El cerebro es un órgano eminentemente social. Te conectas y te estimulas a través de actividades que te permiten ejercitarte, concentrarte, aprender, motivarte, cambiar de lugar y obtener nuevas experiencias.
Ahora se comprende la conexión del cerebro en la vida rural y colectiva, donde la gente practicaba el voluntariado a diario. Los que vivimos en el campo, provincias, recordamos las cenas campesinas, la reparación de una casa entre amigos y vecinos o la solidaridad con los enfermos y en las pérdidas, cuando nacía un niño y la madre estaba acompañada o una mujer amamantaba a varios niños en el pueblo o se prestaba el traje y los zapatos a alguien que se iba a casar o graduar.
En pocas palabras, uno sentía altruismo, solidaridad, bondad, merecimiento, afecto, apego, vínculo y sentido de pertenencia a los demás.
En pocas décadas llegó el mercado, el movilismo social, las migraciones, la tecnología, el desarrollo y la búsqueda de confort y mejores niveles de vida. Entonces llegó el individualismo, el egocentrismo, la ruptura de vínculos, la crisis de identidad, se rompió la afectividad, el sentido de pertenencia fue sustituido por el ego y la vanidad enfermiza. La gente poco a poco se fue deshumanizando, volviéndose apática, fría e indiferente al crecimiento de las torres, viviendo con prisas, el estrés y la agonía de la supervivencia.
Personas con inteligencia emocional y espiritual hicieron el diagnóstico temprano y, para cuidar su cerebro y su existencia, decidieron practicar el voluntariado: ayudar a una causa, donando su tiempo y experiencia a una institución o persona. Es decir, humanizar el colectivismo enfermo y espiritualmente roto, para enseñar a través de actividades emocionales positivas y un cerebro sano, a través de la práctica del voluntariado.
En el ejercicio de mi profesión y estudio de la neurociencia, se evidencia cómo en las personas voluntarias, su cerebro entra en la neuroplasticidad cerebral: mejor estimulado, más químicos y más hormonas a través de la conexión con los demás. El cerebro produce más dopamina, serotonina, oxitocina, endorfinas y tiende a neutralizar el nervio vago, reduciendo el cortisol y el estrés.
Las personas que practican el voluntariado tienen actitudes emocionales positivas, tales como: amor, bondad, compasión, paz, altruismo, empatía, solidaridad, beneficencia y reciprocidad hacia los demás.
La felicidad y el bienestar individual y colectivo se experimentan haciendo posible la vida y el bienestar de otras personas, es decir, cuando ayudas a los demás, yo me salvo y me ayudo como voluntario.
En lo personal admiro y respeto a quienes practican el voluntariado, lo pongo en funcionamiento con mi profesión, mis habilidades y conocimientos.
Cada persona, cada familia y cada grupo debe practicar el espíritu del voluntariado. Ayudar, acompañar y despertar a las personas a sentir los beneficios y el bienestar de ser voluntario. Resumen:
El mundo y la sociedad necesitan buenas acciones para humanizar y revivir el altruismo, la solidaridad, la bondad y el amor por los demás. La cultura y el espíritu del voluntariado es la mejor práctica de ayudar. Además, promueve la felicidad y el bienestar social que tanto necesitamos para oxigenar y nutrir la vida colectiva y personal.


