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miércoles, octubre 28, 2026
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Invertir para crecer: la lección que América Latina y el Caribe no termina de aprender

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Jorge Mattar

El formación bruta de capital fijo Es un determinante fundamental del dinamismo de una economía en el largo plazo. Ningún país ha logrado un crecimiento alto y sostenido sin invertir mucho y bien. La inversión en infraestructura, maquinaria y equipos es lo que amplía la capacidad de producción de una economía y lo que, con el tiempo, permite aumentar el empleo, los salarios y la calidad de vida.

América Latina es una prueba de lo que sucede cuando se descuida esa regla. Entre 1995 y 2024, la región creció apenas un 2,3% anual en promedio, según datos del Banco Mundial. En ese mismo período también invirtió, en promedio, alrededor del 19% de su producto interno bruto (PIB). Cinco economías del sudeste asiático (Indonesia, Malasia, Filipinas, Tailandia y Vietnam) invirtieron cerca del 26% del PIB y crecieron a una tasa del 4,7% anual, el doble que nuestra región. China, el caso extremo, destinó casi el 40% de su producto a la inversión y creció más del 8% anual.

La República Dominicana es una notable excepción en el panorama latinoamericano. Con una tasa de inversión promedio cercana a 24% del PIBha crecido alrededor del 5% anual en las últimas tres décadas, un desempeño más propio de Asia que de nuestra región. En contraste con la experiencia dominicana, la economía mexicana ha crecido sólo alrededor de un promedio del 2% anual durante los últimos treinta años. Aunque la inversión total (pública, privada y extranjera) no es especialmente baja (22,7% del PIB en 2025), la inversión pública ha sufrido una caída de largo plazo: pasó de entre el 7 y el 10% del PIB en la etapa de industrialización a menos del 3% en los últimos años.

Se conoce el motivo. Desde la crisis de la deuda de 1982, cada vez que las finanzas públicas se ajustan, el primer gasto que se recorta es la inversión, porque es más fácil posponer la construcción de una carretera que reducir salarios, pensiones o intereses de la deuda pública. Este patrón se ha repetido con gobiernos de todo tipo. El resultado es un rezago en infraestructura que encarece la producción, amplía las brechas entre regiones y pierde oportunidades, como la reubicación de empresas en México, como resultado de disputas comerciales entre China y Estados Unidos. A esto se suman retrasos en la entrega de obras, sobrecostos y capacidades técnicas debilitadas en el sector público.

En ese contexto, el Plan de Inversiones en Infraestructura para el Desarrollo con Bienestar 2026-2030, presentado por el presidente claudia sheinbaum en febrero de este año, podría ser una señal de un cambio de rumbo. Prevé invertir 5,6 billones de pesos (aproximadamente 320.000 millones de dólares al tipo de cambio actual) en ocho sectores, especialmente energía, ferrocarriles y carreteras, y combina recursos públicos y privados. Lo acompaña la Ley de Promoción de la Inversión en Infraestructura Estratégica para el Desarrollo con Bienestar, aprobada por la Cámara de Diputados en marzo. La Ley sustituye las asociaciones público-privadas por esquemas de inversión mixtos, permite contratos de hasta 40 años y busca proteger la inversión de recortes presupuestarios.

¿Cuánto podrías aportar? En un estudio realizado con Daniel PerrotiNuestras simulaciones indican que el Plan aumentaría la inversión en infraestructura en alrededor de 1,6 puntos del PIB cada año. Eso podría agregar entre 0,9 y 2,3 puntos porcentuales al crecimiento anual, con un escenario central de 1,5 puntos. Para un país que ha crecido un 2% en promedio anual en las últimas tres décadas, la diferencia es enorme.

pero el éxito no está garantizado. Se requieren al menos cuatro condiciones. El primero es el financiamiento sostenible en un contexto de espacio fiscal estrecho, que tarde o temprano requerirá una reforma tributaria (la carga tributaria de México es una de las más bajas de la región). El segundo es la seguridad jurídica, que da confianza a los inversores privados y genera un clima favorable a la inversión. El tercero es una mejora de la capacidad institucional para ejecutar proyectos con calidad, a tiempo y con transparencia. El cuarto es contar con políticas públicas con visión de largo plazo que emitan señales favorables para las decisiones de inversión.

Para América Latina y el Caribe, la lección es clara. La región no saldrá de su trampa de bajo crecimiento sin elevar su tasa de inversión al 25% del PIB, y eso requiere dejar de tratar la inversión pública como una variable de ajuste. Se necesitan planes de largo plazo que trasciendan los ciclos políticos, reglas claras para la participación privada, más apoyo de la banca de desarrollo y proyectos alineados con la transición energética y la adaptación al cambio climático. La República Dominicana ha demostrado que invertir más vale la pena; México tiene ahora la oportunidad de demostrarlo. Invertir hoy es la condición para crecer mañana.

Notas sobre las figuras.

Todas las cifras internacionales son promedios simples de 1995 a 2024 calculados con datos del Banco Mundial. El crecimiento es la tasa anual del PIB real y la inversión es la formación bruta de capital fijo como porcentaje del PIB.

El promedio de las cinco economías de la ASEAN es el promedio de los promedios de cada país, porque el Banco Mundial no publica un agregado para ese grupo. En el caso de Filipinas, la serie de inversiones comienza en el año 2000.

Las cifras para México provienen de Máttar y Perrotti (2026).

Jorge Mattar

Egresado de Estudios Actuariales en la Universidad Anáhuac, México (1976); y una licenciatura (1981) y una maestría en Economía con especialidad en Economía Aplicada (1985) en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Ha trabajado en proyectos de cooperación técnica y organismos multilaterales. Dirigió el Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social (ILPES) de la CEPAL, donde es consultor.

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