Donald Trump habló de cuatro o cinco semanas. La guerra contra Irán acaba de cumplir seis meses y todavía nadie sabe cómo terminará.
Estados Unidos e Israel han causado un daño brutal. Mataron a líderes, destruyeron instalaciones, penetraron defensas y atacaron capacidades que a Irán le llevó décadas construir. La superioridad militar estadounidense es indiscutible.
La pregunta es ¿qué significa ganar?
Porque las guerras no se hacen para contar los edificios destruidos. Se hacen para lograr algo. Y seis meses después, Irán es más débil, más pobre y mucho más golpeado, pero sigue ahí.
Continúa atacando instalaciones estadounidenses y aliadas. Mantiene al Estrecho de Ormuz como un problema global y ha obligado a las monarquías del Golfo a preguntarse hasta qué punto Estados Unidos puede realmente protegerlas de las consecuencias de una guerra estadounidense.
Esa pregunta importa.
El poder estadounidense nunca descansó únicamente en los portaaviones. También se basa en la confianza de sus aliados, en sus bases, en el dólar y en la certeza de que estar bajo su paraguas es más seguro que quedarse fuera.
Esta guerra también está gastando eso.
Y está desperdiciando armas.
Estados Unidos ha consumido gran parte de sus inventarios de misiles críticos y ha ejercido presión sobre sistemas que podría necesitar en otros lugares mañana.
Irán tampoco necesita igualar el gasto.
Puede lanzar barato y obligar a Estados Unidos a defenderse caro.
Cada misil destruye algo iraní, pero también consume algo estadounidense.
Ormuz hace el resto. Antes de la guerra, por allí pasaba alrededor del 20% del petróleo mundial. Mantener esa garganta bajo amenaza es suficiente para encarecer la energía, los seguros, el transporte y los alimentos, y ha acelerado los acuerdos directos, el trueque y las operaciones fuera del dólar.
El petrodólar no está muriendo.
Pero ningún sistema empieza a perder potencia el día que desaparece.
Y luego está Irán.
No los ayatolás.
Irán.
Más de 90 millones de personas, una sociedad urbana y educada, científicos, ingenieros, industria, universidades, burocracia, montañas, desiertos y una identidad nacional que tiene miles de años.
Un iraní puede odiar al régimen y defender a su país al mismo tiempo.
Por eso bombardear Irán es una cosa.
Presentarlo es otra.
Washington puede terminar ganando. Sería absurdo descartarlo.
Lo que nadie sabe es cuánto tendría que gastar, cuánto tendría que destruir y cuánto de su propio poder tendría que consumir para lograrlo.
Mientras ellos pagan esa factura, nosotros pagamos parte en gasolina, luz, transporte, comida y subsidios.
Nuestro lado son los Estados Unidos.
Eso no significa que tengas que volver la cabeza.
Bombardear es la parte fácil.
Lo difícil es saber cuánto puede perder una potencia antes de poder decir que ganó.


