Este artículo fue publicado originalmente en el dia.
Después de décadas de construcción institucional tras experiencias autoritarias que marcaron la historia nacional, resulta especialmente significativo que una parte importante de la ciudadanía muestre hoy signos de desencanto con el desempeño de la democracia.
Desde hace años, los dominicanos escuchamos los mismos diagnósticos: deficiencia en los servicios de agua y electricidad, crisis hospitalarias recurrentes, dificultades para acceder a la vivienda, problemas de movilidad, transporte público y educación desastrosos, cuya calidad aún no alcanza el nivel que exige el desarrollo nacional.
Generaciones enteras han visto a gobiernos de distintos colores políticos desfilar soluciones prometedoras que, en muchos casos, avanzan muy lentamente para la magnitud de los desafíos.
Latinobarómetro es un estudio de opinión pública, elaborado cada año por una Organización No Gubernamental (ONG) del mismo nombre, en 18 países de América Latina, a partir de una muestra representativa de los más de 600 millones de habitantes de la región.
Este año el estudio aporta aspectos importantes sobre el valor de la democracia y las instituciones del país, como el Congreso Nacional y sus miembros.
Según estos resultados, el apoyo a la democracia en República Dominicana cayó 8 puntos, del 55% en 2024 al 47% en 2026, ubicándolo por debajo del promedio latinoamericano del 52%, lo que no debería sorprender mucho, aunque cueste admitirlo.
El 61% de los dominicanos dice que no les importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si solucionara los problemas del país, lo cual es extremadamente preocupante.
El 69% considera que «un poco de mano dura» por parte del Gobierno no es malo para el país, aunque el 70% sostiene que sin elecciones no puede haber democracia, lo que revela que el apego a los mecanismos democráticos sigue siendo fuerte y que la gente sigue valorando el voto y la legitimidad democrática, aunque cuestiona la capacidad de las instituciones para responder a los problemas que afectan a su vida cotidiana.
Esta brecha entre expectativas y resultados también se refleja en otro dato preocupante: el 68% de los dominicanos dice no sentirse representado por el Congreso Nacional y las razones de esta distancia parecen evidentes, si se trata de evaluar resultados de calidad, más allá de la cantidad.
Es obvio que la mayoría de los dominicanos no piden menos libertad, sino más eficiencia, pero, al parecer, los políticos que tienen la responsabilidad y el compromiso de contribuir a preservar la democracia no se están dando cuenta.
Está claro que en todo esto hay un mensaje inequívoco para la clase política: la legitimidad electoral ya no es suficiente. Gobernar requiere, ahora más que antes, resultados tangibles.
Cuando los ciudadanos pasan horas atrapados en un atasco, tienen dificultades para acceder a servicios de salud de calidad o sienten que el costo de vida avanza más rápido que sus ingresos, la democracia deja de ser evaluada por sus principios y comienza a ser evaluada por su desempeño. Ese es el verdadero riesgo.
La historia muestra que los gobiernos autoritarios pueden prometer soluciones rápidas, pero a menudo lo hacen a costa de las libertades, los controles institucionales y la falta de rendición de cuentas, y también que las democracias que no producen resultados terminan debilitando su propia credibilidad. La República Dominicana enfrenta hoy ese desafío.
El ciudadano común no parece rechazar la democracia como sistema político ideal, pero muestra una creciente frustración por su incapacidad para resolver los problemas cotidianos.
Y cuando una democracia deja de ofrecer respuestas convincentes, empieza a quedarse sin el recurso más valioso que tiene, que es la confianza de su pueblo.
Honorables políticos, todavía hay tiempo para recuperar parte de lo perdido. No dejemos que se desborde tanta sangre, sudor y lágrimas con que se ha forjado la democracia en República Dominicana. Las generaciones presentes y futuras nunca lo perdonarían.
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