Terapeuta familiar, sexual, de pareja y de suelo pélvico.
Cada semana, en consulta, escucho diferentes versiones de la misma frase: «aún no es el momento». Lo dice alguien que pospone su primera cita con psicología. Lo dice la pareja que lleva un año discutiendo por lo mismo, pero nunca programa terapia. Lo dice la mujer que vive con dolor pélvico o incontinencia, pero prefiere seguir “gestionándolo” en silencio.
Como médico, terapeuta sexual y de pareja, he aprendido a reconocer estas frases no como pereza o debilidad; más bien, como mecanismos de protección. Comprenderlos es el primer paso para transformarlos en acción.
Excusas comunes
Cuando se trata de salud mental, la barrera más citada por la evidencia es el miedo al juicio. Según datos actualizados de la Organización Mundial de la Salud, recogidos por Infocop.es, sólo una de cada cuatro personas con algún trastorno de ansiedad recibe tratamiento, y en los países de ingresos altos sólo un tercio de quienes viven con depresión acceden a atención especializada.
Entre los motivos señalados por la OMS se encuentran la falta de información de que se trata de afecciones tratables, la escasez de profesionales capacitados y, sobre todo, el estigma social.
Un dato que repito a mis pacientes: un análisis comparativo sobre el estigma en salud mental, publicado en Dialnet (dialnet.unirioja.es), estima que una de cada tres personas con una enfermedad mental no busca ayuda por miedo al estigma y por falta de información, no porque el problema no exista.
En la misma línea, un informe de las Naciones Unidas sobre el estado de la salud mental global (un.org) advierte que el déficit de tratamiento alcanza hasta el 90% en algunos países, precisamente porque la estigmatización impide pedir ayuda a tiempo. Esa distinción cambia la conversación: no se trata de falta de fuerza de voluntad, sino de falta de información y espacios seguros.
Excusas disfrazadas de orgullo
En la clínica de la pareja, las justificaciones tienen sus propios matices. Terapify (terapify.com), plataforma especializada en terapia online, identifica tres de los más frecuentes: la creencia de que la terapia no sirve, el miedo a hablar de emociones delante de otra persona y la idea de que el problema es de la otra persona y no de la dinámica compartida.
A menudo, quienes se resisten sienten que ir a terapia es admitir una derrota personal. Este miedo suele traducirse en la sensación de que la sesión será «dos contra uno» delante del terapeuta, o en la vergüenza de admitir que algo anda mal cuando, en realidad, nadie está enfermo. Es una lectura comprensible, pero errónea: la terapia de pareja no reparte culpas ni busca un ganador. Observa lo que sucede entre dos personas, no lo que le pasa a una de ellas.
Reformular la invitación ayuda: no te vas porque la relación esté enferma, te vas porque hay un patrón que ninguno de los dos sabe romper por sí solo. Esa sola idea, dicha con calma, abre puertas que la confrontación cierra.
Silencios que cuestan
La disfunción del suelo pélvico, la incontinencia, el dolor, el vaginismo, es una de las zonas donde la vergüenza actúa con más fuerza. Un estudio publicado en la revista científica Ciencia Latina sobre la prevalencia de disfunciones de los músculos del suelo pélvico es claro al respecto: el desconocimiento de los síntomas, la vergüenza a la hora de nombrarlos y el miedo al tratamiento llevan a muchas mujeres a no buscar atención médica, o a no completar el tratamiento que ya han iniciado.
Esto tiene un costo silencioso. La consulta de suelo pélvico no se diferencia de cualquier otra rehabilitación física: así como nadie se avergüenza de fortalecer una rodilla, tampoco debería haber vergüenza en fortalecer y curar una zona del cuerpo que soporta funciones tan básicas como la continencia, el placer y la postura.
De la excusa a la cita programada
Ninguna de estas evasiones surge de la nada. Surgen de mensajes recibidos en la infancia, de tabúes culturales y, muchas veces, de una primera experiencia negativa con un profesional. Reconocerlo con compasión, hacia uno mismo o hacia el compañero que se resiste, es más eficaz que el reproche.
Tres pasos ayudan a cruzar el puente:
Decir «Tengo miedo de que me juzguen» desactiva más resistencia que decir «No tengo tiempo». Es mejor decir la excusa en voz alta.
Una sola sesión, sin compromiso de continuar, reduce la sensación de «entrar en algo indefinido». Empiece poco a poco.
La confianza en la persona que asiste es tan importante como la voluntad de asistir. Elige al profesional adecuado.
La consultoría no es un acto de debilidad. Es, en realidad, la decisión más valiente que toma una persona o una pareja: mirar de frente lo que duele, dejar de cargarlo en silencio.


