El olvido que seremos es una gran película del director español Fernando Trueba. Cuenta la vida de un profesor y médico colombiano, Héctor Abad Gómez, y su lucha por los derechos humanos y la democracia en Colombia en los años setenta y ochenta. Por esas peleas fue asesinado. Es una historia triste y desgarradora.
Cuando terminé de verlo, seguí pensando en su título. Estaba pensando en nuestro país, en nuestra democracia, en las luchas y sacrificios de tantos hombres y mujeres que han contribuido a construirla. Pensaba también en los tiempos difíciles y turbulentos que vivimos, en el interregno, como propuso en su momento Gramsci, que vive el mundo. (El viejo mundo, tal como lo conocemos, está muriendo; el nuevo está en marcha, naciendo, y no sabemos con total claridad la magnitud de los cambios, cómo nos impactarán y, sobre todo, qué estamos haciendo para el futuro que seremos). ¿Qué país estamos construyendo para nuestras generaciones futuras?
¿Qué seremos como país, como nación y como sociedad? ¿Qué será de esta nación que ocupa poco más de la mitad del territorio de una isla densamente poblada, que compartimos con otros pueblos que enfrentan enormes dificultades económicas, sociales, políticas y ambientales?
Hay momentos en la vida de los países en los que tomar o posponer decisiones es crucial para determinar el futuro de las próximas generaciones. Hoy avanzamos hacia uno de esos puntos de los que quizá no haya vuelta atrás. O empezamos a construir el país de 2050 ahora, o posiblemente estaremos comprometiendo nuestra propia existencia como nación.
Gobernar gestionando el presente y posponiendo las soluciones a nuestros problemas estructurales ya no es posible. Cambian las siglas, los colores, los rostros y los partidos, pero nada cambia en profundidad. Las mismas recetas, el mismo guión. Avanzamos a medias en algunas cuestiones y profundizamos nuestros problemas en otras.
Hay problemas que se van acumulando poco a poco, hasta el punto de que acabamos normalizándolos y aceptándolos como algo con lo que tenemos que vivir. Cuando finalmente muestren todas sus consecuencias, puede que sea demasiado tarde.
Celebramos el crecimiento de nuestra economía. Mostramos con alegría las cifras macroeconómicas. Nos hemos acostumbrado a medir el país por la llegada de turistas y estamos orgullosos de que nuestra economía se base en el mar, el sol y la playa, a pesar de las enormes fragilidades naturales de la llamada industria sin chimeneas y de que una parte importante de los recursos que genera esta actividad no se queden en nuestra economía, a pesar de los grandes incentivos fiscales que recibe el sector.
Celebramos también los millones de dólares que los dominicanos sacrificados desde el exterior envían a sus familias en forma de remesas: más de 12 mil millones para este año que pronto terminará. Recursos que permiten a miles de familias aliviar sus necesidades y llegar a fin de mes. Pero ¿Qué significa para un país depender de esa magnitud de dinero producida por ciudadanos que han abandonado el país buscando un futuro mejor, lejos de sus familias, y que tienen hasta tres trabajos para sobrevivir allí y mantener a sus familias aquí? ¿Puedes estar orgulloso de esto? ¿Hasta cuándo será sostenible para el desarrollo de nuestro país?
Medimos el crecimiento por zonas francas, que en su mayoría ofrecen empleos de bajos salarios, con poca articulación con industrias nacionales y transferencia tecnológica limitada; y por un sector financiero que obtiene altas ganancias. Cuando la economía crece un 5%, este sector crece alrededor de un 8%, mientras el alto coste del crédito sigue siendo un obstáculo para el desarrollo productivo, especialmente para las Mipymes, que constituyen el 90% de nuestro tejido productivo.
Este sector financiero también tiene una influencia determinante en la administración de los fondos de pensiones. Esto debería llevarnos a discutir con mayor profundidad cómo utilizar parte de ese ahorro nacional para financiar inversiones productivas de largo plazo.
En definitiva, medimos nuestro desarrollo por el aumento de la facturación de bienes y servicios finales realizado durante un año: el PIB. Pero el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza el desarrollo del país ni la movilidad social de la gran mayoría de nuestro pueblo.
Podemos tener una economía que crezca mientras una parte importante de nuestra población continúa atrapada en empleos informales, con salarios bajos y pocas posibilidades de ascenso. Podemos aumentar las exportaciones sin desarrollar suficientemente nuestras capacidades industriales. Podemos recibir millones de turistas sin asegurar que esta actividad impulse, en la medida necesaria, nuestra agricultura, el desarrollo del territorio, nuestra industria y nuestros servicios.
Construimos infraestructuras modernas, especialmente en ciertos perímetros de nuestras dos grandes ciudades, Santiago y el Gran Santo Domingo, mientras millones de ciudadanos viven en la periferia en condiciones de marginalidad; Mantenemos profundas deficiencias en educación, salud, suministro eléctrico, agua, seguridad ciudadana, empleo formal y servicios públicos esenciales.
Ésa es una de las grandes paradojas de nuestro modelo económico: crecemos, pero no transformamos lo suficiente las estructuras que deberían sustentar nuestro desarrollo compartido.
No se trata de negar la importancia del turismo, las zonas francas, la construcción o los servicios financieros. Se trata de preguntarnos si estamos aprovechando estas actividades para construir una economía más diversificada, más productiva, con mayor valor añadido y capaz de generar riqueza y bienestar para nuestra población.
Una cosa es que la riqueza producida por un país aumente y otra muy distinta que ese crecimiento se traduzca en conocimiento, innovación, mejores oportunidades y una sociedad menos dependiente del chiripeo o del poder político de turno. Esta transformación no se produce de forma espontánea. Requiere decisiones valientes, sin miedo, con criterio y compromiso real, políticas públicas sostenidas e inversión productiva, con una visión de largo plazo consensuada con todos los sectores.
La pregunta que debemos hacernos es no sólo cuánto creceremos el próximo año, sino qué República Dominicana estaremos construyendo al 2050.


