El presidente Donald Trump acaba de incluir a República Dominicana en la lista de países que han sido identificados como territorios de tránsito de drogas o de producción de drogas ilícitas para el año fiscal 2027, un “honor” que compartimos con otras 23 naciones. Y aunque se aclara que la inclusión en esa lista no significa necesariamente que el gobierno de ese país no esté tomando medidas contra el narcotráfico o que haya falta de cooperación con el Gobierno de Estados Unidos, con un presidente tan voluble e impredecible como el señor Trump, ningún país puede sentirse a salvo de sus arrebatos imperiales luego de haber sido calificado de esa manera por su administración.
En el caso de República Dominicana, donde sus autoridades antidrogas han confiscado, en lo que va de 2026, 23,5 toneladas de droga procedente del narcotráfico, se podría decir que sus acciones para enfrentar este traslado han sido más que efectivas, y las felicitaciones que el año pasado recibió el presidente Luis Abinader de la DEA por su apoyo en la lucha contra el flagelo en la región es prueba elocuente de que, al menos por ese lado, las autoridades norteamericanas están satisfechas con su socio estratégico caribeño. O deberían serlo, ya que eso puede cambiar de un día para otro con una orden ejecutiva o una nueva demanda surgida de la nada con capacidad de poner en serios problemas a nuestra economía dependiente. Que es lo que está sucediendo con la presión para que el país elimine el decreto firmado por el presidente Abinader para proteger la producción nacional de arroz, ante la desgravación fiscal a las importaciones por la entrada en vigor del DR-Cafta. Pero este comportamiento, me recordó un amigo, tiene una explicación más allá de la volubilidad del presidente Trump y sus decisiones erráticas, que se resume en una frase que se escuchó muchas veces de labios del famoso canciller estadounidense Henry Kissinger: “Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses”. Y qué fácil lo olvidamos.


