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domingo, septiembre 20, 2026
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Bienvenidos a la oclotiranía: Cuando el autoritarismo aprende a camuflarse en la democracia

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América Latina21

Bernardo Gortaire/Latinoamérica21

¿Es mi presidente un dictador? ¿Es un tirano? ¿Vivo en una democracia? Estas son algunas de las preguntas que muchos parecen hacerse estos días sin lograr respuestas certeras, en medio de un entorno marcado por una profunda polarización política que enfrenta prácticamente toda la humanidad.

Parte del problema radica en que las categorías generadas por las ciencias sociales, especialmente la ciencia política, responden a criterios estrictos que sirven para tener una tipología algo más clara de tipos de gobierno, pero que no son capaces de alinearse con la mutación que los actores políticos actuales están promoviendo en el sistema.

Durante el proceso de liberalización y democratización del siglo XX, identificar una dictadura fue relativamente fácil. Un gobernante acumulaba poder en torno a su figura y su familia, casi siempre mediante un golpe de Estado apoyado por las Fuerzas Armadas del país, o por algún grupo de rebeldes que utilizaban la fuerza para ganar y mantenerse en el poder.

La academia y organismos internacionales denunciaron este tipo de gobiernos porque impiden el derecho de población para participar en la toma de decisiones. De esta manera, acompañado de los argumentos construidos en universidades, think tanks y foros multilaterales, paraAlgunos gobiernos del norte global se convirtieron en promotores y defensores de la lucha contra dictaduras, golpes de Estado y fervientes defensores de la democracia.

Esta agenda puso fin a varias dictaduras en América Latina, África y en menor medida en Asia. El mecanismo para lograr la transición implicó la imposición de sanciones diplomáticas y económicas y, en algunos casos, incluso intervención militar. Esto suscitó dos tipos de respuestas de dos segmentos opuestos.

Por un lado, ciertos sectores políticos, especialmente de izquierda, cuestionaron los mensajes en defensa de la democracia, calificando de hipocresía e intervencionismo las críticas y actos de fuerza dirigidos a gobiernos que nacieron de revoluciones populares con miras al socialismo.

Paralelamente, comenzó a tomar forma un modelo de “adaptación técnica evolutiva”.

El siglo XXI comenzó con un giro hacia la democratización que fue aplaudido y recibido con gran agrado, especialmente por las corrientes liberales, pues se pensaba que la humanidad había aprendido de sus errores y había abrazado la democracia como el modelo perfecto. Lo que no se comprendió a tiempo fue que el autoritarismo no desapareció, sino que aprendió a camuflarse.

Si bien algunos segmentos cuestionaron la legitimidad y utilidad de las ciencias sociales, los asesores políticos integraron los hallazgos para consolidar estrategias de campaña y gobierno que garantizaran la impunidad. Si el riesgo para un líder autoritario debía identificarse como tal, debido a la forma en que llegó al poder, entonces la mejor manera de evitar el rechazo era llegar a través de una elección. Así nace la oclotiranía [del griego ὀχλο ojlo “de la turba” y del latín tyrannus, gobernante ilegítimo o un solo hombre].

A escala microscópica, esto es lo que hacen algunos virus para colarse en el cuerpo. Se adaptan, mutan, cambian su composición para que las defensas no reaccionen a tiempo. El virus de la gripe común no anda anunciándose como un agente infeccioso, sino que evoluciona para camuflarse. Los oclotiranos están haciendo lo mismo.

Estos líderes llegan con proclamas de salvación y cambio que, si bien encajan en el populismo y la demagogia, no son ajenas a una discusión democrática. De esta forma, el electorado no identifica la amenaza. Es más, se integra a un proceso político comunitario, convirtiéndose en un ferviente defensor de un proceso que aún no ha comenzado.

Y el oclotirano no actúa sin tener una base de soporte sólida. Así como el virus necesita células sanas para reproducirse, las oclotiranías requieren de una masa acrítica que las reciba y promueva su mensaje, tanto dentro como fuera del movimiento.

Una vez que estos líderes se han consolidado con la legitimidad que sólo puede provenir del voto popular, comienzan los cambios. La oclotiranía modifica las constituciones (rompiendo el equilibrio de poderes mediante referendos y asambleas constituyentes), las reglas del juego electoral (dificultando la participación de otros, sin romper el ciclo electoral), tomando el control de los medios de comunicación (pero sin caer en el error de comunicarlo todo desde los medios públicos) y, sobre todo, haciendo gala de pragmatismo.

Los oclotiranos se venden a sí mismos como “antipolíticos” e invitan a sus bases a alejarse de la política habitual; que, aunque hay que reconocerlo desgastado, mantiene las lecciones y advertencias históricas de siglos de lucha contra la concentración del poder en manos de unos pocos. Si algo garantiza la estabilidad de los oclotiranos es que las instituciones no pueden encasillarlos en categorías perjudiciales para su propia imagen.

Sus oponentes no pueden acusarlos de tiranos, porque el presidente no es el único que toma las decisiones; ni de dictadores, porque todavía hay elecciones; y las ideas de “democracias antiliberales” o “modelos híbridos” sirven para debates académicos, pero no tienen ningún impacto en la vida cotidiana de los ciudadanos comunes.

La mayor victoria está en el apartado judicial. Si los tribunales no pueden sancionar las decisiones porque la tipología del delito no lo contempla como tal, entonces el oclotyrann puede actuar siempre y cuando mantenga el apoyo popular.

¿No es eso precisamente democracia? ¿Un modelo donde se toman decisiones que apoya la mayoría? De hecho, suena precisamente a la advertencia de Aristóteles cuando llamó a la democracia una versión corrupta del gobierno de muchos. En sus textos ya se advertía que cuando a las masas se les permite tomar el timón del barco, cuando no tienen ni la capacidad ni los medios para saber dirigirlo, el hundimiento es el camino más probable.

En la era de las oclotiranías, las cifras se disfrazan y las externalidades negativas de las decisiones se ocultan, aprovechándose del descontento de los votantes con la democracia. El marketing político tiene prioridad sobre las políticas públicas y se construyen personajes artificiales para satisfacer impulsos básicos. Como consecuencia, se repiten discursos cargados de expresiones violentas, recursos visuales, mensajes cortos y el uso de las redes sociales como principal vía para llegar a las masas, casi hasta el aburrimiento.

Las instituciones democráticas no han sabido responder a este fenómeno. Las universidades y los profesores son atacados y minimizados. Los partidos tradicionales están consumidos por su falta de adaptabilidad. Las organizaciones internacionales han sido privadas de fondos y están muriendo o siendo secuestradas por la oclotiranía. El debate público se ve empañado por granjas de trolls y bots, y el silencio reemplaza a la movilización popular perseguida y villanizada. Incluso los medios de comunicación están atrapados en un entorno de subsistencia entre la ética ontológica y la política gubernamental.

Por ahora no hay una respuesta definitiva a los oclotiranos, excepto comenzar a identificar el problema como algo que debe distinguirse de las dictaduras y tiranías del pasado. Muchos de nosotros debemos reconocer que no vivimos en democracia a pesar de que el virus intenta convencernos de que nada ha cambiado.

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