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sábado, octubre 3, 2026
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La maravilla que no llega al bolsillo

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El 8 de septiembre, Bloomberg Línea publicó un trabajo firmado por Daniel Salazar Castellanos, titulado “Los países donde el salario promedio se acerca más a brindar felicidad, según un informe”, que daba cuenta de un estudio de Remitly (plataforma digital para envío de dinero entre países), elaborado a partir de datos de la Universidad Purdue. Allí, República Dominicana apareció en el lugar 47 entre 50 países por la distancia entre el salario promedio y el ingreso considerado suficiente para una vida digna. Los datos no deben merecer la indiferencia oficial, ni tampoco de la sociedad dominicana.

El informe de Remitly no mide si la gente es feliz, sino algo más incómodo: la distancia entre lo que gana el trabajador medio y lo que le costaría, en su propio país, alcanzar una vida considerada suficiente. Los investigadores llaman a este umbral el «precio de la felicidad».

República Dominicana aparece en el puesto 47 de 50. El salario medio anual, unos 6.100 dólares, cubre sólo el 34,0% del umbral local, estimado en 17.900 dólares. Detrás de nuestro país sólo quedan Paraguay y Ecuador. Por delante aparecen Bolivia, Argentina, Colombia, Uruguay y Chile.

El gobierno presenta una República Dominicana de crecimiento sostenido, turismo récord y una de las economías más dinámicas de América Latina y el Caribe. En los agregados macroeconómicos, eso puede ser cierto. Pero este informe no mide el PIB: mide los bolsillos. Y lo que muestra es que el crecimiento no se ha traducido en suficiente poder adquisitivo para el trabajador promedio. Ser una “maravilla” promedio no sorprende a quienes viven de su salario.

Tres mecanismos ayudan a explicar la brecha. Primero, lo que la economista Diana Becerra, citada en el propio informe, llama el impuesto implícito de los servicios públicos fallidos: cuando el Estado no proporciona electricidad estable, seguridad, salud de calidad, transporte de calidad, etc., el trabajador debe financiar esos servicios con sus ingresos netos. El dominicano acaba pagando dos veces por lo mismo. En segundo lugar, la informalidad y la baja productividad: el promedio puede ser engañoso cuando grandes segmentos generan empleos mal remunerados y de baja productividad. En tercer lugar, un coste de vida presionado por una economía abierta al turismo y a los no residentes, mientras que los salarios siguen correspondiendo a una economía de ingresos medios. Esa combinación (costos crecientes y salarios rezagados) castiga el bienestar.

El informe destaca que Eslovenia, país miembro de la Unión Europea, es el único donde el salario medio supera el llamado precio de la felicidad, y sugiere una razón: allí los indicadores de bienestar, incluida la felicidad, forman parte de la toma de decisiones públicas. Es decir, también mide su éxito por cómo vive su gente. En República Dominicana predomina otra medición: crecimiento, reservas, riesgo país, inversión o llegada de turistas. Menos espacio ocupa el ingreso disponible de los trabajadores.

Vale la pena precisar algo: el puesto 47 no niega que el país esté creciendo. Refuta la idea de que el crecimiento por sí solo cuenta toda la historia. Una brecha de 66 puntos con respecto al umbral expresa cuánto queda por hacer en salarios reales, productividad, formalidad, calidad de los servicios públicos y costo de vida. Es una agenda de política pública que debe tomarse con toda seriedad, no una sentencia contra el país.

El problema surge cuando el relato de asombro desplaza al diagnóstico. Cuando el discurso oficial convierte cada ranking favorable en propaganda y cada resultado desfavorable en una descalificación, se pierde la principal utilidad de estos indicadores: servir como brújula. Una economía no debe evaluarse sólo por cuánto crece, sino también por cuánto de ese crecimiento llega realmente a los hogares. El verdadero desafío dominicano no es sólo crecer más. Es hacer que el crecimiento signifique, finalmente, vivir mejor.

Retrato

Juan Temístocles Montás

La felicidad, dicen los economistas de Purdue, satura: llega un punto en el que ganar más no añade bienestar. La República Dominicana tiene el problema opuesto y más grave: aún no hemos llegado al punto de partida. Que el salario medio compre sólo un tercio de una vida suficiente no es un ataque al país. Es el país que pide, con la fría voz de las estadísticas, que el asombro sea compartido.

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