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domingo, octubre 4, 2026
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Deuda pública dominicana: sostenible, pero con vulnerabilidades que no deben ignorarse

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Un tema recurrente en el debate público y económico nacional es si la deuda pública de la República Dominicana es sostenible. Responder a esa pregunta requiere ir más allá de la conocida relación entre deuda y PIB, porque el nivel de deuda, aunque importante, por sí solo dice poco sobre la capacidad real de un país para cumplir con sus obligaciones. Los inversores también observan el peso de los intereses sobre las finanzas públicas, el balance primario, el perfil de vencimientos, la composición de la deuda por moneda y tipo de acreedor, el nivel de las reservas internacionales y la capacidad del Gobierno para refinanciarse en los mercados. Desde esta perspectiva más amplia, la deuda pública dominicana parece sostenible, aunque todavía vulnerable a ciertos shocks.

Al cierre de junio de 2026, la deuda pública consolidada ascendía a aproximadamente US$81.179 millones, equivalente al 57,7% del PIBfrente a US$ 74.058 millones y 57,9% del PIB en diciembre de 2025. De ese 57,7%, unos 34,9 puntos porcentuales correspondieron a deuda externa y 22,8 puntos a deuda interna neta. Esta medida consolidada combina las obligaciones del Gobierno Central, el resto del sector público no financiero y el Banco Central, eliminando posiciones intragubernamentales para evitar la doble contabilización. Las cifras para el período 2024-2026 son preliminares y los ratios sobre el PIB se recalcularon utilizando la revisión de productos realizada en junio de 2026.

Hay una distinción importante que a menudo causa confusión. El Dirección General de Crédito Público reportó una deuda del sector público no financiero de US$ 67.827,8 millones en julio de 2026, equivalente al 48,2% del PIB. La diferencia respecto del 57,7% de la deuda consolidada no significa que una de las cifras sea incorrecta, sino que responden a distintas definiciones institucionales y, además, corresponden a distintos períodos: la cifra consolidada es de junio, mientras que la del sector público no financiero corresponde a julio. La deuda consolidada incorpora obligaciones que no aparecen de la misma manera en la medición del sector público no financiero, particularmente las relacionadas con el Banco Central. Cualquier discusión sobre el nivel de deuda dominicana debe, por tanto, comenzar por aclarar qué concepto de deuda se está utilizando.

La perspectiva histórica nos permite comprender mejor dónde nos encontramos. La deuda pública consolidada alcanzó alrededor del 69,4% del PIB en 2020, durante la pandemia, para posteriormente caer al 62,2% en 2021 y al 58,6% en 2022, hasta alcanzar cerca del 57,9% a finales de 2025. La reducción desde el máximo registrado en 2020 ha sido considerable, aunque en los últimos años la relación deuda/PIB ha mostrado una mayor resistencia a seguir cayendo. Esta relativa estabilidad no constituye en sí misma un signo de insolvencia, pero sí indica que el país tiene menos espacio fiscal del que tendría con una trayectoria más pronunciada de reducción de deuda, particularmente ante la posibilidad de enfrentar una nueva crisis.

Él crecimiento económico ha sido uno de los principales factores que ha permitido gestionar esta carga. La economía dominicana creció un 5,0% en 2024, se desaceleró considerablemente hasta un 2,1% en 2025 y recuperó dinamismo en 2026, con un crecimiento acumulado del 4,5% entre enero y agosto, según el Banco Central. Este comportamiento es especialmente importante porque la sostenibilidad depende, en gran medida, de la relación entre el costo efectivo de la deuda y el crecimiento nominal de la economía. Mientras el PIB y los ingresos fiscales crezcan a un ritmo suficiente, será más manejable estabilizar o reducir el peso relativo de la deuda; La situación se vuelve más compleja cuando el crecimiento pierde fuerza y, al mismo tiempo, el costo del financiamiento sigue siendo elevado.

Precisamente, el coste de la deuda es uno de los aspectos que merece mayor atención. La tasa de política monetaria se ubicó en 5,25%, mientras que las tasas de interés internas se mantuvieron en niveles relativamente altos. El Plan de Financiamiento 2026 contemplaba aproximadamente US$7.002 millones en servicio de la deuda, de los cuales unos US$3.344 millones correspondieron a intereses, y más de la mitad de ese servicio, el 52,2%, estaba denominado en moneda extranjera. Al mismo tiempo, el presupuesto contemplaba un déficit equivalente al 3,2% del PIB y necesidades brutas de financiación cercanas al 4,6%. La discusión, por tanto, no puede limitarse al monto adeudado por el Estado; También importa cuánto cuesta mantener esa deuda y cuánto financiamiento nuevo necesita obtener cada año para cubrir los vencimientos y financiar el déficit.

La composición monetaria representa otra fuente de vulnerabilidad. Al cierre de 2025, el 66,8% de la deuda del sector público no financiero estaba denominada en moneda extranjera, principalmente en dólares, frente al 33,2% en pesos dominicanos. Una depreciación significativa del peso aumentaría el valor en moneda nacional de estas obligaciones y aumentaría el costo de su servicio. Sin embargo, hay un elemento favorable: los bonos externos tenían un período de vencimiento promedio de alrededor de 12,7 años a fines de 2025. Una estructura de vencimiento relativamente larga reduce la necesidad de refinanciar grandes cantidades de deuda en períodos cortos y reduce parcialmente la exposición del Gobierno a episodios temporales de volatilidad en los mercados financieros.

La posición externa proporciona una amortiguación adicional. El Banco Central reportó reservas internacionales brutas cercanas a los 15.434 millones de dólares en agosto de 2026, mientras que el déficit en cuenta corriente había disminuido respecto a años anteriores. Este colchón contribuye a enfrentar períodos de presión cambiaria y turbulencia financiera, aunque no elimina la exposición de una economía pequeña y abierta a eventos externos. Un aumento prolongado de los precios del petróleo, una desaceleración significativa de la economía estadounidense, menores ingresos por turismo o remesas, una apreciación internacional del dólar o un deterioro de las condiciones financieras globales podrían afectar simultáneamente el crecimiento, las cuentas externas y el costo del financiamiento público.

La situación fiscal merece especial atención durante los próximos años. Una economía puede coexistir durante un largo período con una deuda cercana al 60% del PIB si mantiene un crecimiento suficientemente alto, mantiene el acceso a los mercados y genera los ingresos necesarios para cumplir con sus obligaciones. La situación se vuelve más difícil cuando persisten los déficits fiscales, las tasas de interés siguen siendo altas y una proporción considerable de la deuda está denominada en moneda extranjera. En estas condiciones, incluso una relación deuda-PIB relativamente estable puede enmascarar un aumento gradual de la carga presupuestaria y desplazar recursos que podrían asignarse a infraestructura, educación, salud, protección social y otras prioridades de desarrollo.

Nada de esto sugiere que la República Dominicana enfrente actualmente un problema de insolvencia o una trayectoria explosiva de deuda. El crecimiento económico, el nivel de reservas internacionales, el acceso a los mercados, el alargamiento de los vencimientos y la reducción de la deuda respecto del máximo alcanzado durante la pandemia constituyen elementos favorables. Sin embargo, una deuda pública consolidada cercana al 58% del PIB, sumada al peso del servicio de intereses, los déficits fiscales y la alta proporción de obligaciones denominadas en moneda extranjera, deja al país expuesto a cambios adversos en las condiciones financieras internacionales y a nuevos shocks externos.

La deuda dominicana puede caracterizarse, por tanto, como sostenible, pero vulnerable. Para mantenerlo así (y, preferiblemente, ponerlo en una trayectoria descendente) se necesitará algo más que crecimiento económico. Será necesario mejorar gradualmente el saldo primario, fortalecer los ingresos permanentes sin sacrificar la inversión pública productiva, continuar desarrollando el mercado de deuda en pesos y reducir progresivamente la exposición al tipo de cambio, preservando al mismo tiempo los vencimientos largos y la credibilidad de la política fiscal. La verdadera prueba de la sostenibilidad no es simplemente mantener la deuda por debajo de cierto porcentaje del PIB, sino mantener la capacidad de pagarla sin comprometer la estabilidad macroeconómica, desplazar la inversión necesaria para sostener el crecimiento o reducir la capacidad del Estado para responder cuando llegue la próxima crisis.

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