turismo accesible.
Transporte inclusivo.
Comida especializada.
teleasistencia
Capacitación.
Recreación.
Nuevos emprendimientos.
Pero, sobre todo, debemos dejar de mirar a una persona de 65 años como si su historia hubiera terminado.
Así que volvamos a la pregunta inicial.
¿Cómo quiere República Dominicana que envejezcan sus ciudadanos?
¿Con miedo?
¿Con dependencia?
¿Con incertidumbre?
¿Esperando ayuda?
¿O activos, acompañados, protegidos y capaces de seguir aportando?
Me gustaría pensar en una República Dominicana donde envejecer siga siendo una bendición.
Donde la vejez no sea sinónimo de abandono.
Donde cuidar no signifique perder autonomía.
Donde los niños podrán acompañar sin tener que cargar solos.
Donde quienes trabajaron durante décadas puedan vivir con dignidad.
Donde quien todavía quiera producir pueda hacerlo.
Donde la experiencia tiene valor.
Donde la tecnología nos incluye y no nos expulsa.
Y donde el Estado no llega sólo cuando el problema ya se ha producido.
Porque cuidar también es anticipar
Un Estado que se preocupa no sólo reacciona.
Previene.
Conectar.
Acompañar.
Identificar riesgos.
Fortalece a las familias.
Fortalece las comunidades.
Facilita las decisiones.
Y prepara el camino.
Por eso, quizás cada 1 de octubre, además de decir:
“Feliz Día de la Tercera Edad”
deberíamos preguntarnos:
¿Estamos construyendo una República Dominicana donde valga la pena envejecer?
Porque si tenemos la suerte, ese adulto mayor del que hoy hablamos…
un día seremos nosotros.
Y quizás el verdadero nivel de desarrollo de una sociedad no se mide sólo por cuánto crece su economía.
También se mide por cómo trata a quienes envejecieron mientras lo construían.
Pero, sobre todo,
Por cómo prepara el camino para los que aún estamos llegando.


