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lunes, septiembre 28, 2026
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La Iglesia Católica dominicana: entre la pasividad y la indiferencia

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La Iglesia católica en República Dominicana ha sido, desde la colonia, un referente moral y social. Su estructura jerárquica –encabezada por la Arquidiócesis de Santo Domingo, Primada de América, y coordinada por la Conferencia del Episcopado Dominicano (CED)– le confiere un papel de guía espiritual y orientación ética de la nación. Sin embargo, actualmente, esa jerarquía parece debilitada, distante y poco influyente frente a los graves problemas que golpean a la sociedad: creciente criminalidad, corrupción institucionalizada y ruptura de las familias.

La estructura de la Iglesia Dominicana

La Iglesia está organizada en dos arquidiócesis (Santo Domingo y Santiago de los Caballeros) y varias diócesis sufragáneas (La Vega, San Juan, Higüey, Baní, San Francisco de Macorís, Mao, Puerto Plata, Barahona, entre otras). Todos ellos se articulan a través del CED, que reúne a los obispos del país y emite cartas pastorales y mensajes colectivos. En teoría, esta estructura debería garantizar la unidad, la presencia pública y la orientación ética. En la práctica, sin embargo, parece burocrático y distante, con poca comunicación hacia la sociedad.

La Conferencia del Episcopado Dominicano (CED) es la institución que reúne a los obispos de la República Dominicana, quienes se reúnen periódicamente para discutir asuntos de interés común y coordinar acciones pastorales en el país. Su misión principal es promover la unidad entre las diferentes diócesis y fortalecer la presencia de la Iglesia Católica en la sociedad dominicana.

Sin embargo, el tono de las voces y la contundencia de los mensajes emitidos por los obispos ya no tienen el mismo impacto mediático ni social que en épocas pasadas. Los pronunciamientos del CED, antes capaces de fijar la agenda y guiar el debate público, hoy se perciben como débiles, genéricos y de poca influencia. Esta pérdida de fuerza comunicativa refleja una jerarquía eclesiástica que, en lugar de ejercer un liderazgo profético cercano a la realidad nacional, parece replegada a lo litúrgico e institucional, dejando vacíos en el campo de orientación ética y social que demanda la sociedad dominicana.

Dada la actitud pasiva e indiferente que caracteriza a la mayoría de los obispos de República Dominicana, vale señalar que una de las pocas voces que, con cierta frecuencia, se escucha es la del obispo Jesús Castro Marte. El 10 de julio de 2020 fue designado por el Papa Francisco como obispo de la Diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia en Higüey, en sucesión del obispo Gregorio Nicanor Peña Rodríguez.

Durante su gestión como rector de la Universidad Católica Santo Domingo (2012-2020), Mons. Jesús Castro Marte se distinguió por emitir opiniones sobre temas de interés nacional, difundidos periódicamente a través de diferentes medios de comunicación. Su estilo directo y crítico le permitió mantener una presencia pública y proyectarse como una voz distinta dentro de una jerarquía eclesiástica que, en gran medida, guarda silencio ante los problemas sociales que afectan al país.

En esta misma línea, pero en el marco de la Eucaristía celebrada con motivo del día de la Virgen de las Mercedes, el arzobispo coadjutor de Santo Domingo, Mons. Carlos Tomás Morel Diplán, advirtió sobre el deterioro de la convivencia social en República Dominicana, subrayando la necesidad de una acción más firme y comprometida de la Iglesia ante los desafíos que enfrenta la sociedad.

Liderazgo contrastado

El actual arzobispo de Santo Domingo, monseñor Francisco Ozoria Acosta, ha optado por un estilo discreto, casi invisible, que contrasta con el liderazgo firme y confrontativo de Nicolás de Jesús López Rodríguez, o con la capacidad mediadora de Agripino Núñez Collado. Mientras ellos fijaban la agenda y se enfrentaban al poder político, Ozoria parece guardar silencio. La última carta del CED, emitida en septiembre de 2026, se limitó a exhortaciones genéricas de unidad y esperanza, sin denunciar la corrupción o la violencia que desangra al país. Los obispos parecen ciegos, sordos y mudos.

El mensaje de septiembre de 2026 fue publicado en el marco de la Jornada Nacional de Oración y Acción de Gracias, convocada junto a la Presidencia de la República. El contexto era delicado: el país enfrentaba un repunte de la violencia urbana, escándalos de corrupción en las instituciones públicas y una creciente desconfianza hacia las autoridades. En este escenario, la Iglesia tuvo la oportunidad de hablar con firmeza y guiar a la nación. Sin embargo, la carta se limitó a un tono litúrgico y celebrativo, sin abordar directamente los problemas sociales que aquejan a los dominicos. La omisión fue evidente y dejó la impresión de una jerarquía desconectada de la realidad.

A juzgar por los hechos, parecería que la jerarquía de la Iglesia católica dominicana está instalada en una cómoda zona de confort. Los contenidos de su narrativa no abordan los principales problemas que afectan a los ciudadanos, independientemente de su condición social o económica. La ausencia de un liderazgo firme y cuestionador dentro del contexto eclesiástico no sólo es evidente en el ámbito dominicano, también se refleja en el Vaticano.

El activismo y la predicación del Papa León

La voz de la Iglesia, que en otros tiempos era orientadora, crítica y capaz de incidir en la agenda pública nacional, regional e internacional, hoy se percibe apagada y distante. La jerarquía católica parece más preocupada por preservar la rentabilidad de algunas de sus instituciones que por asumir el papel profético que la sociedad espera en medio de las crisis globales y locales.

Mala comunicación y prioridades equivocadas.

La jerarquía eclesiástica mantiene una pobre y escasa comunicación con la sociedad dominicana. Sus mensajes carecen de contundencia y no logran conectar con las necesidades reales de las comunidades. Por otro lado, su liderazgo es más evidente en la gestión de instituciones con fines de lucro –escuelas privadas, universidades, fundaciones con fines económicos– que en aquellas de carácter social, donde la presencia pastoral es mínima. Esta incoherencia erosiona la credibilidad de la Iglesia y la aleja de su misión esencial.

En tiempos como estos, cuando la delincuencia mantiene de rodillas la seguridad ciudadana, los antivalores destruyen familias, los formadores de opinión pública producen y difunden a diestro y siniestro contenidos tóxicos que influyen negativamente en las actitudes de las audiencias, y se sienten los efectos nocivos derivados de la privatización de los servicios de salud y las pensiones de los trabajadores, es cuando los obispos de la Iglesia Católica Dominicana más deberían utilizar su plataforma mediática para orientar, educar e informar de manera continua y efectiva a la sociedad.

La ausencia de un liderazgo firme y de una comunicación clara y constante ha dejado un vacío que otros actores sociales –personas influyentes, formadores de opinión y movimientos políticos– han llenado con discursos a menudo superficiales o dañinos. En este contexto, la Iglesia Católica Dominicana tiene la responsabilidad histórica de recuperar su voz profética y volver a ser un referente ético y moral ante las crisis que afectan al país.

Sinergia con el liderazgo global

La pasividad de los obispos dominicos refleja, en cierta medida, el estilo del actual Papa, León XIV (Robert Francis Prevost). En un mundo marcado por guerras, crisis migratorias y desigualdades, su voz se percibe como silenciada. Sus prédicas no son escuchadas por los líderes políticos que hoy enfrentan conflictos bélicos. En comparación, el Papa Francisco ejerció un liderazgo más visible, crítico y cuestionador, capaz de influir en los debates globales. Hoy, tanto en República Dominicana como en otros países, la Iglesia católica ha perdido su capacidad de ser referente y guía moral.

Como afirmó el Papa Francisco, la Iglesia debe ser una voz profética frente a los conflictos y las injusticias. Sus mensajes enfatizaron que la verdadera paz requiere justicia social y respeto por la creación.

Sin duda, la calidad espiritual, la fortaleza moral y la visión humanista del ahora ausente Papa Francisco son necesarias en los tiempos actuales que vive el mundo. Su liderazgo, marcado por la defensa de los más vulnerables y por la denuncia de la desigualdad y el deterioro ambiental, dejó un vacío que hoy se siente con más intensidad en medio de las crisis sociales, políticas y ecológicas que afectan a la humanidad.

Por ejemplo, en el Foro de Paz de París (2023), el Papa Francisco advirtió que la multiplicación de los conflictos armados genera sufrimiento, injusticia y daños irreversibles tanto para la humanidad como para la “Casa Común”. Destacó que la paz no se puede construir con discursos vacíos, sino mediante el reconocimiento y respeto de la dignidad humana y los derechos fundamentales, incluido el derecho a la paz.

Francisco también denunció que millones de personas siguen privadas de agua potable, alimentación adecuada, educación y trabajo digno, lo que refleja una persistente desigualdad social y económica que alimenta nuevas formas de violencia. Para él, la verdadera paz requiere justicia social y un compromiso real con la equidad, ya que sin estas condiciones cualquier intento de pacificación es frágil y superficial.

¿Y el liderazgo de la Iglesia Católica Dominicana, cuándo?

La Iglesia católica dominicana no puede permanecer indiferente. Su misión trasciende lo espiritual: debe ser voz profética contra la injusticia, guía moral contra la corrupción y defensora de la familia contra la descomposición social. El país necesita una jerarquía eclesiástica activa, valiente y comprometida. De lo contrario, se corre el riesgo de perder su relevancia histórica y dejar a la sociedad sin un referente ético en tiempos de oscuridad.

La jerarquía de la Iglesia católica debe reenfocarse en sus funciones misioneras: ser voz profética frente a la injusticia, guía moral frente a la corrupción y defensora de la familia frente a la descomposición social. La falta de entusiasmo, dedicación y solidaridad, sumada a la sordoceguera que caracteriza a una parte significativa de los obispos dominicanos, está generando un fenómeno preocupante: el crecimiento constante de los llamados analfabetos espirituales en la sociedad dominicana. Esta indiferencia pastoral no sólo debilita la misión evangelizadora de la Iglesia, sino que también contribuye a la pérdida de valores esenciales en un contexto marcado por la crisis social, moral y ética que atraviesa RD.

Las comunidades cristianas católicas deben exigir una mayor implicación social de los obispos dominicanos, exigiendo una presencia activa y un liderazgo real. En otras palabras, es necesario que dejen de comportarse como simples burócratas y actúen como líderes transformacionales cercanos a las necesidades y expectativas de la gente.

Sin más dilación ni excusas triviales, la jerarquía eclesiástica necesita mantener una comunicación, presencia y acompañamiento más directo, claro y constante con la sociedad dominicana, para recuperar credibilidad y relevancia en tiempos de crisis. Sólo así podrá responder a las exigencias de un pueblo que espera orientación ética y compromiso pastoral ante los desafíos actuales.

Es casi seguro que la mayoría de los feligreses anhelan que los obispos de las diferentes diócesis de República Dominicana se pronuncien públicamente sobre las Administradoras de Riesgos Sanitarios (ARS) y su forma inhumana de gestionar los servicios de salud que deben recibir los ciudadanos. Asimismo, esperan que se haga referencia a la perversa complicidad entre la Superintendencia de Pensiones (SIPEN) y las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), entidades que administran el dinero de los trabajadores para favorecer a la élite empresarial, poniendo en evidente riesgo los ahorros destinados a pensiones.

En definitiva, los obispos de la Iglesia Católica Dominicana tienen múltiples temas de gran trascendencia social sobre los cuales deben pronunciarse con mayor frecuencia y contundencia, asumiendo un papel profético y crítico ante las injusticias y el irrespeto a las instituciones que atentan contra la sana convivencia y la prosperidad de la población.

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