En principio, existe la presunción de que, a escala global, las noticias falsas o las noticias falsas noticias falsas, aparentemente ser Fenómeno reciente, la difusión de esta información tiene sus orígenes en la antigüedad y su finalidad siempre ha sido influir, engañar y manipular a quienes le prestan atención con un alto grado de ingenuidad. Sin querer exagerar, detrás de esta práctica insalubre hay abiertamente un interés económico, ya que las plataformas que apoyan las noticias falsas han logrado recaudar indescriptibles sumas millonarias de dinero en dólares.
Y es que la generación de clics a través de contenidos compartidos de información de alto impacto, aunque sea falsa, acaba resultando lucrativa para esta práctica deshonesta mediante este tipo de acciones negativas para la sociedad. Existen múltiples motivaciones para generar noticias falsas encaminadas a crear confusión en la conducción de situaciones críticas a través de contenidos sensacionalistas para incentivar a las personas a hacer clic en enlaces maliciosos, provocando que la comunidad virtual, que no cuenta con instrumentos para reconocer este tipo de noticias, comparta información sin tener clara la veracidad de la información, provocada únicamente por sus emociones.
Se ha convertido en una práctica común localizar cadenas de WhatsApp, videos, audios e imágenes de procedencia dudosa o que corresponden a otros hechos que buscan generar impacto emocional y así garantizar su difusión masiva. En redes sociales como Facebook es común que se viralicen notas de portales dedicados a noticias falsas, y en Twitter se están popularizando tweets de cuentas falsas o imágenes de supuestos mensajes que nunca han existido.
Dado que estamos en un mundo hiperconectado donde la información circula tenaz y a gran velocidad, el acceso inmediato al mundo del conocimiento también ha traído consigo un fenómeno alarmante: la desinformación. Pues bien, cada vez con más frecuencia los usuarios se enfrentan a contenidos que, bajo la apariencia de ciertos, están diseñados para engañar, manipular o crear confusión, ya que la desinformación no sólo deteriora la calidad y tiende a marginar el debate público, sino que también afecta el riesgo para la salud, la democracia, la cohesión social y la seguridad.
Actualmente, la desinformación se ha convertido en uno de los mayores desafíos estructurales a los que se enfrenta la economía y la sociedad contemporánea. Pero resulta que ya no es sólo un problema de información, sino que se ha traducido en un fenómeno que ha creado la capacidad de perturbar los mercados, desfigurar las decisiones y deteriorar la confianza en las instituciones públicas y privadas.
Es en ese contexto que este monstruoso aparato ha construido lo que se llama la economía de la mentira. Esta situación se refiere al conjunto de dinámicas económicas que se forman cuando se origina, distribuye y consume información falsa de manera metódica, para estos fines, apelando a las herramientas generadas por la inteligencia artificial, IA, que responde a un ecosistema donde la supremacía de la desinformación se ha convertido en un producto que forja atención y continuos beneficios económicos para quienes practican y difunden falsedades.
Y la IA proporciona la base para esta economía de la mentira al comprimir significativamente los costos de generar textos, audios, videos e imágenes llenos de falsedades, pero con cierto grado de credibilidad. Si partimos del hecho real de que la actividad económica moderna se basa en la confianza: en los datos, en las instituciones y en las reglas del juego, entonces, si la desinformación se impone y se multiplica, esa confianza se deteriora, generando incertidumbre en un grado superlativo, provocando que las decisiones de inversión se pospongan y los actores económicos activos se vuelvan más cautelosos, frenando así el crecimiento real de la economía y perturbando los mercados financieros con rumores infundados amplificados por la IA a escala global.
Ya son varios los gobernantes que se vuelven cómplices de la difusión de noticias falsas para posicionar a su gobierno. En la misma dirección, candidatos presidenciales fantasmas están recurriendo a esta práctica para ganarse el favor de los votantes, con una frecuencia cada vez mayor en la región latinoamericana.


