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§ 26. La Guerra de los Diez Años fue el acontecimiento histórico más traumático para los cubanos que combatieron en ella, porque la derrota sembró un pesimismo y una inmovilización enormes para encauzar de nuevo la lucha por la independencia. La derrota no se debió a la falta de liderazgo y pericia militar de Máximo Gómez, sino a la falta de conciencia política y de conciencia nacional del grueso de los generales y combatientes que sabotearon los esfuerzos independentistas de Céspedes, Gómez y Maceo y prefirieron esos sectores pesimistas y derrotistas negociar la paz con el general Arsenio Martínez Campos. Las disensiones, desavenencias y humillaciones al general Gómez al grado de destituirle el Gobierno en Armas como jefe absoluto de la guerra, así como la rebelión de los generales y comandantes de la región oriental, contra la dirección de la guerra, minaron para siempre, durante 15 años, la fe de los cubanos en el triunfo de la independencia. La Guerra Chiquita, librada entre 1879 y 1880, vino a confirmar este aserto y a socavar todavía más la voluntad independentista de los jefes militares que dirigieron la guerra, así como la de los campesinos, exesclavos, blancos pobres y soldados de baja graduación que les apoyaron durante diez años y que fueron las bajas constantes en los combates trabados contra las fuerzas españolas, lucha en la que murieron también varios generales independentistas.
§ 27. El genio de Martí organizó en el exilio las fuerzas dispersas pertenecientes a las tres guerras perdidas. Pero lo primero que hizo Martí fue visitar a Máximo Gómez en Montecristi para desactivar la desavenencia que tuvo en 1884 con quien habría de ser el conductor exitoso de la guerra de independencia definitiva. La desavenencia provino del «… cuestionamiento por parte de Martí de los métodos empleados en la guerra por Gómez y Martí le dio las espaldas», refiere el propio Gómez, según lo narra él mismo, documentado por Max Henríquez Ureña (Notas y apuntes. José Martí y temas de historia de Cuba I, t. XIV, Santo Domingo: Ediciones de Cultura, 2010, p. 11). Zanjada la desavenencia, Gómez acepta la invitación de Martí, a nombre del Partido Revolucionario Cubano, de dirigir la guerra y lo narra así: «… y como no hay motivo, uno solo, por qué dudar de la honradez política de él, yo, sin tener en mi corazón el menor sentimiento de queja contra Martí, me sentí decididamente inclinado a ponerme a su lado y acompañarlo en la gran empresa que acometía. Así es que Martí ha encontrado mis brazos abiertos para él, y mi corazón, como siempre, dispuesto para Cuba.» (Ibid.).
§ 28. Cuando Gómez aceptó el encargo, Martí le dijo esto: «Yo ofrezco a usted, sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres. (Nuestra América, citado, p. 247). ¡Que poeta y político más profético! Con la ingratitud le pagaron a Gómez los hombres y los políticos que se encumbraron al poder hasta 1959 y se corrompieron gracias a la conducción certera y exitosa de la guerra por parte del genio militar de Máximo Gómez. Ingratitud que él también, profético, aceptó sin un dejo de amargura, no sin antes advertirle a los cubanos del Gobierno en armas que iban a hacerse cargo del poder: «La actitud del Gobierno Americano con el heroico Pueblo Cubano, en estos momentos históricos, no revela a mi juicio más que un gran negocio, aparte de los peligros que para el País envuelve la situación que mortifica el espíritu público y hace más difícil la organización en todos sus ramos; que debe dar, desde un principio, consistencia al establecimiento de la futura República; cuando todo fuera obra completamente suya, de todos los habitantes de la Isla, sin distinción de nacionalidad (…) Pero los Americanos han amargado con su tutela impuesta por la fuerza, la alegría de los cubanos vencedores; y no supieron endulzar la pena de los vencidos (…) La situación pues, que se le ha creado a este Pueblo; la de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía.» (Diario de campaña, pp. 371-72).
§ 29. Para antimperialista, Máximo Gómez; profético como Martí. Llegó Fidel y hasta hoy no hay un “adarme de simpatía” para los estadounidenses en aquel país. Pero la falta, en parte, recayó en los burócratas (generales y doctores) que hipotecaron la independencia de Cuba a los Estados Unidos. Es dudoso que si esos generales y doctores hubieran tenido el decoro de Martí y Gómez, a la doctrina Monroe y su política del gran garrote les hubiese sido difícil dominar a Cuba, sobre todo con un general como Gómez, victorioso en la guerra contra España. Pero el Generalísimo no podía hacer más de ahí, pero formuló esta advertencia antimperialista, porque era un extranjero en Cuba y gobernar le correspondía los hijos de la isla, pero los de la Asamblea del Cerro, los sepultureros de la soberanía cubana, crucificaron al Generalísimo porque este no apoyó «… las gestiones de dinero que pueden comprometer para más tarde los grandes intereses financieros y políticos de Cuba» y tacharon su conducta de “«… acto de indisciplina y falta de respeto» (Prólogo de Fernando Rico Galán al Diario de campaña, p. XX). Pero el Generalísimo, muy banilejo, les dejó a aquellos políticos generales y doctores el siguiente legado: «Extranjero como soy (…) no he venido a servir a este pueblo, ayudándole a defender su causa de justicia, como un soldado mercenario; y por eso desde que el poder opresor abandonó esta tierra y dejó libre al cubano, volvió la espada a la vaina, creyendo desde entonces terminada la misión que voluntariamente me impuse.» (Rico Galán, prólogo, ibid..). Como lo pronosticó Martí al firmar el Manifiesto de Monte Cristi, consciente como estuvieron ambos, que el único premio que recibiría Gómez por su servicio a la causa de la independencia de Cuba «… sería la ingratitud de los hombres».
§ 30. A la pobreza material a que redujo la guerra a Cuba, esbozada por Gómez, se sumó en aquel período de tres guerras, la pobreza cultural. Pobreza que se recalcó en el artículo anterior y que constató Pedro Henríquez Ureña en abril de 1911 al llegar a La Habana procedente de México, cuyo Ateneo de la Juventud había colocado a aquel país y su capital como un modelo cultural, sociológico, histórico, científico, filosófico y poético en el mapa mundial luego de la Revolución de 1910 que destronó la dictadura de Porfirio Díaz. Sin contar con los Heredia, los Muñoz del Monte, los Pichardo y otros dominicanos insignes, el aporte histórico, científico, musical hasta la paz del Zanjón, en el capítulo acerca de las “Conclusiones generales sobre la literatura cubana entre 1790 y 1898 del tomo I de la Historia de la literatura cubana (La Habana: Letras Cubanas, 2002, pp. 575-578), nos encontramos solamente con los nombres de Julián del Casal, José Martí y Gertrudis Gómez de Avellaneda como escritores cubanos con proyección internacional, porque antes de la independencia de 1898, la cultura y la literatura que se practicaban en la isla estuvieron siempre sujetas a la atenta mirada de la censura del colonizador español. La literatura y las prácticas culturales florecen únicamente donde la libertad de pensamiento e imprenta sientan sus reales.
§ 31. En consecuencia, el juicio crítico debe tomar en cuenta estas circunstancias coloniales y condescender en que una literatura y una cultura libres solamente se produjeron en Cuba cuando las élites intelectuales, independientemente del entreguismo de generales y doctores, se decidieron a construir una cultura general, literaria, pictórica, antropológica, musical, histórica y científica a partir de las obras de los Carpentier, Lezama, Mañach, Le Riverand, Padilla, Cabrera Infante, Sarduy, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez, Mariano Brull, Lecuona, Finlay, García Caturla, Emilio Ballagas, Fernando Ortiz y otros prohombres y mujeres que fueron paradigmas de la especificidad de lo cubano.
§ 32. De ahí el panorama desolador que encontró Henríquez Ureña el 17 de abril de 1911 y que se resume, en las diferentes disciplinas y sus practicantes, encontrados en aquel memorable viaje, luego de una ausencia de cinco años y donde había dejado una impronta fructífera con su primer libro Ensayos críticos, publicado en La Habana en 1905, en el mismo año de la muerte de Máximo Gómez, sobre quien pudo escribir en aquel momento de dolor, una semblanza del guerrero. Primer desengaño: Henríquez Ureña apresuró su viaje solamente para oír la conferencia que a su llegada dictó el filósofo Varona sobre “Mi escepticismo”: «Varona iba a hablar de sí mismo, cosa que en América no se sabe hacer, pero que yo esperaba que él hiciera magistralmente (…) En realidad no habló de sí propio ni de su escepticismo, sino de su fe en la acción.» (Memorias. Diario. Notas de viaje. México: Fondo de Cultura Económica, 200, p. 194). Segunda decepción: La primera vez que el crítico literario visitó la Universidad de La Habana fue para escuchar la conferencia del eminente abogado Pablo Desvernine Galdós. Le sorprendió que no hubiese discusión con los alumnos: «Se ve que [Desvernine] no confía mucho en la mentalidad de los alumnos. Habló él solo toda la hora.» (Ibid.). Lo mismo le ocurrió el 19 de abril al asistir a la conferencia de otra eminencia del Derecho: González Lanuza.
§ 33. La tercera decepción. Con la juventud cubana y con los intelectuales el 25 de abril: «No he tenido con quién conversar mucho, parte porque aquí no abundan quienes puedan sostener conversaciones serias, parte porque todo el mundo está muy ocupado. Cuarto desengaño. La Habana que dejó Henríquez Ureña en 1906 cuando se embarcó para México, donde sí se discutía hasta altas horas de la noche cuando los portaestandartes del Ateneo de la Juventud emprendieron la tarea de derribar el positivismo de los científicos: «La Habana no ha cambiado en nada sustancial: acaso, no ha sucedido otra cosa (durante mi ausencia de cinco años), sino que se agravan sus defectos. El mismo tono de escepticismo y ligereza preside a todas las conversaciones; el extravío del sentido moral en orden a todas las relaciones sociales (familia, amistades, instituciones, nación) -que en México sólo se ha producido en el orden político, por el largo despotismo de Díaz-, continúa extendiéndose: ya los jóvenes hablan francamente, por ejemplo, de que quieren conquistar a una heredera rica. Y la prueba de que no lo dicen por entretenimiento es que lo hacen. Esto sin contar que, en el lenguaje usual entre jóvenes, es obligado decir mal de las reputaciones de mujer, sea cierto o no lo que se diga: de mujer no puede hablarse, aquí, sin obscenidad. Es cierto que la conversación corre siempre por las vías del humorismo, pero el humorismo demasiado fácil es fatigoso, porque, claro está, en estas conversaciones no abunda el verdadero ingenio.» (P. 195). Cuarta decepción: Lo político. Dijo Henríquez Ureña aquel martes 25 de abril: «La política se toma tan poco en serio (salvo para las conveniencias personales) como la reputación de las mujeres. No hay una serie preocupación por los problemas del país. Diríase que la vida, en La Habana, se ofrece tan fácil y llena de placeres, que nadie puede pensar en problemas que no se ve de cerca (…) Intelectualmente, el principal móvil es la vanidad, y el medio único la publicidad. La mayoría de los ‘intelectuales’ no trabaja sino en lo que va a mostrar inmediatamente al público. Así ha surgido una juventud sin educación, superficial y vanidosa, que llena los periódicos y las tribunas de vaciedades insonoras, porque ya no se sabe escribir ni hablar.» (Ibid.).
§ 34. ¿Quién dijo que la cultura light es un invento de Guy Debord y Enrique Rojas? Para no cargar a quienes leen esta crónica, les dejo la lectura del diagnóstico que hizo Henríquez Ureña sobre la sociedad cubana de 1911, apenas 16 años después de la independencia de Máximo Gómez. Quinta decepción, pero no la última. El diagnóstico de la sociedad dominicana de 1911 será parecido al constatado por Henríquez Ureña para Cuba. Cierro con un punto que atañe al aporte cultural de los dominicanos a Cuba: la familia Billini: Epifanio, el pionero dominicano de la fotografía y la litografía en Cuba, luego de haberla practicado en su país, pero anexionista al fin, emigró a Cuba, donde ocupó el cargo de cónsul en Camagüey. De sus hijas, dice nuestro Pedro lo siguiente, y particularmente de Adriana, pintora que fundó su propia academia en La Habana y debió influir culturalmente al crear un grupo de alumnas o alumnos: «Visité a la noche siguiente (14 de mayo) a las Billini -la pintora dominicana Adriana Billini y sus hermanas Amelia, Rosa y Pepa-, cada vez más viejas, pero siempre parlanchinas y amables. Su salón está concurrido generalmente por gente cursi, muchachas y jóvenes que ellas se encargan de casar, ya que no pueden casarse ellas mismas.» (P. 208).


