Por Lucía Dammert y Santiago Rodríguez-Solórzano
América Latina y el Caribe enfrenta una inquietante paradoja: mientras los países buscan avanzar en sus objetivos de desarrollo, el crimen organizado se está consolidando como una amenaza estructural y persistente al bienestar colectivo.
Las organizaciones criminales han ampliado su influencia social y política, gestionando mercados ilícitos cada vez más diversificados. Actividades como la minería ilegal, la trata de personas y la extorsión les han permitido ampliar su control sobre instituciones, territorios y comunidades enteras.
El impacto sobre el desarrollo humano en la región es profundo. Cuando el Estado no logra consolidarse, las redes criminales llenan el vacío ofreciendo una forma de gobierno alternativa, y a menudo violenta. Como advirtió por Informe Regional de Desarrollo Humano 2025, Bajo presión: Recalibrando el futuro del desarrollo Según el PNUD, esta forma de control no sólo reproduce las desigualdades, sino que también socava los fundamentos mismos de la cohesión social y la democracia.
Gobernanza criminal y comunidades atrapadas
El crimen organizado no es un actor oculto que opera en los márgenes, sino más bien un poder que está entrelazado con estructuras sociales, económicas y políticas. En barrios periféricos de Río de Janeiro o en zonas rurales de Colombia, los grupos criminales brindan seguridad, aplican «justicia», distribuyen alimentos o financian obras comunitarias y carreras políticas. En muchos casos, esto no sería posible sin la complicidad de las autoridades locales o la desesperación de los ciudadanos desatendidos por el Estado.
Esta “gobernanza criminal”, como la llaman algunos investigadores, no intenta sustituir al Estado, sino convivir con él, negociando favores y estableciendo zonas de influencia. Es un modelo híbrido que combina violencia, corrupción y servicios, y tiene efectos devastadores sobre el desarrollo humano. Cuando las personas deben pagar por protección, obedecer reglas impuestas por bandas armadas o vivir bajo amenazas constantes, la idea misma de derechos queda suspendida.
Un ejemplo extremo es Haití, donde casi el 80% de la capital, Puerto Príncipe, está controlado por pandillas que reemplazan al Estado en funciones básicas. Estas estructuras no sólo extorsionan a la población, sino que también utilizan la violencia sexual como arma de guerra y desplazan a cientos de miles de personas. En otros contextos menos agudos, la ciudad de Rosario se ha convertido en el epicentro de la violencia en Argentina, con una tasa de homicidios que en 2022 alcanzó un récord histórico de 25 asesinatos por cada 100.000 habitantes. El crecimiento del microtráfico ha fragmentado el liderazgo criminal y ha llevado a una violencia caótica que afecta a las comunidades más pobres.
Obstáculos al desarrollo: violencia, informalidad y exclusión
El crimen organizado no opera en el vacío. Prospera en entornos marcados por la pobreza, la informalidad, la corrupción institucional y la exclusión social. En estos escenarios, las oportunidades formales y legales son escasas, y los mercados ilegales aparecen como la forma real y alcanzable de generar ingresos.
En países como Perú o Brasil, la minería ilegal no sólo destruye ecosistemas y desplaza a comunidades indígenas, también captura recursos que podrían invertirse en salud, educación o infraestructura. En el caso de la trata de personas, los delincuentes encuentran en la migración forzada un negocio rentable basado en la explotación sexual y laboral de mujeres, niñas y niños. Y en las ciudades centroamericanas, los pequeños negocios, las escuelas e incluso los hospitales deben pagar «alquiler» para poder operar sin represalias.
Asimismo, países que durante años fueron considerados modelos de estabilidad y seguridad en la región, como Uruguay, Chile o Costa Rica, ya no están exentos de los impactos del crimen organizado. En estas sociedades, el crecimiento de los homicidios, la penetración del narcotráfico y la consolidación de los mercados ilegales están erosionando esta percepción de excepcionalidad. La fragmentación de las pandillas, el aumento de la violencia en las zonas urbanas y la presión sobre los sistemas penitenciarios muestran que la amenaza ya no se limita a países tradicionalmente asociados con altos niveles de criminalidad.
El crimen organizado viola así el derecho a una vida digna, a la educación, a la salud y a la libertad y el círculo se cierra impunemente. Si los operadores judiciales y policiales son cooptados o intimidados, si las instituciones no protegen a las víctimas ni castigan a los perpetradores, el crimen se perpetúa. Y con ello, se profundiza la desconfianza en la democracia.
¿Qué hacer ante un enemigo tan complejo?
La lucha contra el crimen organizado en América Latina requiere mucho más que operaciones policiales o leyes más estrictas. Requiere una profunda transformación de perspectivas y políticas públicas. Este fenómeno no se limita al narcotráfico: es un ecosistema criminal que opera en múltiples mercados ilícitos, infiltrándose en instituciones, capturando territorios y, sobre todo, erosionando las condiciones básicas para el desarrollo humano. Y por eso las respuestas deben estar a la altura de su complejidad.
En primer lugar, es urgente abandonar las soluciones lineales y optar por un enfoque integral. Durante décadas, los gobiernos de la región han concentrado esfuerzos y presupuestos en la lucha contra las drogas, dejando en la sombra otras economías ilegales igualmente destructivas: la trata de personas, la minería ilegal, el contrabando o el tráfico de armas. Estas actividades no sólo generan enormes ganancias para las organizaciones criminales, sino que también devastan comunidades, destruyen ecosistemas y refuerzan redes de corrupción. Ampliar el enfoque y actuar de manera coordinada en estos frentes es un primer paso esencial.
Pero no basta con identificar los delitos: debemos comprender su lógica territorial. La dinámica del crimen no es la misma en el norte de Colombia que en una favela de Brasil o en un barrio periférico de Rosario. En algunos casos, se trata de estructuras jerárquicas que ejercen un control total; en otros, de redes fragmentadas que compiten calle por calle. Por ello, las estrategias de respuesta deben construirse localmente, con diagnósticos precisos y políticas diferenciadas según las condiciones del territorio.
También es fundamental recuperar la presencia del Estado en los lugares donde ha sido desplazado. Y esto no significa sólo reforzar la presencia policial. Significa brindar servicios públicos, construir escuelas, garantizar el acceso a la salud, la justicia y oportunidades reales. Allí donde el crimen organiza la vida cotidiana, el Estado debe reaparecer como una alternativa legítima, eficaz y cercana. Sin una justicia confiable, un empleo decente y un enfoque de género, cualquier estrategia estará incompleta.
Por último, ningún país puede afrontar por sí solo un problema que trascienda las fronteras. Las redes criminales son transnacionales y la respuesta también debe serlo. Compartir información, coordinar estrategias regionales, armonizar la legislación y fortalecer la cooperación judicial son pasos esenciales para cortar los hilos que conectan estas redes criminales en todo el continente.
Un desafío colectivo y urgente
El crimen organizado no es sólo un problema de seguridad: es un problema de desarrollo y gobernanza. Afecta a la economía, erosiona la democracia y condena a millones de personas a vivir con miedo o dependencia. Enfrentarlo requiere voluntad política, capacidad institucional y una perspectiva regional que reconozca las múltiples caras del fenómeno.
La estrategia de capturar a líderes criminales e incautar cargamentos no es suficiente. La verdadera lucha pasa por recuperar los territorios, fortalecer el tejido social y dar a la ciudadanía la esperanza de que otro modelo de vida es posible. Uno donde los derechos no dependan de un pacto con la delincuencia, sino del compromiso real del Estado y la sociedad con el desarrollo humano.
Este artículo está basado en el Informe Regional de Desarrollo Humano 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en América Latina y el Caribe, titulado “Bajo presión: Recalibrando el futuro del desarrollo”.
Presas de Lucía Es profesora de la Universidad de Santiago de Chile y destacada experta en temas de seguridad, violencia urbana, crimen organizado y políticas públicas en América Latina.
Santiago Rodríguez Solórzano Es Asesor de Economía Política del PNUD para América Latina y el Caribe.


