bill clinton Reconoció demasiado tarde el costo de una política que promovió en Haití. En marzo de 2010, ante el Senado estadounidense, admitió que fomentar la entrada de arroz de su país beneficiaba a los agricultores de Arkansas, pero contribuía a debilitar la producción haitiana. Lo llamó un error. Desafortunadamente, el reconocimiento no devolvió las cosechas.
La idea era que los alimentos importados baratos facilitarían el avance hacia una economía industrial. Desplazar a los agricultores resultó más fácil que ofrecerles empleos productivos.
En 1995, Haití redujo su arancel al arroz al 3%. Según el
Departamento de Agricultura, las importaciones aumentaron inmediatamente en más de sesenta mil toneladas, mientras que la producción local se estancó. El sector enfrentó problemas: capital escaso, semillas pobres, canales deteriorados y poca mecanización. La apertura encontró una producción vulnerable.
Hay un detalle que nos preocupa. Los haitianos preferían ciertas variedades locales, aunque costaran más. Esta preferencia no impidió que aumentara la dependencia del arroz importado.
Tras derogar en septiembre el decreto que protegía el arroz nacional, el presidente Abinader destacó la preferencia del consumidor por nuestro producto. La experiencia haitiana advierte que el sabor ayuda, pero no garantiza la supervivencia del productor cuando las condiciones de competencia son desiguales.
La brecha merece atención. En 2024, el rendimiento dominicano rondaba las 5,3 toneladas por hectárea, frente a las 9,4 de Estados Unidos. Esto no muestra cuánto cuesta producir cada bolsa, pero sí obliga a examinar los costos, la tecnología y el apoyo que reciben los productores.
Tampoco somos Haití. Nuestra producción cubrió alrededor del 96% de consumo estimado en 2025. Tenemos una capacidad productiva que debemos preservar y mejorar.
Y tuvimos tiempo de prepararnos.
Entre la entrada en vigor de DR-CAFTA en 2007 y la eliminación arancelaria prevista para 2025, pasaron dieciocho años. El calendario era conocido. Conviene responsabilizar a quienes dejaron pasar ese tiempo sin preparar suficientemente al sector. Esta responsabilidad cubre a los gobiernos que administraron el período y también a los que debieron ejecutar las medidas acordadas.
El Gobierno debe mostrar cuánto se invirtió en riego, semillas, crédito y almacenamiento, qué resultados se obtuvieron y qué queda por resolver.
La respuesta no puede limitarse a confiar en la fidelidad del comprador mientras los problemas en el terreno siguen esperando soluciones que deberían haber llegado mucho antes.
El consumidor tiene derecho a comprar más barato. Nadie debería exigirle que financie la ineficiencia de forma indefinida. Tampoco es apropiado reclamar protección sin compromisos verificables de productividad y transparencia.
El arroz puede llegar a un puerto en semanas. Se necesitan años para desarrollar la capacidad de producirla y se puede perder mucho más rápido.
Clinton admitió su error quince años después. Todavía podemos evitar que el tiempo perdido se convierta en dependencia.


