“A mi querido yerno Carlos Ortiz y mis queridos sobrinos Niki Ravelo Ubiera y Gustavo Roedán”
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A mediados del mes pasado, la Sociedad Dominicana de Medicina Familiar y Comunitaria celebró su XV Congreso Internacional en Punta Cana. Tuve el honor de ser orador invitado. Deseo compartir con ustedes, mis queridos lectores, parte de la disertación que allí realicé, considerando que en ella presentamos criterios y experiencias que merecen ser tomadas en cuenta como elemento de formación y/o para seguir profundizando en el tema.
El impacto de las redes sociales en la salud mental fue el tema de mi participación. Destacamos la importancia de las nuevas tecnologías en el proceso de información/formación hoy en día. Las redes sociales conectan, informan, entretienen, pero también pueden afectar a nuestro estado emocional.
Cabe resaltar cómo en el ser humano el proceso de aprendizaje es continuo, el cual prácticamente comienza al nacer y continúa durante toda la vida. Así resulta que en la etapa prenatal el cerebro comienza a formarse y recibe estímulos del entorno: la voz, la música, las emociones de la madre. Infancia (0-6 años): etapa de exploración y experiencia directa, aprendizaje a través de los sentidos, juego e imitación, descubrimiento del mundo probando, tocando, observando y repitiendo. El proceso continúa con la infancia (6-12 años): desarrolla el pensamiento lógico, la memoria y el lenguaje, aprende reglas, conceptos y habilidades básicas.
Entre los 12-18 años tenemos la adolescencia: busca tu identidad, explora tus intereses, un período delicado y difícil donde la influencia externa puede ser aceptada con más peso que la de los padres, es una etapa de conflictos. A esto le sigue la edad adulta (18-60 años), se consolidan conocimientos, se desarrollan habilidades profesionales, técnicas y personales. Su aprendizaje se logra a través de la experiencia, la práctica y la resolución de problemas. Con la vejez (=65 años) la capacidad de aprendizaje puede disminuir, pero la capacidad de aprender se mantiene, se fortalece el aprendizaje basado en la experiencia, la reflexión y el sentido de la vida.
Volvamos al principio: hasta hace unos años todos conocíamos el mayor tranquilizante para calmar a los bebés, con nombres muy distintivos fue bautizado: “bobo”, “chupete”. Ese objeto era capaz de calmar al más testarudo de los niños sin importar su capacidad para gritar o hacer berrinches. Devolvió la paz al hogar que se había perdido momentáneamente, el niño instantáneamente olvidó los inconvenientes, todo quedó atrás. Esa etapa que el maestro Sigmund Freud llamó fase oral encuentra una de sus máximas expresiones.
El tiempo pasa, la vida pasa, la ciencia y la tecnología van solucionando parte de nuestras necesidades, pero sin dejar de lado algunas colaterales. Y así partes que correspondían a un pasado pueden ser reeditadas utilizando nuevos mecanismos y artefactos. Así, queridos lectores, el tonto es sustituido por una pantalla. El pequeño apenas ha nacido cuando ya tiene una pantalla en la que mirarse y admirarse.
Los padres han entendido que para mantenerlo tranquilo, anestesiado, quieto, sin gritar ni llorar, es dándole el “tonto moderno”: un celular, una tableta. Quizás no entiendas nada de lo que allí sucede, pero hay imágenes animadas, colores, sonidos, movimientos que te mantienen hipnotizado durante horas.
Si esta tendencia se consolida en el tiempo, seguramente tendremos adolescentes que no duermen por las noches, que exigen su tiempo frente a la pantalla, contrario a sus horas de sueño, a su rendimiento escolar y laboral, impidiendo así que el cerebro realice el proceso de limpieza, organizando la información/conocimiento y permitiendo recuperar las energías perdidas.


