Por Milagros de Camps
Normalmente medimos el sargazo en toneladas recolectadas, kilómetros de costa atendidos o equipos desplegados. Pero en el verano de 2025, las llegadas obligaron a detener las unidades de generación en dos de las principales centrales térmicas del país. Estas interrupciones no aparecen en las estadísticas de recaudación. Tampoco incluyen las reservas de hoteles canceladas, el deterioro de la imagen del destino, los daños a los ecosistemas o las necesidades que los municipios costeros no abordan para pagar la limpieza. Esta es la verdadera factura del sargazo
Elegir una solución basándose únicamente en el precio de recogida puede resultar caro. Interceptar sargazo en el mar, antes de que llegue a la costa, puede costar más por tonelada que sacarlo de la playa y aún así ser más barato. La diferencia está en el daño que permite evitar. La prevención también debe rendir cuentas.
El mismo razonamiento se aplica a las olas de calor, las sequías, las inundaciones y los huracanes. Transportar agua durante una escasez, perder cosechas o reparar infraestructura son costos diferentes. Hay que distinguir entre lo que se gasta en responder, lo que ya no se produce y lo que cuesta reconstruir, aunque todo forme parte de la misma factura.
Un estudio citado por el banco central estima que los efectos de los ciclones sobre la actividad económica dominicana podrían durar hasta 15 meses. Calcula pérdidas promedio por tormenta equivalentes al 1,5% del PIB de 2016. El costo de una emergencia no se agota al abordarla.
En Econoclima, su revista de estudios climáticos, el Banco Central documenta cómo estos efectos se transmiten a la economía. Las sequías afectan los precios de frutas y verduras meses después; la de 2015 tuvo un impacto de hasta 0,8 puntos porcentuales sobre la inflación total. La revista también registra altas concentraciones de sargazo en prácticamente todas las provincias costeras en 2025. La exposición cobra otra dimensión al considerar que, según fuentes oficiales, el aporte total de la industria turística representó en 2025 cerca de el 16% del PIB y casi el 18% del empleo nacional.
Otro estudio de la revista estima, en un ejercicio ilustrativo basado en la contribución climática de 2020, que la inversión preventiva reduciría el impacto negativo sobre el PIB de alrededor del 10% al 4,8% en el primer año después de un evento climático.
Una cuenta climática satélite permitiría organizar esta información y vincularla a las cuentas nacionales. Su utilidad sería ayudar a seguir las consecuencias de un episodio más allá del sector en el que ocurre. Cada actividad puede calcular sus propias pérdidas y aún dejar de lado las interrupciones que el mismo episodio provoca en otras.
Hay un precedente para desarrollarlo: el trabajo del Banco Central en la cuenta satélite de turismo y el etiquetado del gasto climático. A ellos se sumarían los registros de IndometMedio Ambiente, Agricultura y empresas. Reunir esta información bajo criterios comunes nos permitiría examinar los costos que actualmente aparecen en cuentas separadas.
Publicar la cuenta permitiría saber cuánto se destina a prevención y respuesta en cada sector y examinar esos montos junto con las pérdidas estimadas. Con evaluaciones adicionales de las intervenciones, dicha información ayudaría a comparar las inversiones y discutir las asignaciones presupuestarias en función de sus resultados, no solo del dinero gastado.
Durante las reuniones del Asamblea General de las Naciones Unidasel país solicitó que su acceso al financiamiento climático considere su vulnerabilidad, además de sus ingresos. Las pérdidas documentadas, los costos de protección y los resultados de las intervenciones permitirían acompañar esta solicitud con estimaciones de cuánto dinero se necesita, para qué y qué daños se espera evitar.
El ingreso per cápita no muestra cuánto cuesta proteger la capacidad para generarlo. Llevar esa cuenta ayudaría a explicar lo que una economía necesita preservar para sostener su progreso.
Mientras solo registremos lo que cuesta responder, seguiremos eligiendo la operación más barata y pagando, sin verla, la factura más cara.


