En un escenario en el que el rendimiento del bono del gobierno estadounidense a 30 años alcanzara un pico del 5,34% el 18 de agosto –un nivel no visto desde hace 19 años– y la deuda de Estados Unidos supera los 40 billones de dólares, el Tesoro irrumpió en el mercado, como un toro indomable, con la duplicación, hasta al menos US$4.000 millones por operaciónde recompra de bonos a largo plazo.
Aunque había caído ligeramente desde ese pico, el rendimiento ha vuelto a subir y en las últimas dos semanas, subió al 5,31%el más alto desde 2007, mientras que el rendimiento del bono a 10 años ya alcanza el 4,78%. La tendencia se repite en Europa, donde el rendimiento del bono alemán (‘bund’) a 10 años alcanzó el 3,32%, su nivel más alto desde 2011, y su homólogo español se sitúa este martes en el 3,80%, en niveles de 2023.
Esto envía una señal clara de que algo está cambiando en la estructura de la deuda soberana estadounidense y que la Reserva Federal Está perdiendo su capacidad de influir en el precio de la deuda a través de los tipos de interés. Ya no es sólo un debate sobre política monetaria, sino también un debate sobre sostenibilidad fiscal.
En otras palabras, la Reserva Federal puede influir fuertemente en las tasas de corto plazo, pero tiene cada vez menos control sobre las tasas de largo plazo, que incorporan expectativas de inflación, crecimiento, déficit, deuda y riesgo fiscal.
Esto puede llevar a una situación aparentemente paradójica: la Reserva Federal baja las tasas a corto plazo y, simultáneamente, el mercado mantiene elevadas las tasas a largo plazo.
El Tesoro no está haciendo exactamente política monetaria, pero está tratando de modificar las condiciones del mercado de bonos a través de la gestión de la deuda. Sin embargo, vale la pena poner esta intervención en perspectiva. 4.000 millones de dólares pueden parecer una suma considerable, pero palidece en comparación con un mercado de deuda estadounidense de decenas de billones de dólares. Reuters estima que el aumento de las recompras alcanzará al menos 14.000 millones de dólares durante el trimestre, una cantidad también pequeña en comparación con el volumen total de deuda. Por tanto, la intervención puede tener un efecto psicológico y contribuir a mejorar la liquidez del mercado, pero difícilmente podrá, por sí sola y por ahora, cambiar la tendencia estructural de los tipos de interés a largo plazo. Sin embargo, existe un riesgo adicional. Si el Gobierno interviene porque considera que los tipos son demasiado altos, el mercado podría interpretar que Washington está especialmente preocupado por la rentabilidad de los bonos y que, por tanto, el problema fiscal es más grave de lo que se ha descontado hasta ahora. La intervención podría acabar convirtiéndose, paradójicamente, en una señal de preocupación fiscal. Es en este punto donde podría empezar a aparecer el fenómeno conocido como dominancia fiscal, que se produce cuando las necesidades de financiación del Gobierno empiezan a condicionar las decisiones de política monetaria. Aún así, sería exagerado decir que Estados Unidos ya se encuentra en esa situación. Para República Dominicana el riesgo no es menor. Si las tasas de interés a largo plazo en Estados Unidos se mantienen altas durante un período prolongado, el país podría enfrentar un costo de financiamiento más alto en nuevas emisiones de deuda destinadas a refinanciar vencimientos anteriores. Lo que suceda en el mercado de bonos de Estados Unidos, por tanto, también puede terminar encareciendo el costo de financiar la deuda dominicana.


