El República Dominicana resolver el 94,9% de los casos que ingresan a su sistema judicial, según el más reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Transformando la justicia: del progreso institucional al desarrollo humano sostenible.
Sobre el papel, es una cifra impresionante. En la calle, en los barrios, en los juzgados de familia y en los expedientes de salud mental, la historia es otra: la de miles de personas que sienten que la justicia les llega tarde, o no les llega en absoluto. No es, en absoluto, un problema de eficiencia. Es un problema de grietas, esas que se abren donde se cierra el expediente, pero la vida de alguien queda rota.
Mujeres sin refugio
El patrón se repite con dolorosa precisión: una oferta de trabajo que promete mejorar la vida, un viaje, y cuando llegas al destino, todo cambia. Es la forma en que operan las redes de trata de personas y tráfico ilícito de migrantes en la región, y sus principales víctimas son, en su mayoría, mujeres jóvenes.
Así cayó, en septiembre de 2025, una joven de Medellín que estudiaba en la capital antioqueña cuando recibió de un compatriota una oferta que ella misma calificó, en declaraciones publicadas por El Colombiano y El Tiempo, como «tentadora» de viajar a trabajar a Santo Domingo.
Al llegar, impusieron una deuda de 3.500 dólares y sus documentos fueron confiscados. Fue rescatada gracias a que un familiar activó, a través de una aplicación de Migración Colombia, una alerta de ubicación en tiempo real que permitió coordinar el operativo entre las autoridades colombianas y el PETT dominicano. Su mensaje a otras posibles víctimas tras el rescate fue breve: «Primero estás tú, primero está tu vida y tu dignidad».
Cifras oficiales de la Fiscalía Especializada contra el Tráfico Ilícito de Migrantes y Trata de Personas (PETT) muestran una institución en movimiento: 401 víctimas rescatadass entre 2023 y 2026, siendo 2025 el año con mayor número de rescates; 153 personas procesadas en ese mismo período, 92 casos tramitados y 26 condenas contra 58 implicados.
La Comisión Nacional de Derechos Humanos añade un dato preocupante: la 98% de los casos de trata de niños Las investigaciones detectadas involucran medios digitales, y las investigaciones abiertas aumentaron de 99 en 2023 a 229 en 2024, más del doble en un solo año.
El crecimiento de las investigaciones es una señal de que el sistema está mirando hacia donde antes no miraba. Pero entre 229 investigaciones y sólo 50 personas procesadas y 11 condenadas ese mismo año, la brecha sigue siendo amplia.
“Como fiscal y como mujer, mi trabajo se centra en la víctima, en activar los mecanismos necesarios para su rescate y protección”, dijo la jueza Ginna Matías en entrevista con Más Allá del Titular (CDN+), insistiendo en que ninguna mujer debe tener miedo de denunciar.
Pero el rescate no cierra la historia, simplemente la reabre. En muchos casos, la explotación sexual está ligada al consumo de sustancias, y este ciclo es extremadamente difícil de romper sin programas especializados de recuperación física y emocional y de restablecimiento con el entorno.
Sin becas, sin seguimiento integral, sin planes educativos, persiste la vulnerabilidad extrema y con ella el riesgo de que la misma mujer ser capturado de nuevo. Una justicia que rescata, pero no acompaña, deja la puerta abierta a que la historia se repita.
Esa misma pregunta, ¿a quién apoya realmente el sistema? Se extiende más allá del género, a toda una generación que ha dejado de creer en la justicia, incluso cuando funciona.
Confianza rota
Aquí los números cuentan una historia de contraste. El sistema judicial dominicano resuelve los el 94,9% de sus casos. Y sin embargo, según la Encuesta de la OCDE sobre los determinantes de la confianza en las instituciones públicas en América Latina y el Caribe (2025), sólo el 38,6% de los dominicanos confía en el Poder Judicial, cifra mejor que el promedio regional (35,5%), pero lejos del apoyo de la mitad de los ciudadanos.
Esta desconfianza no es nueva: el Barómetro de las Américas registró que la confianza pasó del 46,7% en 2004 a sólo el 38,5% en mediciones más recientes.
El propio informe del PNUD ofrece una pista de por qué la eficiencia no se traduce en confianza: esto depende de factores como la escucha de las partes, la claridad de las explicaciones y el trato recibido durante el proceso, no sólo de la rapidez con la que se cierra un caso.
Entre los propios jóvenes dominicanos, una encuesta juvenil de IDEICE encontró que más del 85% considera que sus pares no son idealistas ni están comprometidos con la justicia y la igualdad, mientras que la confianza institucional en general es baja, con una notable excepción: el sistema educativo, en el que sí confían.
Por generaciones Millenial y Zque crecieron exigiendo transparencia inmediata y trato humano en cada interacción institucional, un sistema que resuelve, pero no explica, que decide, pero no escucha, es un sistema que pierde legitimidad, aunque funcione en números.
Y esta desconfianza generacional encuentra, hoy, un terreno fértil: la propia OCDE señala que las redes sociales son ya la principal fuente de información política en la región, con brechas generacionales en su uso menores de lo esperado, jóvenes y adultos, por igual, ya no esperan a que el tribunal emita su veredicto.
ensayo viral
Faride Raful e Ingrid Jorge Pérez
Cada vez con más frecuencia, un comentario, vídeo o publicación en las redes sociales termina en un tribunal de justicia. El difamación digital Se ha convertido en uno de los delitos cibernéticos más perseguidos en República Dominicana al amparo de los artículos 21 y 22 de la Ley 53-07 sobre Delitos y Delitos de Alta Tecnología, que castigan la difamación y la injuria cometidas por medios electrónicos con penas de tres meses a un año de prisión y multas de quinientos a quinientos salarios mínimos.
El Departamento de Investigación de Delitos y Delitos Tecnológicos (DICAT) es, por disposición del artículo 54 de esa misma ley, la unidad encargada de rastrear el rastro digital detrás de cada denuncia.
El caso no es hipotético: en 2026, el Ministro del Interior y Policía, Faride Rafulpresentó denuncia contra el comunicador Ángel Martínez y el influencer Ingrid Jorge Pérezsustentado en presuntas difamaciones, injurias y violaciones a la Ley 53-07, a raíz de publicaciones difundidas en redes sociales.
Es solo uno de una serie de procesos recientes que han involucrado a destacados comunicadores, periodistas e influencers, y que han terminado en condenas, compensaciones millonarias y medidas restrictivas.
el juez Rafael A. Báez G.., de la Primera Sala de la Sala Penal de la Corte de Apelaciones del Distrito Nacional, lo describió en su propia columna publicada en mayo de 2026: los juicios paralelos son la intensa cobertura mediática, muchas veces sesgada, de procesos penales aún no sentenciados, donde los medios y la opinión pública emiten un veredicto de culpabilidad ante el sistema judicial, erosionando la presunción de inocencia y generando lo que él mismo llama «justicia mediática».
Báez también advierte que en varios casos ya no se trata de juicios paralelos; más bien, de juicios anteriores: el veredicto público se elabora incluso antes de que comience el proceso judicial.
Otros jueces han optado por una defensa más personal ante esa presión. Francisco Jerez Menapresidente de la Segunda Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, explicó ante el Consejo Nacional de la Judicatura en agosto de 2026 cómo se protege durante el conocimiento de un caso: «No uso las redes sociales, veo muy poca televisión, para no dejarme contaminar».
La responsabilidad, entonces, no es sólo institucional ni sólo jurídica. También es unión, la nuestra, los que contamos las historias antes de que los tribunales terminen de escribirlas.
Y si hay un ámbito en el que esta prisa por juzgar se vuelve más peligrosa es cuando el acusado no es completamente dueño de su propia mente.
mente olvidada
Magistrada Ginna Matías
Sólo el 1% del presupuesto nacional de salud está destinado a la atención de la salud mental, mientras la Organización Mundial de la Salud advierte que, tras la pandemia y las recientes crisis sociales, uno de cada cuatro dominicanos presentará algún trastorno mental a lo largo de su vida.
La brecha se hace más marcada dentro del sistema penitenciario: el psiquiatra forense Nubia Lluberes ha advertido que cerca del 80% de la población privada de libertad en el país tiene algún problema de salud mental, frente a un 20% estimado en la población general, no porque estas personas cometan más delitos, sino porque muchas nunca recibieron tratamiento oportuno y terminaron siendo absorbidas por el sistema penal.
El doctor Luis Ortega lo explicó crudamente en entrevista con Más Allá del Titular (CDN+): “La falta de una resolución rápida en los procesos judiciales relacionados con trastornos mentales revictimiza a la población y genera un trauma añadido”.
Casos como el de Jean Andrés Pumaroldonde una sentencia de “no lugar” reabrió el debate sobre la irresponsabilidad penal por motivos psicológicos, genera polémica y desesperación colectiva precisamente porque el sistema no cuenta con un protocolo claro para estos escenarios.
La consecuencia de esta ausencia de protocolo no es abstracta: en febrero de 2026, un hombre recuperó su libertad después de casi 20 años de prisión preventivaluego de que en 2009 se solicitara un procedimiento especial por su padecimiento de salud mental que nunca se resolvió, dos décadas suspendidas entre un diagnóstico y una sentencia que nunca llegó.
La raíz del problema, según Ortega, está en el «momento cero»: «Si la cadena de custodia sobre el estado mental de una persona se rompe desde el primer contacto con la policía, la fiscalía o el tribunal, todo trabajo judicial posterior se dificulta y se corre el riesgo de decisiones apresuradas o controvertidas».
Su alternativa es clara: los pacientes con perfiles psiquiátricos complejos no deberían estar en prisiones regulares o clínicas privadas, sino en instituciones penitenciarias públicas especializadas.
Esa alternativa, de hecho, ya ha comenzado a tomar forma. En junio de 2026, el Dirección General de Servicios Penitenciarios y Correccionales (DGSPC)encabezada por Roberto Santana, y el Servicio Nacional de Salud (SNS), a través de su directora de Salud Mental, Marisol Taveras, inauguraron la primera Unidad Penitenciaria de Salud Mental del país en el Centro Correccional y de Rehabilitación Najayo Mujeres, con un equipo multidisciplinario de psiquiatras y psicólogos capacitados junto al Colegio Dominicano de Psicólogos.
Días antes, el presidente Luis Abinader El Comité Dominicano de Salud Mental Penitenciaria había prestado juramento, anunciando tres centros especializados adicionales en Azua, La Vega y San Pedro de Macorís. Se trata de una respuesta institucional real, aunque todavía incipiente ante la magnitud del problema que describe Ortega, y ante un hecho que humaniza la urgencia: en los barrios, el médico ha observado un alto consumo de cannabis entre los jóvenes, incluidos pacientes de tan solo 8 o 9 años.
Cuatro cracks, una llamada
La mujer que nadie acompaña tras el rescate. La generación que ya no cree, aunque los casos se resuelvan. La verdad que se pierde entre gustos y comentarios antes de llegar al tribunal.
La mente con la que el sistema apenas está empezando a entender cómo lidiar. Cuatro historias distintas, una misma raíz: una justicia que se mide en expedientes cerrados, cuando debería medirse en personas acompañadas.
Cerrar estas grietas no requiere reinventar el sistema desde cero; como lo demuestran los nuevos centros penitenciarios de salud mental o el crecimiento de la investigación contra la trata, ya hay movimiento. Requiere sostenerlo: protocolos que documenten el estado mental de una persona desde el primer momento, programas de reintegración que no terminen en rescate, comunicadores y jueces que hablen el mismo idioma, y toda una generación a la que todavía se le debe un motivo para confiar.


