Un día, caminando por una zona residencial de Santo Domingo, encontré unos libros tirados en la calle. Max Henríquez Ureña, cerca de la casa de Hatuey Decamps, un viejo amigo de mi padre, a quien visitaba con frecuencia.
Recién había iniciado mis estudios, en medio de una gran precariedad, viajando todos los días desde mi comunidad de origen, La Ceiba, hasta la Ciudad Universitaria, en tiempos en que el transporte público era remoto y caótico.
Estaba llena de sueños y ganas de progresar, pero muchas veces me asaltó la nostalgia y el desánimo. Había perdido a mi padre temprano y cuando avanzaba hacia mi carrera, me di cuenta de cuánto extrañaba a mi padre, quien fue mi gran maestro.
Mi madre hizo grandes esfuerzos para que yo pudiera estudiar y, gracias a ese apoyo de ella, de mis tías y de mis hermanos mayores, pude seguir el pedregoso camino. Doy gracias al Divino Creador por la gran familia en la que nací.
Pues bien, dentro de esos libros había una obra llamada “Un hombre de verdad”, del escritor ruso Boris Polevoi. El libro estaba sucio y sin tapa. Empecé a leerlo con mucha ilusión y la historia me cautivó desde el principio.
Es la biografía de un piloto de la Segunda Guerra Mundial cuyo avión fue derribado por las fuerzas alemanas. Alexei Merésieve resulta gravemente herido en la nieve, en territorio enemigo.
Arrastrándose con gran dificultad durante ocho días, logró llegar a un lugar seguro, pero cuando fue rescatado sus pies ya estaban destrozados. Al final, tuvieron que amputarle ambos pies.
Alexei no pierde la esperanza. Está lleno de coraje y positivismo en medio de tan gran adversidad. Quiere sobrevivir para seguir luchando por su patria.
Recuerdo un episodio en el que estaba en un parque y unos niños se burlaban de él porque les faltaban los pies, pero Aléxei no se dejó vencer por los prejuicios y el desprecio.
En Aléxei se combinan la paciencia, la perseverancia, la capacidad de resistencia ante adversidades desastrosas y el deseo de superar los peores momentos de su vida.
El piloto logra superar esos días grises de su existencia, contando con la solidaridad de sus amigos y compañeros. Luego viene la adaptación a una prótesis y cuando todos pensaban que sus días de trabajo en la guerra habían terminado, este hombre, todavía temblando, con el recuerdo de esas horas frías en la soledad de los campos nevados, expresa su intención de volver al combate.
Todo parecía una locura, un delirio, una quimera pasajera, pero el hombre se mantiene firme en su intención. Hasta que logra superarlo y volver a pilotar un avión de combate, en medio de la incredulidad de quienes lo rodean.
La historia de Aléxei es un ejemplo para quienes se sienten derrotados, destruidos, acabados y sin aliento, en los momentos más tristes de la vida.
Contada en un lenguaje sencillo, la obra penetra en el alma humana, te atrapa poco a poco hasta sentirte identificado con la realidad de aquel joven, que en pocos minutos fue duramente golpeado por el destino.
Esta obra nos enseña que el valor de una persona radica en su fuerza de voluntad, en la perseverancia, en la resistencia. Alexei no se rinde, no abdica fácilmente, no renuncia a su sueño.
El autor les dice a las generaciones presentes y futuras que, a pesar de la tragedia que nos azota, no debemos perder la esperanza, que debemos permanecer firmes, con fuerza y determinación.
Triunfar requiere sacrificio, trabajo, templanza, perseverancia y fuerza para seguir adelante.
Hacía años que no sabía nada de esta obra, pero nunca había olvidado la enseñanza que me dejó en el camino de mi superación personal.
Con esta obra magistral se podrá enseñar a los jóvenes a no desmayar en el sagrado propósito de vencer el miedo, de seguir adelante sin dar un paso atrás, superando todos los obstáculos que encontremos en el camino.
El camino puede ser pedregoso y lleno de espinas, pero debemos llegar a la meta y sólo con esfuerzo, con el firme enfoque en el éxito, podremos lograr nuestro objetivo.


