El educación dominicana llega tarde.
No por falta de escuelas. Por falta de una idea seria de para qué sirven.
Durante décadas confundimos educar con construir aulas, aumentar presupuestos, distribuir computadoras y comprar libros.
Mucho cemento. Poco pensamiento.
Nuestra escuela todavía funciona así: siéntate, calla, copia, memoriza, repite y obedece. El buen estudiante se reproduce. Pregunta el torpe. El alborotador contradice. El peligroso piensa por sí mismo.
Durante mucho tiempo eso fue suficiente.
La sociedad necesitaba personas adaptadas.
Domesticado.
Que leyó lo suficiente, calculó lo suficiente, siguió instrucciones, duró diez horas haciendo lo mismo sin preguntar por qué.
Fue suficiente para funcionar.
Ya no.
El inteligencia artificial Memorice mejor, calcule más rápido, traduzca, resuma, escriba y ejecute instrucciones en segundos.
Lo básico se volvió barato.
Piensa que no.
Y a pensar se aprende.
Un profesor que no sabe pensar no puede enseñar a pensar. El que no entiende lo que enseña acaba enseñando para repetirlo.
El mediocridad También se enseña.
Podemos climatizar un aula, llenarla de pantallas y conectarla a internet. Si hay alguien delante repitiendo respuestas y detrás cuarenta niños memorizándolas, no estamos modernizando la educación.
Modernizamos la decoración.
PISA 2025 Una vez más nos retrató: apenas el 9% alcanza el nivel básico en matemáticas, el 23% en lectura y el 26% en ciencias. Respecto a 2022 prácticamente no nos movimos.
PISA no es la Biblia.
Pero el 9% tampoco es una opinión.
Y PISA no mide a los más podridos.
Desde la década de 1960, la educación dominicana ha sido rehén de intereses de todo tipo: políticos que reparten prebendas, clientelismo convertido en política pública, proveedores que terminaron decidiendo qué había que comprar, contratistas privados que descubrieron que el fracaso también paga, burócratas que hicieron carrera administrándolo y líderes sindicales que con demasiada frecuencia se han comportado como asociaciones de criminales disfrazados de maestros.
Carroñeros.
Sí.
Porque siempre alguien termina viviendo fuera de un sistema en descomposición.
Todos obtuvieron su pieza.
Dejaron el escritorio del chico.
El educación reallo improvisamos si hay tiempo.
No me refiero a esta administración ni al actual ministro.
Hablo del sistema y su historia.
De más de medio siglo en el que cambiaron gobiernos, partidos, ministros, presupuestos y reformas mientras demasiada gente aprendía a ganar y el estudiante seguía perdiendo.
Ahora se acabó el tiempo.
Durante décadas, un mediocre bien adaptado podía ganarse la vida.
Ahora tendrás competencia.
Una máquina que obedece mejor, trabaja más rápido y cuesta menos.
La escuela dominicana sigue premiando exactamente lo que el nuevo mundo ha decidido descartar.
Si seguimos enseñando a repetir en lugar de enseñar a pensar, no estaremos preparando a los jóvenes para el futuro.
Les estaremos educando de sobra.


