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sábado, noviembre 7, 2026
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Bukele, Milei y la tensión entre democracia y populismo

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Por Hernán Pablo Toppi

A nivel mundial, es cada vez más común encontrar líderes populistas al frente de gobiernos elegidos popularmente. América Latina no es la excepción, la democracia y el populismo contemporáneos parecen mostrar tensiones cuyas derivaciones pueden ser diversas, ejemplo de ello son Nayib Bukele (El Salvador) y Javier Milei (Argentina).

La democracia no sólo es competitiva y representativa, sino que también es plural. Esto significa que deben coexistir múltiples voces; Cuando sólo existe uno, o los demás son silenciados, la pluralidad desaparece y con ella el verdadero espíritu democrático. Así, en democracia debe haber: gobierno y oposición; multiplicidad de partidos políticos; diversidad de fuentes de información; libertad de expresión, de culto y demás formas de manifestación de dicha pluralidad.

El problema es que los líderes y partidos populistas, aunque aceptan en términos generales las reglas del juego democrático, tienen una retórica que entra en conflicto con el componente pluralista de la democracia y presentan una división irreconciliable entre un “nosotros” y un “ellos”. Un nosotros que, a la luz de su visión del mundo, sería legítimo y un ellos que es ilegítimo, corrupto y que debe ser marginado. En otras palabras, para la visión populista existe “sólo” una visión legítima: la suya propia.

El modelo de Bukele

En democracia hay un escenario que inclina la balanza hacia el predominio de una “voz única”: el gobierno mayoritario. Éste es uno en el que la fuerza gobernante obtuvo un nivel de apoyo electoral tal que tiene las mayorías necesarias para promover su agenda de gobierno. Esto implica básicamente no sólo tener control del ejecutivo, sino también del legislativo.

Por lo tanto, si un líder “populista” se encuentra en tal situación, podría llevar a cabo su agenda “antagonista” manteniendo su retórica crítica hacia “ellos” sin grandes costos reales, ya que no habría una oposición fuerte. El decisionismo personalista es muy común en un escenario de estas características, lo que para muchos implica una “erosión” de la calidad democrática.

El gobierno de Nayib Bukele entra en esta categoría. A diferencia del bipartidismo tradicional salvadoreño, éste obtuvo apoyos que le permitieron ganar cómodamente en 2019 y tener un gobierno mayoritario y personalista. Además, impulsó políticas de restricción de movimiento durante la pandemia y enfrentamiento al crimen organizado sin mayores vetos (aunque con denuncias), y, gracias a la popularidad alcanzada, acabó siendo reelegido, aunque forzando la constitución, en 2024. .

En ese momento, la calidad democrática salvadoreña estaba cercenada. Según el índice de Casa de la libertad El puntaje que tenía El Salvador cuando asumió Bukele era de 67/100, pero la última medición, de 2024, arroja un valor de 53/100, lo que lo convierte en un país “parcialmente libre”.

El caso de Milei

En contextos de mayor fragmentación política y sin la existencia de un gobierno mayoritario, la tensión entre populismo y democracia adquiere otra forma. Esto se debe a que el conflicto ahora es explícito entre los sectores antagónicos. ¿Porque? Porque el “ellos”, o al menos una parte de este grupo, tiene aquí mayor peso institucional, y puede transformarse en un veto (si las instituciones democráticas funcionan adecuadamente) a los objetivos políticos inmediatos del gobierno.

Esto es algo lógico, esperado e incluso saludable que ocurra en una democracia “plural”, pero claramente puede resultar conflictivo para la cosmovisión política populista, más ligada a absolutos que a resultados intermedios.

Existen diferentes alternativas para abordar esta tensión, y dos de ellas se evidencian claramente en el gobierno de Javier Milei. La primera es mantener el antagonismo, lo que puede llevar a la falta de consenso –lo que genera parálisis institucional– y/o a la búsqueda de una mayor concentración de poder en el Ejecutivo, evitando el Congreso y favoreciendo el decisionismo discrecional. Esta última práctica suele asociarse a democracias de menor calidad institucional, como las llamadas “democracias delegativas”.

Durante su primer año de gestión, la relación con el Congreso Nacional ha sido especialmente conflictiva, al punto que, desde el oficialismo, el legislativo fue calificado como un “nido de ratas”. Además, la no presentación del Presupuesto 2025 anticipa una mayor discrecionalidad en la asignación de recursos para el próximo año en Argentina.

La segunda posibilidad es la negociación y la búsqueda de consensos, algo deseable en una democracia fragmentada. Si esto ocurre, los extremos deberían debilitarse y los resultados intermedios deberían tener prioridad. Esto no erosionaría la democracia, sino más bien el antagonismo populista (para muchos esto es parte de la llamada “resiliencia democrática”).

Aquí aparece la segunda cara, más política, del gobierno de Milei. Si bien mantuvo su retórica de “nosotros contra ellos” en varios ámbitos, en ciertos momentos buscó generar consensos. De camino a la segunda vuelta, impulsó una “tabla en blanco” con parte de la oposición con la que hasta entonces tenía antagonismo. Esta “oposición dialogante” es la que le ha permitido, en el conflictivo contexto legislativo antes mencionado, aprobar algunas leyes.

Lo que está claro es que sin estos acuerdos, por muy corto plazo que sean, el gobierno de Milei no habría tenido ninguna posibilidad de prosperar en el terreno legislativo, al ser un gobierno minoritario. Ser consciente de ello significó que su discurso antagónico tuvo que dar paso al diálogo y al acuerdo, al menos en parte y con algunos sectores, para sostener la gobernabilidad.

Como reflexión final

Cualquiera que sea el camino elegido, la incompatibilidad entre una democracia de calidad y la retórica antagónica del populismo es evidente. El decisionismo personalista, el conflicto irreconciliable y la búsqueda de acuerdos generan tensiones con algunos de estos aspectos. En la práctica, acaban prevaleciendo la “democracia” o el “populismo”, pero no ambos.

Sin embargo, en los casos antes mencionados, donde la democracia enfrenta estas tensiones ya sea por decisionismo o por conflicto con “ellos”, los gobiernos han logrado resultados visibles alineados con sus agendas. Por ejemplo, la reducción de la inseguridad en El Salvador o la estabilización macroeconómica en Argentina, que les permite mantener altos niveles de popularidad.

En este marco, ¿qué priorizan hoy los ciudadanos? ¿Los resultados inmediatos, incluso si se logran a costa de tensiones institucionales o del fortalecimiento de la calidad democrática en sus países? El dilema está sobre la mesa y seguirá siendo clave en el futuro.

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