
Eran más de las 10:00 de la mañana de un día de noviembre y el calor ya “picaba” bajo las elevadas avenidas Máximo Gómez y Nicolás de Ovando. Allí, mientras la ciudad seguía su ritmo habitual, varias personas sin hogar permanecían durmiendo, envueltas en periódicos, cartones y retales de tela que servían de mantas. A su alrededor, los desechos se acumulan en el suelo, entre las pertenencias y los espacios improvisados que utilizan como refugio. Ni la claridad del día ni el ruido constante de los vehículos parecieron interrumpir el descanso de quienes aún dormían a esa hora.


