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sábado, agosto 15, 2026
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Detengamos la violencia

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Estimado lector, ¿conoce personas violentas, como aquellas capaces de tragarse a otro porque tiene un punto de vista contrario al suyo? ¿Has visto cómo dos personas se pelean por cualquier malentendido, casi se matan por una discusión política o deportiva, o simplemente porque les rozó el vehículo, y no admiten que eso se pueda solucionar con un seguro o con el pago directo de los daños? ¿Alguna vez has conocido a alguien que no puede dormir por las noches porque tuvo una discusión con su pareja o está molesto porque su hijo sacó malas notas o recibió una llamada de la escuela porque “nadie soporta a ese niño”?

Cuando él se siente incómodo, no te importa en absoluto y, si tienes que matar a la otra persona, serías capaz de hacerlo, dispuesto a dispararle si tuviera un arma de fuego o apuñalarle varias veces porque tú. Tiene mucha ira. ¿Se vuelve violento si se le opone? ¿Serías capaz de vencer a tu pareja porque entiendes que cometiste un error? ¿Tus hijos o pareja presentan hematomas en el cuerpo que indican golpes y maltratos? No te soportas a ti mismo ni los demás pueden tolerarte. Vive pensando que la vida es algo insoportable, una pesadilla que parece no tener fin.

¿Nunca te han contado o leído sobre “inteligencia emocional”? esa capacidad que tiene una persona para controlar sus propias emociones y comprender las de quienes le rodean. ¿Te han recomendado ayuda profesional para aprender a gestionar los conflictos y superar esos arrebatos endiablados que te vienen con frecuencia?

La violencia es el uso intencional de fuerza o poder físico, psicológico o estructurado para controlar, dañar, violar los derechos y la dignidad de una persona, grupo o comunidad. Esta conducta genera graves consecuencias físicas, emocionales y sociales, con alta probabilidad de provocar daños psicológicos, lesiones, privaciones e incluso la muerte.

Cada acto de violencia tiene una historia detrás: impulsos no regulados, dolor no tratado, entornos que fracasaron. Si sólo castigamos el acto, llegamos tarde, pero si entendemos la mente humana, intervenimos a tiempo, entonces reducimos los niveles de violencia, transformamos el futuro. Porque esto no sólo se combate con más leyes o más cárceles, se previene tratando el sufrimiento psicológico y reconstruyendo el tejido social, porque al final la seguridad ciudadana, los feminicidios y los accidentes de tránsito son parte de las alteraciones en la salud mental.

El evidencia científica deja claro que la relación entre enfermedad mental y delincuencia no es directa ni sencilla; De hecho, la literatura muestra que no hay evidencia suficiente para afirmar que la enfermedad mental, por sí sola, presagia una conducta delictiva. Entonces, ¿dónde está el verdadero problema? Está en la interacción de factores: síntomas no tratados, consumo de sustancias, condiciones sociales adversas, familia, escuela y falta de acceso a servicios de salud mental adecuados.

A nivel neurobiológico, la violencia tiene claros correlatos. Hay una alteración en áreas clave del cerebro:

corteza prefrontal, controla los impulsos.

Amígdalarelacionado con la respuesta al miedo y la agresión.

Cuando estos sistemas fallan, aumenta la impulsividad, disminuye la capacidad de regulación emocional; En efecto, la gente reacciona sin pensar ni medir las consecuencias.

Clínicamente, ciertos trastornos pueden aumentar el riesgo de comportamiento violento, especialmente cuando no se diagnostican ni se tratan. Ejemplos: Trastorno de personalidad antisocial (falta de empatía, manipulación), trastorno límite de la personalidad (impulsividad, ira), esquizofrenia (el riesgo aumenta cuando se combina con abandono terapéutico y factores sociales adversos), trastorno por consumo de sustancias.

La próxima semana seguiremos desarrollando este tema que tantas repercusiones genera en la vida ciudadana.

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