José Luis Sampietro/Latinoamérica21
Una madre espera que se resuelva la manutención de los hijos de su hijo. Un trabajador espera un fallo para recuperar su empleo. Una persona investigada necesita saber si podrá defenderse en libertad. Para los tribunales son expedientes; para sus protagonistas, meses de ingresos perdidos, proyectos suspendidos y noches de insomnio. La justicia no debe medirse sólo por las sentencias que produce, sino también por el tiempo que requiere de espera.
América Latina no tiene un sistema judicial único ni una causa única para sus retrasos. Existen diferencias en presupuesto, organización, acceso territorial y carga procesal. Sin embargo, en toda la región una resolución tardía puede reconocer un derecho cuando parte del daño ya es irreversible. La cuestión es cómo acelerar los procedimientos sin debilitar las garantías que hacen legítima una decisión. Las cifras muestran la dimensión del desafío. Según el Consejo Nacional de Justicia de Brasil, el país cerró 2025 con 75,5 millones de procesos en trámite, luego de recibir 40,9 millones de nuevos casos durante ese año. Aunque el volumen pendiente disminuyó, la tasa de congestión fue del 62,6%. No se trata de extrapolar estos números al resto de América Latina, ya que describen la realidad brasileña y muestran que incluso una mejora estadística puede coexistir con una enorme cantidad de gente esperando.
El problema trasciende la región. Por ejemplo, el Índice de Estado de Derecho 2025 del World Justice Project registró un deterioro de la justicia civil en el 68% de los 143 países y jurisdicciones evaluados. El indicador cubre diferentes dimensiones, como los retrasos, la eficacia de los mecanismos alternativos y la interferencia indebida. No significa que el 68% de los juicios se hayan retrasado; Significa que el funcionamiento de la justicia civil retrocedió en esa proporción de países.
En este escenario, la inteligencia artificial puede contribuir, pero hay que especificar por qué. No debería decidir si una persona es culpable, si merece perder su trabajo o si debe ser separada de su familia. Sin embargo, puede ayudar a los equipos judiciales a organizar expedientes, identificar documentos duplicados, localizar registros y advertir sobre la proximidad de plazos.
Imaginemos un proceso con miles de páginas. Una herramienta podría construir una cronología de los procedimientos y vincular cada fecha al documento original. El abogado podría comprobar si falta algún aviso; el juez, localizar pruebas relevantes más rápidamente. Ninguna alerta informática por sí sola demostraría responsabilidad. La valoración de los hechos, la escucha de las partes y la motivación de la sentencia seguirían siendo obligaciones humanas.
Brasil ofrece un ejemplo concreto: Victor, desarrollado por el Supremo Tribunal Federal para apoyar la identificación y clasificación de recursos vinculados a cuestiones de impacto general. Colombia brinda otra experiencia: en su sentencia T-323 de 2024, la Corte Constitucional examinó el uso de ChatGPT por parte de un juez y abordó las garantías necesarias para preservar la autonomía judicial y los derechos de las partes. Ambos casos nos permiten discutir usos y límites de estas tecnologías; Ninguno autoriza la promesa de que un programa, por sí solo, reducirá la duración de todos los ensayos.
Parece haber una distinción esencial. De poco sirve clasificar un expediente en actas si la audiencia continúa sin fecha. Elaborar rápidamente un borrador tampoco devuelve tiempo al ciudadano si la sentencia queda pendiente de firma o nunca se ejecuta. La mejora debe medirse desde el inicio del caso hasta la decisión y, cuando corresponda, hasta su finalización. Propongo que los juzgados que incorporen inteligencia artificial publiquen cuatro indicadores: el primero, la duración total de los procesos; el segundo, el número de personas que esperan más allá de los plazos legales; el tercero, la proporción de acuerdos efectivamente cumplidos; y por último, los errores detectados y corregidos. Los resultados deben compararse con los de tribunales de similares competencias y cargas, para no atribuir a avances tecnológicos que provengan de la contratación de personal o de la reorganización de procedimientos.
La dimensión humana también puede cuantificarse. Si 5.000 personas recibieran una resolución 60 días antes, la suma de sus esperas evitadas equivaldría a aproximadamente 822 años. Es un ejemplo hipotético, no un resultado alcanzado por ningún tribunal. Tampoco representa años adicionales de vida: expresa cuánto tiempo la gente ya no pasaría esperando una respuesta. Esta medida sólo tendría sentido si la celeridad no aumenta los errores ni limita el derecho de defensa. Una sentencia errónea dictada anteriormente no constituye un progreso. Por ello, propongo que cada proyecto tecnológico comience con una prueba controlada, revisión independiente y publicación de resultados. Un primer objetivo podría ser reducir la duración de determinados procedimientos administrativos en un 20 % en dos años, sin aumentar el número de decisiones revocadas por errores imputables al sistema. Es una meta propuesta para evaluar, no una efectividad demostrada.
La tecnología tampoco reemplaza la inversión en jueces, funcionarios, abogados defensores e infraestructura. Una persona que debe viajar horas para asistir a una audiencia necesita un acceso efectivo, no sólo un archivo digital. Y quienes no tengan una conexión estable deberán mantener alternativas presenciales para ejercer sus derechos. El objetivo final no es que las instituciones presenten programas más modernos. Es que una madre reciba los recursos en tiempo y forma para alimentar a su hijo; que un trabajador sepa si recuperará su empleo; que una persona investigada no permanezca indefinidamente en la incertidumbre. Una sentencia oportuna no restituye todo lo perdido, pero puede evitar que alguien siga entregando años de su vida a una espera que el sistema debería reducir.


